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lunes, 14 de marzo de 2011

¿Dopaje en el fútbol? Pregunten a Ronaldo

Por Rocheteau
Antes, las hostias en el fútbol se daban con los tacos. Después, cosas de los tiempos mediáticos, se daban cuchilladas radiofónicas. Luego pasamos a las portadas asesinas. Y ahora los duelos se libran a jeringazos. Sobre todo si se trata de dopaje.

Ahí tienen a EL MUNDO defendiendo a Contador y Marta Domínguez a golpe de entrevista jotera (quizás mejor pedrojotera), frente a las exclusivas de EL PAÍS. Y ahora, a la SER, hablando de apuñalamientos a Mourinho, y a la COPE, católica, apostólica y romana, lanzando sospechas sobre dopaje a la hora bruja.

Poco importa esta peleílla de saloon del Far West periodístico. El dopaje en el fútbol ha existido. Y por aquello de echarle un poco más de imaginación, en FNF no vamos a hablar de Sabino Padilla, ex médico de Induráin y el Athletic de Bilbao, al que por cierto quiso fichar Núñez para el Barça, ni sobre la Juventus donde Del Piero pasó de tirillas a ganador del Royal Rumble del catch, ni siquiera sobre Stam y Couto, una pareja de tipos que, la verdad, uno imaginaba dopándose con whiskies dobles y carne cruda, no con la vulgaridad de una jeringa en mano, aunque los trincaran en la Lazio por nandrolona.

Nos vamos a Eindhoven, la última ciudad a la que se mudaría un brasileño con ganas de marcha. Sin embargo, allí aterrizó Ronaldo Nazario da Lima, en 1994. 1,83 cm. 75 kilos. Lo que se dice un delantero delgaducho. De allí saldrá dos años después musculado, fortachón y como un toro, que diría Jesulín.

Como explica en este artículo de rue89 Jean Pierre de Mondenard libro (autor del libro “Dopage dans le football. La loi du silence”, Dopaje en el fútbol. La ley del silencio), un médico brasileño aseguró en 1999 a Le Monde que se le sometió a un “programa alimenticio a base de creatina”.


En Italia encontramos testimonios que van más allá, como el del doctor Bernardino Santi (entrevistado por Enzo Palladini en el libro “Paura del buio", Miedo al silencio) Ronaldo estaba verdaderamente delgado y le administraron complementos, entre ellos sustancias anabolizantes para ayudar a su desarrollo físico”.

Santi no era un matasanos ávido de celebridad, sino el responsable antidopaje de la Federación Brasileña de Fútbol (CBF). “Era”, sí, hasta que realizó estas declaraciones. Después lo echaron.

En resumen, según estos especialistas, a Ronaldo le dieron barra libre de esteroides anabolizantes, menos perjudiciales que la caipirinha a la mañana siguiente de su ingestión, pero letales una década más tarde. Ronaldo habría aumentado su musculatura mágicamente, como un vendedor de la teletienda anunciando chismes para los abdominales. Pero las rodillas que sostenían la nueva carlinga seguían siendo igual de enclenques.

Chutes de creatina

Los anabolizantes habrían terminado por generar problemas musculares a Ronaldo, lo que explicaría sus tres roturas del tendón rotuliano (dos veces el derecho, una el izquierdo), una lesión que, según Mondenard, apenas se da en la vida real y que en los últimos años sólo le ha ocurrido a otro futbolista, Jorge Andrade, ex del Deportivo.

Puede que sea una teoría de la conspiración, y resulta que los anabolizantes se encontrasen en mina conchita, o quizás haya algo de verdad. El caso, se explica en el libro de Mondenard, es que los dolores de Ronaldo aumentaban, y sólo conseguía mitigarlos para los partidos dándole al Voltarén, un antiinflamatorio.

Los médicos de la selección brasileña, conscientes de la importancia del Ronaldo en el Mundial de 1998, habrían subido un escaloncito infiltrándole con cortisona para que cesara la pesadilla de sus dolores. ¿Explican esos chutes (la figura retórica va con cariño, aviso para ronaldistas) la crisis epiléptica de Ronaldo horas antes de la final frente a la Francia de Zidane? No se sabe, pero sí que la cortisona puede provocar ese tipo de accidentes

¿Hemos mirado para otro lado durante mucho tiempo? ¿Y si el Real Madrid llevara razón pidiendo controles antidopaje más serios en el fútbol? Guerras mediáticas aparte, por supuesto.

lunes, 17 de mayo de 2010

La gran hazaña de los "Rojos de Tel Aviv"

Por Johan Einstein (desde Jerusalén)
Sábado por la noche. Drama. Ultima jornada de la Liga. Alucinante. El Hapoel Tel Aviv lo tenía todo en contra. Su historial de "eterno perdedor". Viajaba al feudo del gran enemigo deportivo y político, el Beitar Jerusalén que soñaba con fastidiarles. O como dicen ellos, "joderles". Y lo más duro, el Hapoel dependía completamente del primero en la tabla, el poderoso Maccabi Haifa que jugaba un cómodo partido en el campo del débil Bnei Yehuda que, por otra parte, también odian al Hapoel.

Todo transcurría como establecía el guión. El Hapoel, empatando ante un motivadísimo Beitar, y el Maccabi Haifa con un plácido empate que le daba el liderato. Además, el Hapoel jugaba con un defensa menos por expulsión.

