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miércoles, 1 de junio de 2011

Piratas del Caribe 5: El Trono de la FIFA (II)

Por snedecor
Con la candidatura de Grant Wahl descartada por no poder encontrar a una sola federación que la avalase (“sí, lo que dices está muy bien y te daría mi voto, pero…”), llegamos a mayo de este año, y a esa reunión de las federaciones caribeñas promovida por Bin Hammam y Jack Warner.

El mismo Warner que dirige la CONCACAF desde hace más de 25 años, que es ministro de transportes en Trinidad y Tobago, que aparece (y sale limpio) en casi todos los escándalos de la FIFA, y el mismo Warner que preferiría que el campeón de la Champions League de su confederación no fuera mexicano. Aliado histórico de Blatter, este año decidió cambiar de amistades, al menos de cara a la galería, porque en esta historia no me extrañaría descubrir a algún agente doble. Alguno más, quiero decir. Porque si el propio Warner reveló a Blatter que Bin Hammam tenía pensado ofrecer un dinerito extra a varios dirigentes caribeños para que votaran por él (perdón, para costearles unos gastos), ha sido Chuck Blazer, durante muchos años el hombre de confianza de Warner, quien ha ofrecido todas las pruebas que demuestran los hechos.

El Comité Ético de la FIFA, un organismo autónomo (ejem) instaurado por el propio Blatter en 2006 con la misión de investigar estos asuntos (siempre que no se hubieran producido antes de su creación, lo que en su día favoreció enormemente a Warner, Blazer y Jerome Valcke, ya veremos por qué), ha suspendido cautelarmente a Bin Hammam y a Warner, citándoles para una vista definitiva del caso en el mes de julio. Blatter sale absuelto porque él sólo fue informado por Warner de que se iba a realizar ese pago teóricamente prohibido en los estatutos de la FIFA, y no tenía la obligación de denunciarlo ya que todavía no se había producido. Una vez desembolsado el dinero, Chuck Blazer sí cumplió con su obligación.

Una Visa de 60 millones de euros

Debbie Minguell y Jason Sylvester han sido los peones sacrificados en esta batalla, dos directivos de la Confederación Caribeña a los que han pillado gestionando la entrega de los 40.000 dólares prometidos por Bin Hammam a cada presidente. Parece que con fotos de los maletines, e-mails de confirmación y todo lujo de detalles, todo ello proporcionado por un abogado estadounidense contratado por Blazer.

Un hombre íntegro, este Blazer, capaz de denunciar a su jefe y sin embargo amigo (o eso creíamos) Jack Warner. O de provocar una investigación del Comité Ético sobre la presunta coalición entre las candidaturas ibérica y qatarí para traspasarse votos en la elección de las sedes mundialistas a raíz de una nota de papel que Villar le pasó a Bin Hammam. Capaz también de escribir una entrada en su blog personal alabando las bondades como anfitrionas de las autoridades de Rusia cuatro días antes de que el país fuera elegido sede del Mundial 2018 (en una votación en la que él tomaba parte), o de costarle a la FIFA más de 60 millones de euros gracias a su “modélica” negociación del patrocinio con Visa sin avisar a MasterCard, que tenía derecho de tanteo. Aquello no tuvo consecuencias para Blazer; sí las hubo para Jeròme Valcke, por entonces director de Marketing de la FIFA, que fue cesado… para convertirse unos meses después en Secretario General por recomendación del mismísimo Sepp Blatter (el que tenía que pagar la multa). El Comité Ético no existía entonces, la ética en sí parece que tampoco.

Hacia Valcke se revuelve ahora el suspendido Jack Warner, acusándole de estar al servicio de Blatter y de haberle presionado para que manifestara públicamente su apoyo y el de su Confederación al actual presidente. En un e-mail que Warner ha sacado a la luz pública, Valcke minimizaba las opciones de Bin Hammam en las elecciones y llegaba a acusar al qatarí de haber comprado el Mundial 2022; Valcke reconoce que envió ese correo pero alega que está incompleto (no sé, quizás falte el precio). Desde luego, tras 29 años paseándose por los despachos de la FIFA Warner sabe muchas cosas, y amenaza con desatar un tsunami si es apartado definitivamente del organismo.

De momento ya denuncia que lo que supuestamente ha hecho Bin Hammam en el Caribe es lo mismo que hizo Blatter en enero en África (curiosamente la CAF parece que tenía pensado votar en bloque por Blatter), y que además el suizo ya liberó un millón de dólares a favor de la CONCACAF sin contar con el permiso del Comité Ejecutivo. Warner no lo dice, pero se entiende que eso es práctica habitual y que sólo se hace para asegurarse unos votos que permitan alcanzar el deseado trono de la FIFA. Para comprar unos votos que ya no importan demasiado, porque después de toda esta película Blatter sólo compite contra su sombra. Yo de él no me fiaría.

martes, 31 de mayo de 2011

Piratas del Caribe 5: El Trono de la FIFA (I)

