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domingo, 9 de junio de 2013

Season Finale I

Por snedecor
Hubo un tiempo en el que sumar 100 puntos en liga sólo estaba al alcance de los jugones pcfutboleros (de los verdaderos maestros del asunto o de quienes reiniciábamos los partidos una y otra vez hasta conseguir que la dichosa maquinita nos concediera el resultado que deseábamos). Este Barça tiene a Messi, vale, lo que en términos futbolísticos equivale a tener delante la guía de trucos del videojuego, pero ni siquiera ha necesitado un entrenador a tiempo completo para alcanzar una cifra bestial que empieza a parecer preocupantemente habitual. Con Tito todo el año al pie del cañón (deseamos) y con el mordiente en ataque que supone el fichaje de Neymar Jr (a priori, porque a lo mejor resulta ser Nightmare Jr), quién sabe si la próxima temporada se romperá esa mágica barrera. En todo caso, tras dos años de experiencia ya nos ha quedado claro que con 100 puntos no te dan más premio que una Liga: para ganar la Champions hay que ser capaz de eliminar al Bayern de Munich en semifinales. Que luego cuando mandamos los penaltis al cuarto anfiteatro o los bávaros nos cascan siete, 100 puntos cierran pocas heridas.

A la otrora taurina hora de las cinco de la tarde, con división de opiniones en el tendido y más de un ocupante del palco de prensa pidiendo que su cadáver diera la vuelta al ruedo arrastrado por las mulillas, se despidió José Mourinho de sus tres años encabezando los carteles del Santiago Bernabéu: para el recuerdo deja buenas tardes y alguna faena de aliño (ahora “aliño” a éste, ahora “aliño” al otro). Aparte de algún que otro trofeo (y de unas cuantas cornadas traicioneras), del Madrid se lleva la experiencia, nueva para él, de cerrar una temporada sin el apoyo unánime de su cuadrilla. Cual si fuera Curro Romero, su paso por las plazas españolas ha inspirado el nacimiento entre los aficionados blancos de una nueva corriente de fieles seguidores de un arte incomprendido para la mayoría: los mourinhistas se definen desde el apego cuasi incondicional al diestro de Setúbal pero también desde la firme contraposición a la crítica y a los puristas (puristas de puro habano, o de pipa, por utilizar el elemento más característico de los abonados al coso merengue). Viendo que el empresario a cargo de la plaza no parece por la labor de continuar explorando tan revolucionario estilo, me temo que tendrán que esperar pacientemente la irrupción en el escalafón de su Morante particular. En cualquier caso, el que piense que sin Mourinho llegará la calma al ruedo de Concha Espina ni conoce al Real Madrid ni frecuenta las hemerotecas.

Cierto es que también ayudaron una increíble Real Sociedad que por momentos pareció el Brasil del 70 y un Atlético por fin al nivel que su historia y afición merecen, pero tres presidentes, dos entrenadores, dos estadios y cientos de millones de euros de deuda no han conseguido evitar que el Valencia se quede fuera de la Champions League por primera vez desde 2008 (año en el que también hubo tres presidentes, dos entrenadores, dos estadios y cientos de millones de euros de deuda, además de una Copa del Rey). Que con todo este despropósito institucional la Fundación del Valencia CF, máxima accionista del club por obra y gracia de la Generalitat Valenciana (mientras Bankia y los tribunales no digan lo contrario), colabore en la organización de un Máster Internacional en Gestión Deportiva Empresarial es poco menos que un cachondeo: sobre todo porque en su programa académico no se contempla el estudio en profundidad de su propio caso, del que tanto habría que aprender. Como a estas alturas aún no tenemos muy claro si el Valencia es de su Fundación, de la Generalitat, de Bankia o de un señor que pasaba por allí, desde FNF proponemos a los aplicados alumnos del máster que, como trabajo de fin de curso, investiguen la viabilidad de nuevas y originales fórmulas de gestión del club ché, como por ejemplo un hipotético proyecto de joint venture entre Españeta y Manolo el del bombo: peor no lo iban a hacer y al menos su compromiso y su amor a los colores quedarían fuera de toda duda.

