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miércoles, 3 de marzo de 2010

Desailly, el autobús soñado y John Terry

Por Rocheteau
Conocí a Marcel Desailly hace unos años, un día en que le vi empujando una rueda gigantesca. Una rueda empaquetada. Tamaño tractor de la Pampa. [ya sé que parece un arranque preparado y sé que para muchos resultará increíble, pero así es].

Tras las presentaciones de rigor, había dos opciones: hacer como que es muy normal que un ex jugador millonario empuje una rueda de Boeing 737 junto a un plató de tv, o preguntarle por ello. Hice esto último. Y me dijo, campechano y como dándolo por evidente: “Es para mi coche. Es que en Ghana no encuentro ruedas de repuesto”. Imagino que se desplaza por Akkra en un Hummer subido encima de otro.

Nos volvimos a ver este fin de semana. Y salió el caso John Terry. Desailly fue quien le pasó el cetro de mando en la defensa central del Chelsea, tras cinco temporadas compartiendo vestuario. Marcel era un campeón del mundo que ayudaba a dar forma a los primeros pasos de un Chelsea musculoso y ganador, y apareció por allí un tipo blanducho, con pelo de quinceañero cabroncete, fuerte y del que todos hablaban maravillas.

Todavía lo recuerda, en declaraciones a FNF: “Joder, él apenas sufrió novatadas. Era extraño pero todos lo percibíamos: desde que pisó el vestuario era ya uno de los nuestros. Pero no uno cualquiera. Cuando hablaba, daba órdenes. Y encima, conseguía reunir a los demás a su alrededor. John nació capitán”.

"Eso no se olvida"

El domingo, Marcel se preparaba a clavar otra estaca en el agujereado orgullo de Ferry, desde la televisión francesa. Pero no había ira, ni rabia, ni revanchismo. Dijo lo que sentía. Lo que había notado en el resto de caras durante sus frecuentes paseos por Stamford Bridge en las últimas semanas: “John ha perdido la credibilidad. Los demás ya no le escuchan. No le creen. Ni Joe Cole, ni Franck Lampard, ni Ashley Cole…”.

Según Desailly, el problema no es a quien se folle. Ashley Cole ha sido sancionado por subirse tías a las concentraciones “y a todo el equipo le importa un carajo. Pero John rompió algo sagrado: se acostó con la mujer de uno de sus chicos, que encima era su mejor amigo ahí dentro. Era su colega y su capitán. Y eso no se olvida”.

La cosa pinta oscura para los blues, según este tipo simpático, ahora comentarista en Francia en Canal+, y del que todavía se habla como una “leyenda” en el campo del Chelsea: “John está catastrófico en los últimos partidos. Está jodido. Y puede arrastrar consigo toda la temporada del Chelsea. Si Terry no funciona, el Chelsea tampoco”. Contra el Inter no estuvo bien. Contra el Manchester City estuvo horrible. El ManU se acerca y en la Champions podrían caer ante su antiguo entrenador, the special one, otra leyenda del Chelsea.

Según Desailly, los mejores capitanes siempre juegan en la mitad trasera del campo. “Ellos son los que tienen más regularidad. Un delantero tiene que pensar muchas veces en sí mismo, igual que un driblador o un mediapunta. Dependen de la inspiración y pasan malas rachas. Un defensa, como John, está ahí siempre, ve todo el campo, y además encarna al tipo duro que se parte la cara por todos los demás”.

--¿Terry es el mejor capitán que has tenido?
--No. Ése fue Deschamps. El mejor de todos.

Otro día, junto a Desailly, vimos pasar un autobús. Se quedó mirándolo como a un ovni disparando luces. “¡Un autobúuuus!”, exclamó. No sabía muy bien qué se podía responder a alguien que lanzase semejante afirmación y tuviese más de dos años. Opciones: a) “Sí, un autobús” b) “Sí, dile ¡hola!” c) silencio.

Esta vez, al revés que cuando la rueda, me callé. Y él solo siguió con la explicación: “Llevo años sin subirme a un autobús. Joder, daría lo que fuera por coger uno ahora mismo”. Quizás es lo que le ha pasado a John Terry. Que no es, en el fondo, más que un tipo de ésos que te cruzas en el autobús. De ésos capaces de acostarse con la mujer de su mejor amigo.

lunes, 8 de febrero de 2010

En un burdel, pero con el chándal del Chelsea

Por Johan Einstein
Avram Grant era un tipo con suerte. Tras una excelente trayectoria en Israel y unas primeras aproximaciones en el fútbol británico, se encontró con Roman Abramovich, que le convirtió en un famoso entrenador. Gracias a su poder de convicción y su filosofia del fútbol, Grant convenció al mecenas. En pocas semanas, le nombró manager y, tras la marcha de Mourinho, máximo responsable del poderoso Chelsea. Hasta aquí, la suerte.

Las desgracias empezaron poco después. Un torrente de criticas demoledoras y sobre todo un patético penalty de John Terry le dejaron sin la Champions. Una noche trágica para los pijos del Chelsea y para el ex seleccionador de Israel. Fue despedido por su amigo Roman y ahora intenta sin éxito rescatar al Portsmouth.

Tanta presión le debe de pesar al buen hombre, que hace un mes decidió visitar un burdel en Southampton (tal y como ha reveló The Sun, al que un tribunal ha dado vía libre para publicar la historia). Y, haciendo honor a suf ama de amante de la disciplina, el hombre se fue al lugar de luces rojas vestido con el uniforme del equipo. Un hombre de club en toda su extensión. Mientras recibía el pertinente servicio, el chófer del club esperaba en la calle. Una buena táctica para pasar inadvertido.

