Por Sebastián Dulbeca
Minuto taitantos de un Cazalilla-Útica de juveniles en la Regional jiennense. Quien esto escribe se dirige al córner para lo obvio cuando el árbitro detiene el juego a instancias de un sector del público. El motivo: se rifan unos conejos y el hombre de negro es solicitado a viva voz como mano inocente. Sorprendido y, suponemos, halagado -no abundan requerimientos tan gentiles en los campos de albero-, saca la bolita, canta el número ildefonsinamente, felicita al agraciado y, luego, ya sí, autoriza el lanzamiento.
Lástima que el balompié no siempre sea así de genuino, que tenga a menudo más sombras que sol, Azcona featuring Galeano. El reciente affaire Terry-Bridge a propósito de la ex mujer de éste y también ex amante de aquél ha trasladado al césped sentimientos que en otra época, o en otra sociedad, hubieran evolucionado del verde al rojo. De paso han dejado para el zapping del año una de esas imágenes que podría locutar incluso Harpo: la mano al aire del capitán del Chelsea, desmembrada por culpa de su propia indignidad.
Pero en la colección sexo, mentiras y partidos de fútbol hay otros grandes momentos reconocibles por cualquier buen aficionado. Abierto a sugerencias, y con la particularidad de que se trata de lances sin balón, ahí va el siguiente repaso:
La rivalidad Alemania-Holanda, Holanda-Alemania, en los 90, medio siglo después de la Segunda Guerra Mundial, fue encarnizada. Excepción hecha de los chispeantes -por eléctricos- duelos Köller-Van Basten (acabarían por costarle la jubilación anticipada al oranje), el enfrentamiento no se visualizó de forma tan patente como en este episodio protagonizado (involuntariamente) por Völler y (de forma líquida y activa) por un Rijkaard que entonces, en 1990, no aparentó estar, ni mucho menos, under the influence of Jamaica.
Pd. Poulsen-Totti y Roberto Carlos-Chilavert aparecieron involucrados en sucesivos remakes salivares.
De portero a portero. El Cóndor Rojas condenó a la selección chilena al descrédito internacional y a la vergüenza deportiva (fue automáticamente excluida de las eliminatorias para EEUU'94) tras simular una agresión en un partido clave disputado en 1989 en Maracaná. Allí, en su área, cayó una bengala, pero él, previo revolcón, apareció con un corte que luego se demostró autoinferido con el bisturí que escondía en un guante. El Oscar al Mejor Actor -o el Razzie al Peor Deportista- se tradujo en una sanción a perpetuidad.
Pd. Discípulo aventajado del autor del otro maracanazo fue el también guardameta Dida. ¿Vería de menino a Rojas en la tele brasileña?
Menos escandalosa pero igualmente sorprendente fue la jugada entre Míchel y Valderrama en una tarde de la temporada 90-91 en el Bernabéu. Por entonces el actual técnico del Getafe aún no predicaba lo del toco y me voy.
Pd. Las celebraciones de los goles dan para un ranking aparte. Este catálogo de singularidades, dado el asunto en cuestión, se limitará a dejar constancia del mordisquito X del sevillista Gallardo a su compañero Reyes.
La penúltima situación anómala en un estadio ha corrido a cargo de los jugadores del Anderlecht. A varios de ellos no se les ocurrió otra cosa la previa de su choque en la Europa League frente al Athletic que mear en las gradas de San Mamés. Luego pasó lo que pasó.
Pd. Casos recientes de incontinencia han sido también los de los cancerberos Lehmann y Gothard.
Para que luego digan que gato con guantes...
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jueves, 18 de marzo de 2010
Un juego de villanos y caballeros
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jueves, 13 de agosto de 2009
La ciudad de los mil campos
Por Sole Leyva (Salvador de Bahía)
Son las nueve de la noche. El avión se desliza suavemente a izquierda y a derecha, un bamboleo que permite divisar durante unos segundos los destellos nocturnos de la primera colonia portuguesa en Brasil. La hilera de luces en la costa, los destellos del Peleurinho -patrimonio histórico de la Unesco-, las farolas de la carretera -como ordenadas hormigas iluminadas, siempre en fila-, la negritud de los barrios pobres..., pero, ¿qué es eso? ¿esa luz cuadrada en medio de la oscuridad?
Enfocas la vista para comprobar que es lo que has pensado en un inicio. Sí. Así es. Son campos de fútbol. Por aquí y por allá. Cada poco, cada dos cuadras. De arena, de hierba, de cemento. Todos iluminados, situados a pocas calles los unos de los otros.
Da igual si en esa manzana no hay luces en las calles, si el Ayuntamiento de Salvador de Bahía, la tercera ciudad más poblada de Brasil (casi tres millones de personas), corta la luz de las farolas a determinada hora para ahorrar dinero.
Los campos se mantienen iluminados, una invitación implícita a seguir caminando el casi imposible trayecto que ayuda a escapar a los chavales de la pobreza. "Aquí el fútbol para los chicos lo es todo", me cuenta más tarde, ya en tierra, Santos, guía local. A todas horas ves a jóvenes chavales 'peloteando', entrenando para alguna competición local, muchas veces con las camisetas raídas y las botas con agujeros.
Si en otras zonas de Brasil es habitual encontrarte más personas blancas, aquí la mayoría de chavales son negros o mulatos, herencia de que esta ciudad fuera uno de los principales focos de la trata de esclavos en Sudamérica, una herencia que se trasluce en el sobrenombre de la ciudad, la Roma Negra.
Con tanta afición al fútbol, resulta extraño el escaso bagaje de sus dos mejores clubes, el Esporte Clube Bahia (El Bahía) y el Esporte Clube Vitória (Vitoria). El primero obtuvo dos títulos nacionales, la Copa de Brasil en 1959 y la última, hace 20 años, cuando ganó la Liga Brasileña. El mayor logro del otro club, el Esporte Clube Vitória, ahora en la Segunda División, fue ser finalista de la Liga Brasileña de 1993. Pese a ser siempre el segundón, su cantera es mejor que la del rival y una de las mejores del país.
Del Leão, como se le conoce popularmente, proceden futbolistas como Bebeto y Dida, ídolos en su país. Precisamente Dida fue uno de los baluartes del equipo cuando conquistó en 1993 el campeonato bahiano, que casi siempre se lleva a la saca el Bahia. Los demás equipos están muy lejos. No tienen presupuesto suficiente para discutir la hegemonía de los dos equipos, que todos las temporadas se miden en el Ba-Vi, como es conocido el derby local, que se disputa en el estadio Flonta Nova, de 66.000 espectadores, uno de los campos seleccionados para el Mundial de fútbol que Brasil disputará en 2014. El estadio se encuentra cerrado y en reformas después de que siete personas murieran en la celebración en 2007 del ascenso del Salvador de Bahia a Primera División. Se abrió un hueco en un muro de la grada y los chavales cayeron al vacío.
La misma distancia que separa a los demás equipo de la región de Bahía de los dos grandes de la capital, es la que separa a ambos de los grandes del país, El Cruzeiro, el Flamengo, El Sao Paolo, el Corinthians. Durante su visita a la ciudad me detengo en uno de esos campos, todavía lleno de charcos tras una intensa semana de lluvias. Los chavales, de unos 14 años, no parecen disfrutar jugando. No sonríen. Corren detrás del balón como posesos, casi sin orden. No hay felicidad en sus caras, sólo concentración, intensidad en busca de un futuro mejor. "todos quieren ser Bebeto", sentencia su entrenador, un tipo orondo que está mas pendiente de la conversación con sus amigos que de los chavales. Tweet
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