Así, a bote pronto y a falta de todo un verano, va un pequeño parte de bajas de cara a la próxima temporada: Marcelo Bielsa y sus ruedas de prensa. José Mourinho y sus ruedas de prensa (las diera o no). Eric Abidal y buena parte de los cacareados valors del Barça. José Mourinho y buena parte del cacareado señorío del Madrid (lo tuviera o no). Juan Carlos Valerón y su magia. David Albelda y su magia (no, es broma). Jesús Navas y sus ojazos azules. Fernando Llorente y sus ojazos azules. Radamel Falcao y esos goles en Champions que nunca llegarán. Gonzalo Higuaín y esos goles en Champions que nunca llegaron. Andrés Palop y sus goles en UEFA. Ricardo y sus goles en… en contra. Manuel Pellegrini, Joaquín y en general todo rastro del jequeproyecto del Málaga (incluido el puerto deportivo). Deportivo, Zaragoza, Mallorca y sus fenomenales dirigentes (fijo que fueron al Máster de la Fundación del Valencia). Alex Ferguson y sus chicles. David Beckham y sus anuncios (aunque algo me dice que esto no lo perderemos del todo).
Ah, y San Mamés. Poca cosa.

martes, 22 de marzo de 2011

Cuando CR7 presume de su sueldo y otras joyas

Por Rocheteau
Estaba en un aeropuerto francés con mucho tiempo por delante y varias revistas de fútbol. Francesas, claro. Tras dos horas de lectura, me imaginé en un aeropuerto español con dos horas por delante y lo poco que se puede encontrar de temática deportiva en un quiosco español. Mejor que echarme a llorar, recopilé cuatro detalles de lo que uno puede encontrar en el periodismo deportivo de otros horizontes. Juzgad vosotros.

Cuando Ronaldo presume de su sueldo en los vestuarios
Charla entre el cantante NBAmaníaco, Benjamin Biolay, también fan del Olympique Lyonnais (tanto, que no puede dar conciertos en Saint-Étienne), y Bernard Lacombe, el jorgevaldano de Jean Michel Aulas en el OL. Llegando al final de la entrevista cruzada, Lacombe suelta lo siguiente: “En el campeonato español no respetan a Cristiano Ronaldo. Pero claro, su educación… El otro día vi a Cristiano Ronaldo, en el túnel de vestuarios del Bernabéu, preguntarle a un delantero con el que se topó: “Y tú cuánto cobras? Y luego se giró y le preguntó lo mismo a otro: “Y tú, ¿cuánto cobras?”.
SO FOOT

Cuando Ryan Giggs era Benjamín Zarandona
“Lo peor fue cuando Ferguson me sorprendió en una fiesta con Lee Sharpe. Era la víspera de un partido y se supone que estábamos e casa. Éramos unos niñatos. Cuando llamaron a la puerta y vi a Ferguson, temí por mi futuro como jugador de fútbol”. En esta estupenda entrevista, con una de las mejores fotos que he visto publicadas de un futbolista, la que abre el reportaje, Giggs también revela algo inimaginable: Gary Neville grita todavía más que Roy Keane en un vestuario.
L’Équipe Magazine

Cuando Jordi Cruyff era el niñato quejica del ManU
Y luego hay un momento impagable de la entrevista con Giggs, cuando el zurdo galés explica lo importante que es mantener el sentido colectivo del juego en Manchester. “O haces tu trabajo, o todo se derrumba. Tienes que cumplir con tu trabajo. Tu comportamiento humano es examinado por todos. Me acuerdo de Jordi Cruyff (1996-2000), a quien se le pedía que trabajara igualmente en defensa que en ataque por el costado izquierdo. No era lo suyo y no tenía problemas en decir que prefería el método del Barça. Digamos que no le ayudó mucho en el vestuario”.
L’Équipe Magazine

Cuando Mourinho humilló al chupón Robben
Por seguir con la revista de L´Équipe, una anécdota que cuentan sobre esas bambalinas del fútbol que son los vestuarios. Temporada 2004-05. Según cierra la puerta, Mourinho agarra el balón y se lo da en las manos a Robben. “Tú, como quieres jugar solo, aquí tienes un balón. Ahora voy a hablar a los otros diez que sí quieren jugar juntos al fútbol”.
L’Équipe Magazine

martes, 20 de abril de 2010

La elegancia impostada de Guardiola

Por Nick Panzeri

Cuando la noche caía sobre Milán, Guardiola volvió a hacerlo. "Nos enfrentamos quizás al mejor entrenador del mundo", dijo para definir a Mourinho en la rueda de prensa previa a las semifinales de Champions. El ideólogo del mejor fútbol de la historia, inclinándose ante el referente del mal gusto, de los malos modos, del resultadismo más rancio.