Por snedecor
- Oye, Sepp, mira, es que tu rival Bin Hammam tenía pensado organizar una reunión con los presidentes de las federaciones caribeñas para comentarles un poco por encima su proyecto y bueno, ya sabes cómo son estas cosas, a lo mejor les ofrece algún dinerillo… Unos 40.000 dólares o así, pero para cubrir sus gastos, no es para que luego le voten ni nada de eso, ¿eh? ¿Qué te parece?
- Hmmm… no sé, Jack, no lo acabo de ver claro… Dar dinero así sin más… Ya sabes que yo no lo haría (otra vez), pero… Oye, ¿y si te mando unos portátiles y unos proyectores para que se los regales a esa pobre gente del Caribe y os quede una reunión chula, chula? ¿Sí? Vale, cuenta con ellos… Ah, y gracias por avisar. No, tranquilo, no diré nada, todo correcto.

Esta es una conversación inventada entre Jack Warner, presidente de la CONCACAF, y Sepp Blatter, pero cualquier parecido con la realidad es algo más que una mera coincidencia. Porque, según se desprende del último dictamen del Comité Ético de la FIFA, algo así ocurrió unos días antes del 10 de mayo, fecha elegida por el ya ex-candidato a la presidencia del máximo organismo del fútbol mundial Mohammed Bin Hammam para reunirse con los representantes caribeños con derecho a voto en las elecciones que deberían celebrarse este miércoles en Ginebra, y que ahora verán la reelección del único candidato, Joseph Blatter. Conociendo los precedentes de los implicados, no me extrañaría que la llamada de Warner tuviera como objetivo iniciar una subasta por los votos caribeños. Blatter, sin embargo, ha demostrado ser un poco más listo, y de un plumazo se ha quitado de encima a su rival para estas votaciones, el qatarí Bin Hammam, y al miembro más polémico del Comité Ejecutivo, el trinitense Warner. Jugada redonda para el presidente de la FIFA. Sin embargo, hay tanta oscuridad en lo que ha ocurrido que no deberíamos descartar que las sombras acabaran engullendo también al propio Blatter, porque el proceso sigue abierto.

Es difícil decir dónde y cuándo comienza todo. Probablemente tendríamos que remontarnos al principio de los tiempos FIFA, o al menos al Congreso de París en 1998 en el que Blatter accedió a la presidencia. El entonces Secretario General del organismo luchaba contra el presidente de la UEFA, Lennart Johansson, para suceder al anciano Joao Havelange. Johansson se perfilaba como ganador gracias, entre otras cosas, al apoyo de la Confederación Africana, que había anunciado que votaría en bloque por el sueco, pero algo ocurrió en el último momento y varios presidentes de federaciones africanas decidieron saltarse el acuerdo y votar por Blatter. El suizo ganó ajustadamente, 111 votos contra 80, y con las sospechas de que al menos 18 federaciones africanas habían cambiado su voto a última hora merced a suculentas ofertas económicas del entorno de Blatter. Las acusaciones se hicieron públicas en 2002, justo antes de otras elecciones, y vinieron por parte de un vicepresidente de la Confederación Africana, cuyo presidente Issa Hayatou se presentaba entonces como rival de Blatter (o sea que el interés por perjudicar a Blatter era más que evidente), pero el suizo ganó cómodamente esa votación de 2002 y luego salió absuelto por falta de pruebas. Traigo esto a colación para mostrar que los rumores sobre compra de votos no son algo novedoso en el mundo FIFA, sino más bien al contrario.

Este año el proceso electoral venía marcado por la elección de las sedes mundialistas de 2018 y (sobre todo) 2022. Desde Inglaterra, parte implicada, se ha seguido con lupa esa carrera y no han faltado las acusaciones más o menos veladas de corrupción al más alto nivel en el seno de la FIFA. Recordemos que ya antes de esas votaciones del Comité Ejecutivo, la prensa británica cazó a dos de sus miembros por medio de una cámara oculta. Los sobornados fueron suspendidos, pero quedó la duda de cuántos más hubieran caído, y sobre todo la de cuántos habrían hecho lo mismo pero de verdad, recibiendo dinero de los candidatos reales. La elección de Qatar como sede del Mundial 2022 hizo que creciera la indignación inglesa y, aunque no se organizó ninguna acampada, sí montaron una comisión de investigación en el Parlamento en la que el presidente de la FA y otros miembros de la candidatura al mundial 2018 destaparon muchas vergüenzas de varios dirigentes de la FIFA. Sin más consecuencias, por supuesto.

