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lunes, 12 de diciembre de 2011

Los ultras de plaza Tahrir

Por Sopenilla
En la grada serán rivales, pero la calle los ha colocado detrás de la misma valla. El pasado mes de enero hicieron frente común para derrocar a Hosni Mubarak. Hace unas semanas, la plaza Tahir volvió a ser escenario de la unión de sus fuerzas. En esta ocasión, con Egipto en pleno proceso constituyente, se trataba de dar apoyo logístico a una simple sentada. Mientras los Hermanos Musulmanes se posicionaban al acecho del poder tras la primera vuelta de las elecciones, los ultras de Zamalek y Al Ah-ly –los dos equipos representativos de El Cairo– reiteraron su oposición a los antidisturbios del Central Security Forces (CSF), el aparato policial que ostenta el control efectivo del país durante la interinidad.

Experimentados en el arte de la guerra urbana, tanto los “White Knights” como los “Ahlawy” y “Ahly Lovers Union” replicaron a la violencia policial con su habilidad en el manejo de piedras y cócteles molotov. Una táctica habitual entre manifestantes cuando la porra es la única opción para dispersarlos. Lástima que, como ya sucediera a comienzos de año, ambas propuestas quedasen en entredicho por la existencia de víctimas mortales. Daños colaterales que, lejos de cuestionar la respuesta de los ultras, no han hecho otra cosa que acrecentar su prestigio entre la gente de a pie. Sobre todo, entre esa clase media incapaz de traer la democracia por la vía de la reforma.

Tampoco es plan de identificar esta parafernalia típica del hooliganismo como el resultado de una acción revolucionaria. Ni los ultras son la vanguardia del proletariado, ni representan la avanzadilla de los indignados árabes. Legitimados por la suspensión de funciones del Estado de Derecho, se han limitado a interpretar el papel de salvadores de la patria. Como reconociese uno de sus líderes a la cadena de televisión Al-Jazeera, “somos el perro guardián de la verdad. Cualquier injusticia que descubrimos, dentro del país o en cualquier lugar, nos lleva a levantarnos para luchar por lo que es justo”.

Consenso ultra por la patria

Con todo, este modo de preservar las garantías constitucionales ha tenido sus efectos positivos. Es probable que a un demócrata de toda la vida le desconcierte, pero fuera de Occidente las cosas son así. Quien no quiera hacer un acto de fe sobre la rectitud de intención de los ultras, que eche un vistazo a sus obras. En los albores de la primavera, ellos fueron los encargados de velar por el orden público, acordonando los museos de la capital para evitar posibles saqueos y pillajes.

Aunque, sin duda, lo más meritorio de su actuación ha sido ver cómo unos y otros grupos han zanjado las diferencias seculares que hasta la fecha habían marcado la idiosincrasia de sus respectivos clubes. Al contrario que en la fachada europea, donde la dicotomía política entre derecha e izquierda está a la orden del día, Zamalek y Al Ah-ly justifican su rivalidad en virtud de su propia historia. Mientras éste último, cuyo nombre conserva reminiscencias del nacionalismo descolonizador, se configuró como el equipo del pueblo; el primero halló su masa social en las clases acomodadas más receptivas a la metrópoli.

Este distinto origen explica que las simpatías por el Al-Ahly hayan proliferado tradicionalmente a lo largo del continente africano. Quizá por eso el derbi de El Cairo tendía a disputarse en campo neutral y bajo arbitraje extranjero. Si bien, como señala Carlos Vinyas en su blog, la trayectoria deportiva más reciente del Zamalek, en franco declive las últimas temporadas, ha provocado que el foco de animosidad de sus vecinos se haya redirigido hacia el Ismaily Sporting Club, el tercer aspirante en discordia al título de liga.