Avram y Tiger, mismo combate

Grant no niega su visita, pero asegura que no era un puticlub sino "un centro de masajes". De lo que no hay duda es que fue a relajarse. Así también lo piensa su mujer, Tsofit, que le ha echado un gigantesco cable. La periodista-actriz israelí, conocida por sus provocaciones y desenfrenos, ha sido rotunda en Tel Aviv: "A mi marido le encantan los masajes tailandeses. Yo sólo le he dicho que vaya más si es lo que le gusta y ayuda. Le presiono para que vaya dos veces al dia. Es un hombre que trabaja mucho y merece un masaje".

Y añade: "Avram es un grandísimo entrenador y quien no quiere verlo está ciego o es imbécil". Eso se llama una mujer entregada. Seguro que a Tiger Woods le gustaría que su pobre esposa tuviera la mitad de la compresión de Tsofit.

La suerte para Grant es que su ex capitán del Chelsea acapare todos los titulares por su aventura sexual. La admirada Tsofit concluye: "Los masajes de mi marido no han afectado nuestro matrimonio, que dura 16 años. No tiene nada que ver con la historia de Terry".

La directiva investiga, el Portsmouth sigue último y el fin de semana le cayeron cinco con tres goles en propia meta, Avram se plantea denunciar al diario sensacionalista y su mujer sigue su cruzada. Su objetivo ahora, dice, es viajar a Inglaterra e ir con su marido a los famosos masajes. Con el uniforme del equipo, por supuesto.

jueves, 7 de mayo de 2009

Chelsea, a kind of blue


Por John Wyatt
Hay equipos cuyos referentes son estrellas rutilantes, otros cuya brújula está en un sistema de juego definido, algunos se refugian en la personalidad de un entrenador, otros que son presidencialistas. Y luego está el Chelsea, un equipo antipático que ha forjado su leyenda en la brega y que tiene como santos a futbolistas que prefieren el tambor a los violines. Dennis Wise, un auténtico picapiedra, un mediocentro en la mejor tradición de las islas, es el más famoso de todos ellos.

Para entender a sus aficionados hay que darse antes una duchita de realidad. Se han escrito muchas cosas sobre el Chelsea: algunas son verdad . La mayoría, no. Pocos equipos están tan maltratados por los tópicos.

El primero es el que desprecia a los de Stamford Brigde por no ser uno de los llamados «conjuntos históricos de Inglaterra». Falso. Fue fundado el 14 de marzo de 1905 en el pub The Rising Sun. Desde que en 1955 ganaban el primer título de liga, los londinenses no han parado de llenar de entorchados su sala de trofeos, entre ellos varias recopas de Europa.

Otro mito: el Chelsea es antipático porque es el equipo de los nuevos ricos. Verdadero, tan verdadero como que el Liverpool y el Man United, el City, el Newcastle, el Fulham... Todos pertenecen a magnates de la comunicación, del petróleo, de la construcción o de todas estas cosas a la vez y no se les ataca por ello.

Tercero, el Chelsea nos cae mal porque nos cae mal Mourinho. Mala excusa: el portugues ya no está, y ni su ego ni su verborrea son mayores que los de Ferguson, un dinosaurio bebedor e irrefrenable apostador a los caballos, Wenger, otro que parece que ha inventado la penicilina en sus ratos libres y, por supuesto, nuestro entrañable Rafa.

Cuarto bulo: el Chelsea es un equipo sin afición. No hay tipo en la isla que sea del Chelsea, sólo los ricos que no tienen ni idea de fútbol y van en Ferrari al campo con sus novias pijas y busconas vestidas de Chanel. Nada menos que 42.500 de estos burgueses londinenses se citan cada dos semanas en Stamford Brigde para hacerse pasar por fans del equipo de Roman Abramovich. La realidad es que la mayoría de su público viene en metro de las áreas obreras de Hammersmith y Battersea y es muy fiel: este estadio tiene la tercera mejor media de asistencia a un campo de fútbol en la Premier.

Con ese yugo implacable de la leyenda negra sobre sus cabezas, es comprensible que los inexistentes hinchas del Chelsea sean de los que aplauden el sudor y veneran el músculo por encima de todas las cosas. Vejados, incomprendidos, ninguneados, entienden su juego como una defensa de sí mismos. Luego entiendes como pueden orgullecerse de Dennis Wise, un enano con cara de pitbull rabioso que pateaba, insultaba, escupía, cabeceaba y mordía a sus rivales. En España lo conocimos cuando, en una Supercopa contra el Real Madrid, realizó una entrada de tarjeta a Savio, después le pateó, le llamó algo cuyo significado sólo conoce la working class del norte de Inglaterra y le mordió una oreja.

Sí, el conjunto más odiado de Inglaterra y alrededores se ha atrincherado en sus esencias, representadas por gente como Ted Drake, el técnico que cambió su suerte en los 50 golpeaba literalmente a sus jugadores antes de salir al campo. O Tommy Docherty, el entrenador que impuso un régimen militar para conseguir el ascenso a la Premier en 1962. O Terry Venables, el gran capitán nacido de su propia cantera. Y qué decir de John Terry, el último de una larga estirpe de soldados a contracorriente.

Si no hubiera sido por el Barcelona y un arbitraje cuanto menos discutible, este año hubieran disputado su segunda final consecutiva de Champions. Algunos dicen: se lo merecen por su fútbol rácano, por su pijerío, por esas camisetas azules, por que tienen muchos negros en el once. Ante esta postura, los blues no tienen otra opción que seguir cavando su trinchera bien profunda, apretar los dientes y seguir luchando. Equipo de ricos, antipático, sin afición, que adora a cuatro picapedreros.

Creo que empiezan a caerme bien.