Hace algo más de un año, Mohammed Bin Hammam, presidente de la Confederación Asiática de Fútbol y principal valedor dentro del Comité Ejecutivo FIFA de la exitosa candidatura qatarí, manifestó su intención de volcarse en la organización del Mundial 2022 y olvidar sus pretensiones de optar a la presidencia de la FIFA en 2011 si su país conseguía la cita mundialista. Como sabemos, Qatar se hizo con esa organización (en Inglaterra dicen que pagando, y en parte tal vez gracias a esa promesa de no concurrencia), pero una vez alcanzado el objetivo Bin Hammam se desdijo y anunció su candidatura. Desde ese momento la maquinaria electoral se puso en marcha. Había que convencer a las 202 federaciones con derecho a voto y la irrupción en la carrera presidencial, medio en serio medio en broma, del periodista estadounidense Grant Wahl nos sirvió para conocer un poco mejor los entresijos de esa descarnada batalla: sigilosos y anónimos intermediarios, ofertas y promesas de todo tipo (también económicas), y sobre todo miedo, mucho miedo, a enfrentarse al poder establecido.

En Sports Illustrated, publicación que merece algo más que un vistazo a su especial de bañadores, Wahl nos relató una auténtica película de intriga en la que lo único que quedaba claro es que los hilos del fútbol se mueven muy lejos de los campos, pero siempre dentro de “la familia”, entre esos “honraos” dirigentes que decía Villar y que no parecen más que aviesos piratas. Alguno hasta es del Caribe.

martes, 6 de julio de 2010

Lex Blatter y el coup d’oeil arbitral

Por Halftown
Además de la falta de pelo, Joseph Blatter (now on Twitter) tiene algo más en común con Lex Luthor: su obsesión por la conquista mundial. Para ello la FIFA -esa organización que engloba a más países que la ONU- ha decidido que no sólo mola contar con selecciones pintorescas sino que, además, hay que traer árbitros de todos lados. Y a quién le importa si en algunos de esos sitios no les suena de nada la palabra fútbol.

A finales de 2007, el mismo Blatter se dejó 40 millones de dólares en la creación del Refereeing Assistance Programme. Concebido para preparar a los árbitros de cara al Mundial de Sudáfrica, el RAP está dirigido por tres antiguos árbitros: el jamaicano Peter Prendergast, el salvadoreño Rodolfo Sibrian y el triniteño (esto es, de Trinidad y Tobago) Ramesh Ramdhan. En sus respectivos currículums, según la web World Referee, se encuentran partidos como un Trinidad y Tobago-Haiti, un Islas Caimán-Cuba o un Guyana-Surinam.

Una mirada detenida a la lista de treinta colegiados designados para el Mundial de Sudáfrica nos deja nombres como el de Subkhiddin Mohd Salleh, Joel Antonio Aguilar o Eddy Maillet, procedentes respectivamente de Malasia, El Salvador o las Seychelles, todas ellas grandes potencias futbolísticas. Incluso, en un más difícil todavía más propio de un funambulista borracho que del presidente de un sarao del calibre de la FIFA, Blatter dejó que el partido inaugural del Mundial lo arbitrara un tal Ravshan Irmatov, nacido hace (sólo) 32 años en la ex república soviética de Uzbekistán. Probablemente su designación se deba al fabuloso progreso futbolístico de la liga de aquel país, cuyo pichichi la última temporada fue el mismísimo Rivaldo a sus 38 castañas. El Bunyodkor, el equipo donde juega el brasileño y entrena Scolari, se llevó el campeonato sin perder ni uno de los doce partidos del campeonato.

A la guerra con soldados rasos

Carl Von Clausewitz, el filósofo militar clásico, desarrolló lo que él llamó la teoría del coup d’oeil, el momento de verdad en el que los grandes líderes militares como Alejandro Magno o Napoleón tomaban una decisión estratégica acertada. Esta intuición no sólo requiere una cierta dosis de genio, sino también experiencia de batalla, en la primera línea del frente.

Sobre el papel, todo es muy bonito, colorido y festivo. El problema llega cuando en unos cuartos de final uno se enfrenta a Paraguay y la FIFA va y te casca a un árbitro de Guatemala. Como dice Sámano en su crónica del partido, el ego del mejor colegiado guatemalteco no pudo resistir la tentación de hacer repetir el penalti a Xabi Alonso por invasión del área, mientras dos minutos antes no había aplicado la misma norma en el penalti de Cardozo.

Por eso es que los exóticos árbitros de la FIFA pueden haber pasado años entrenando, leyendo libros, asistiendo a seminarios y pitando partidos de la liga salvadoreña, uzbeca o –si acaso existe- de las islas Seychelles, que nada de eso es comparable a llegar a una semifinal de la Copa del Mundo a cara de perro, con 80.000 espectadores en la grada y millones más pendientes de cada jugada. Se trata de tomar decisiones con consecuencias inmediatas e irreversibles (más sus correspondientes y complejos efectos secundarios) en décimas de segundo. Y para eso no hay más entrenamiento posible que el haberlo hecho ya, bien en la Copa Libertadores latinoamericana, bien en la Liga de Campeones europea.

Desde estas líneas recomendamos fervientemente a Joseph Blatter una lectura detenida de “De la guerra” de Von Clausewitz. Aunque sólo le sirva para aprender que, en las batallas decisivas, se necesita algo más que simples soldados rasos.