Ahora que el ejemplo egipcio está a la vuelta de la esquina, sólo resta que el 15M, a instancias de sus homólogos del norte de África, encuentre una causa que seduzca por igual a los radicales de nuestro país. En FNF no nos atrevemos a decir qué serviría de elemento catalizador. En el otro extremo mediterráneo, 5 millones de parados no parecen razón suficiente para buscar un consenso. Quién sabe si la liga y sus horarios harían esa función. Seguro que, llegado el caso, Fossa Garrafoni y Ultravioletas –por citar dos facciones antagónicas que arropan a un mismo equipo– serían capaces de no perseguirse con tal de someter a Roures.

jueves, 18 de junio de 2009

La gran humillación de Egipto

Por Zaza / Desde Blida (Argelia)
Argelia-Egipto. Una de las rivalidades más encarnizadas del planeta fútbol. Un odio tribal, desde hace décadas, entre las respectivas aficiones (a su lado, los socios de Madrid y Barça parecen una pareja de novios en su segunda cita). Y un objetivo en liza: una plaza en el Mundial de Sudáfrica.

Los partidos empiezan pronto cuando se juega contra Egipto. El silbido inicial del árbitro no se adelanta, pero la gente sí se agolpa en el estadio a las 10 de la mañana para conseguir buenas vistas para el combate. No se juega en la capital, Argel, sino en Blida, a 50 kilómetros, en el antro del estadio Tchaker. Allí, el 7 de junio, la EN (sobbrenombre de la selección argelina) recibía a los dobles campeones de África, que el otro día casi fusilan a Brasil en la Confe Cup y esta noche intentarán liársela a Italia.

La historia de este clásico es rica en anécdotas. El apogeo se alcanzó el 16 de noviembre de 1989. Ese día, los faraones recibían en El Cairo a los Fennecs argelinos, ante sólo 120.000 espectadores. El partido terminó en pugilato general a pesar de la clasificación de Egipto para el Mundial de Italia.

El médico egipcio Ahmed Ahmed Abdelmouneim Ahmed Abdelhadi acusó incluso al jugador argelino Lakhdar Belloumi de haberle herido en el ojo con un vidrio de una botella rota y lo denunció ante la Justicia egipcia. Meses más tarde, en 1990, Interpol lanza una orden internacional de arresto contra Belloumi. Una historia que no terminó hasta ¡marzo de este año!, cuando Interpol quitó la orden de arresto contra la leyenda argelina gracias a una reunión de reconciliación entre los presidentes de los comités olímpicos egipcio y argelino.

Dibujado el contexto, volvamos al pasado 7 de junio. 50.000 argelinos se desgañitan desde hace horas. Las entradas suelen costar 200 dinares (2 euros). Hoy se negocian a 3.000 dinares (30 euros), lo que no desmotiva a nadie. Algunos inmigrantes argelinos han recorrido el mundo de vuelta a casa para intentar humillar al odiado vecino.

"One, two, three..."

Por todo Argel hay grandes pantallas con decenas, centenares de miles de seguidores blanquiverdes. A los que querían escuchar el himno egipcio sólo les quedaba navegar en Internet. La televisión argelina no hizo como la española en la final de Copa. Simplemente, no había un argelino en el Tchaker que no intentase tapar con su dolorida laringe los acordes de la marcha nacional egipcia.

Arranca el partido. Incomprensiblemente, hay un buen espíritu entre los 22. Como mucho, entradas con los tacos por delante y algún codazo. Lo habitual. Egipto consigue dominar la primera parte. Pero con el segundo tiempo, los Fennecs se despiertan y le meten tres en 15 minutos a los campeones de África, gracias a Matmour, Ghezzal y Djebbour. Los tres juegan en el extranjero y se les ha criticado mucho por su falta de compromiso con los colores nacionales. A los 49.999 que casi se desmayan a mi alrededor se les ha olvidado la polémica. Al final, el partido acaba 3-1.

La locura invade Argelia. El país arde y cominza la fiesta, al ritmo de los cláxones y los clásicos "One, two, three, Viva l'Algerie". Que no, que Argelia no ha ganado el Mundial. Sólo masacrado a su odiado vecino futbolístico... y dado un paso más hacia el Mundial de 2010. Una competición que no juega desde 1986. Semejante espera merece una buena fiesta, ¿no?