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lunes, 6 de diciembre de 2010

La Real, "como Mateo y Mateo"

Por el gordo de Minnesota
Rápido y veloz, como Kortabarria. Y como Mateo y Mateo”. Así sonaba una cuña publicitaria en la Donosti de la segunda mitad de los setenta. Años de alumbramiento de la democracia y de una Real Sociedad de aúpa, como dirían allí. Un equipo que tenía en el centro de la defensa a un central de la vieja escuela, de los que se afeitaban sin espuma y limaban espinillas. Y tan rápido al corte que su apellido se convirtió en gancho publicitario para una empresa de transportes. Era Inaxio Kortabarria, único futbolista vasco que ha renunciado a la selección española y emblema de la Real Sociedad.

Seguro que a Inaxio le habrá emocionado el regreso del derbi vasco tras tres temporadas de ausencia. Tiempo en el que el rival de siempre, el Athletic, ha sobrevivido dignamente en la élite con sólo futbolistas vascos en la plantilla. Bueno, vascos, riojanos, navarros y vascofranceses. Mientras, los orgullosos seguidores txuriurdin lamían sus heridas en Segunda División, maldecían la cadena de errores que les había llevado hasta esa situación. Con lo bien que iban las cosas no hace tanto tiempo, pensaban.

Volvamos al San Sebastián de los setenta, lleno de plomo, pasamontañas y un campo añejo, Atocha. En 1976, Kortabarría lideraba a un equipo en el que ya despuntaba un grupo de jóvenes jugadores que haría historia. Eran los Arkonada, Zamora, López Ufarte, Satrústegui y compañía, todos híbridos de clase y garra, de talento y amor por los colores de la Real. Todos, excepto López Ufarte, que acabó sus días de futbolista en el Betis, colgaron los borceguíes sin calzarse otra zamarra. Y luego estaba la mística de Atocha.

Atocha olía a sudor y sangre, a fútbol y barro. Era un gran estadio que fue demolido por viejo y pequeño para construir uno grande y sin alma. Porque en Anoeta hace frío hasta en verano, con esa pista de atletismo que parece un muro. Nada que ver con el cálido Atocha, donde el rival sentía, literalmente, el aliento a txakolí de la grada. En este estadio, hace 34 años, volvió a ver la luz la ikurriña. También era un derbi vasco y, muerto Franco, era momento de desafíos. José Ángel Iríbar e Inaxio Kortabarria, capitanes de Athletic y Real Sociedad respetivamente, portaron el emblema, todavía ilegal, al salir al campo.

¿Un txipirón británico?

Aquel equipo germinó y se convirtió en campeón de Liga. Dos veces, con Ormaetxea en el banquillo y Orbegozo en la presidencia. El equipo caducó tras muchas tardes de buen fútbol. Llegó el particular J.B Toshack , la apertura de fronteras con el aterrizaje del clan británico, compuesto por Dalian ‘txipirón’ Atkinson, John Aldridge y Kevin Richardson. Y los años de otro plomo que fueron los noventa, plomo de aburrimiento, sin aspiraciones de ningún tipo y la identidad perdida entre tanto foráneo.
Hasta que se volvió a juntar un equipo fuerte. Era la Real Sociedad de Raynald Donoueix, un desconocido francés que manejó de maravilla talentos y caracteres como los de Karpin, Kovacevic, De Pedro y un chaval que hoy es muy bueno, Xabi Alonso. La desintegración de esta plantilla fue traumática. Se vendió mal y se invirtió peor, llegando el inevitable descenso.

Ahora, con un técnico de garra como Martín Lasarte en el banquillo, la vieja Real Sociedad florece de nuevo. En cierta forma, y salvando las distancias, este equipo tiene el espíritu de aquél que ya apuntaba maneras en los setenta. Griezmann tiene el descaro y la clase de López Ufarte; Llorente posee la fuerza y el remate de Satrústegui; la amplitud de miras y el liderazgo de Xabi Prieto recuerdan a Zamora; y Bravo es el mejor portero que ha tenido el club desde la retirada de Arkonada. Eso sí, resulta más difícil buscar en esta Real al sucesor de Kortabarria. Si acaso Ansotegi, que tampoco hace amigos pero le saca más de diez centímetros a Inaxio. Ése que era tan veloz como Mateo y Mateo.