Minuto 91. Los de Haifa ya celebran su campeonato. ¡Vaya error! En el 92, un tal Eren Zahavi del Hapoel marca un gol. Casi por error. Locura de los miles de aficionados del Hapoel que habían invadido y profanado el bonito campo de Jerusalén. Asombo absoluto para el Maccabi Haifa.

Final de los dos partidos. Hapoel Tel Aviv, nuevo campeón de Israel tras 10 años de sequía. Y con un sabor muy especial. El capitán del Hapoel, el árabe israelí Walid Badir, estalla: "Es una gran sensación ganar la liga en el campo del Beitar". Un campo que suele recibir con insultos a los jugadores árabes.

Seguramente, los diarios israelíes volverán a ocuparse mañana de Hizbulá, Hamas, Irán, corrupción, etc... pero hoy sólo había espacio para los "rojos" del Hapoel, los eternos perdedores, la izquierda futbolera de un país más plural de lo que muchas crónicas dejan traslucir.

Es un fin de semana histórico para Israel. No han firmado un acuerdo de paz ni una científica suya ha ganado otra vez el Nobel de Química. Simplemente celebran un gol y un campeonato de Liga. El fútbol ha ganado. Así dicen los diarios de Tel Aviv. En Haifa y en Jerusalén, empieza una semana muy larga y triste.

viernes, 30 de octubre de 2009

El viaje sin retorno de Los Maniceros

Por Sebastián Dulbeca
En el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo de Caracas, habitación 734 del servicio de Oficiales Superiores, el silencio acribilla a Manuel Júnior Cortez cuando intenta cauterizar sus recuerdos.

-¿Hay alguna posibilidad de hablar con él?
-Ese paciente está aislado. No podemos facilitar ninguna información.

Los cuerpos fríos, descuadernados, de dos de sus compadres esperan para volver a ser tierra en Perú y en la misma Venezuela. Otros ocho acaban de llegar a su natal Colombia.

Con todos despachaba mercancías en chivas (autobuses) transfronterizas quien desde la soledad del policlínico, y recién alcanzada la mayoría de edad, tiene ahora que reiniciar su vida.

Su tragedia es doble: ha estado a punto de ser liquidado y su equipo de fútbol, 90 minutos de anestesia para una existencia miserable, ya no existe.

El secuestro y posterior ejecución de 10 de los 12 jugadores del combinado de 'buhoneros' (tenderos ambulantes) en el que en mala hora se alineaba Cortez ha sido bautizado como 'la masacre de Los Maniceros'.

Nadie en Venezuela, en Colombia y, mucho menos, en España (aquí el suceso únicamente ha interesado por su macabro desenlace) acierta a explicar por qué 25 personas fuertemente armadas interrumpieron el juego en una cancha para aficionados de Fernández Feo, municipio del estado de Táchira (Venezuela), el pasado 11 de octubre.

Funcionarios del Gobierno regional atribuyeron rápidamente la carnicería de los maniceros (vendedores de cacahuetes) a rebeldes del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Colombia no se aviene a esa hipótesis, dado que en la región -ambos países comparten 2.219 kilómetros de frontera- operan tanto guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como facciones de las disueltas AUC (Autodefensas Unidas de Colombia).

Se trata, además, de una zona bataneada por el tráfico de drogas y de armas, además de por el contrabando de combustible y de vehículos robados.

Por desgracia, todo parece indicar que la tragedia pudo originarse por un ajuste de cuentas (un posible robo de los jóvenes a los caudillos locales) o por un fatal error.

Las únicas declaraciones de Cortez -a la Policía- han servido para conocer que los captores preguntaban insistentemente a los maniceros por los jefes paracos (paramilitares) que, según ellos, les habían reclutado, quién sabe para qué. El portavoz del comando fue un sicario con alias, Payaso, al que las autoridades sí tienen enfilado.

Sea como fuere, el grupo, que según el reporte de varios testigos intimidaba con fusiles y pistolas de 9 mm, vestía camisas negras con serigrafías del Che, pantalones de camuflaje y botas de goma (los supuestos cabecillas llevaban ropa de civil y lucían cadenas de oro), escuchaba música mexicana (!) y se comunicaba por radio, amarró a los jugadores tras arrebatarle la lista al árbitro y luego los introdujo en dos camionetas para el pertinente paseíllo.

Nada más se supo de ellos hasta el pasado domingo 25, cuando varios cadáveres aparecieron en el sector de San Lorenzo, entre los pueblos de Iribaren y Libertador, también en Venezuela.

"Estuvieron secuestrados durante todo este tiempo debajo de un puente, atados al mismo con cadenas", reconstruye la secuencia de los hechos Leomagno Flores, secretario del Gobierno de Táchira.

"Desde ayer por la tarde (por el sábado) los fueron sacando por separado, diciendo que los iban a liberar (...) La manera en la que fueron apareciendo los cadáveres nos da a entender que este grupo está actuando como los animales, como las hienas, marcando el territorio en una especie de triángulo de las Bermudas". Aún hay un miembro de Los Maniceros en paradero desconocido.

A todo esto, Cortez aún no ha respondido a la gran pregunta: cómo logró desoír el himno de la bala.

Olvidado el patiperreo con el que se sacaba el jornal, ha solicitado un sigiloso traslado a Colombia con urgencia. Cuando le regresen las palabras descubrirá que entre la selva y ninguna parte, rodeado de un verde que aturde, ya no habrá más balón ni más panas.

Las piedras repulidas y como huevos prehistóricos del cuento son ya apenas polvo, una rememoranza triste del esplendor geométrico de un Macondo sólo de papel.