Sólo tres días antes, el técnico culé elevaba a los altares de la táctica a Pochettino, que apenas hace sus prácticas como técnico en el Espanyol, y se entregaba a su habitual sesión de cremita con su gran rival en Barcelona, al que calificaba de "equipo de gran entidad con un campo maravilloso".

Antes, todos y cada uno de los entrenadores rivales del Barcelona, al margen de estilos o clasificaciones -incluído Pellegrini, cuyo trabajo "es escandalosamente bueno"- fueron pasando por la sala de masajes del de Sant Pedor, al que por supuesto devolvían los elogios personalmente en el besamanos previo a cada partido.

Pero la fórmula parece agotada por repetitiva y por previsible. La credibilidad del discurso felador de Guardiola ha expirado y sólo sus jugadores parecen seguir creyendo la técnica motivadora de su entrenador. Suficiente, dirán; el Barça lo sigue ganando todo. Cierto, pero el hastío que invadió a gran parte de esa misma plantilla en la decadencia de la era Rijkaard puede asomar en cualquier momento si no renueva el discurso.

Hasta entonces, los técnicos que todavía se enfrenten al Barcelona esperarán su correspondiente ración de halagos. Incluso Clemente, que quizás se juegue la salvación contra el Barcelona en la última jornada de Liga, esperará que Guardiola proclame su universalidad para convencer a su presidente de su renovación. El problema es que para entonces ya nadie se tomará en serio estas ruedas de prensa.

jueves, 7 de mayo de 2009

Chelsea, a kind of blue


Por John Wyatt
Hay equipos cuyos referentes son estrellas rutilantes, otros cuya brújula está en un sistema de juego definido, algunos se refugian en la personalidad de un entrenador, otros que son presidencialistas. Y luego está el Chelsea, un equipo antipático que ha forjado su leyenda en la brega y que tiene como santos a futbolistas que prefieren el tambor a los violines. Dennis Wise, un auténtico picapiedra, un mediocentro en la mejor tradición de las islas, es el más famoso de todos ellos.

Para entender a sus aficionados hay que darse antes una duchita de realidad. Se han escrito muchas cosas sobre el Chelsea: algunas son verdad . La mayoría, no. Pocos equipos están tan maltratados por los tópicos.

El primero es el que desprecia a los de Stamford Brigde por no ser uno de los llamados «conjuntos históricos de Inglaterra». Falso. Fue fundado el 14 de marzo de 1905 en el pub The Rising Sun. Desde que en 1955 ganaban el primer título de liga, los londinenses no han parado de llenar de entorchados su sala de trofeos, entre ellos varias recopas de Europa.

Otro mito: el Chelsea es antipático porque es el equipo de los nuevos ricos. Verdadero, tan verdadero como que el Liverpool y el Man United, el City, el Newcastle, el Fulham... Todos pertenecen a magnates de la comunicación, del petróleo, de la construcción o de todas estas cosas a la vez y no se les ataca por ello.

Tercero, el Chelsea nos cae mal porque nos cae mal Mourinho. Mala excusa: el portugues ya no está, y ni su ego ni su verborrea son mayores que los de Ferguson, un dinosaurio bebedor e irrefrenable apostador a los caballos, Wenger, otro que parece que ha inventado la penicilina en sus ratos libres y, por supuesto, nuestro entrañable Rafa.

Cuarto bulo: el Chelsea es un equipo sin afición. No hay tipo en la isla que sea del Chelsea, sólo los ricos que no tienen ni idea de fútbol y van en Ferrari al campo con sus novias pijas y busconas vestidas de Chanel. Nada menos que 42.500 de estos burgueses londinenses se citan cada dos semanas en Stamford Brigde para hacerse pasar por fans del equipo de Roman Abramovich. La realidad es que la mayoría de su público viene en metro de las áreas obreras de Hammersmith y Battersea y es muy fiel: este estadio tiene la tercera mejor media de asistencia a un campo de fútbol en la Premier.

Con ese yugo implacable de la leyenda negra sobre sus cabezas, es comprensible que los inexistentes hinchas del Chelsea sean de los que aplauden el sudor y veneran el músculo por encima de todas las cosas. Vejados, incomprendidos, ninguneados, entienden su juego como una defensa de sí mismos. Luego entiendes como pueden orgullecerse de Dennis Wise, un enano con cara de pitbull rabioso que pateaba, insultaba, escupía, cabeceaba y mordía a sus rivales. En España lo conocimos cuando, en una Supercopa contra el Real Madrid, realizó una entrada de tarjeta a Savio, después le pateó, le llamó algo cuyo significado sólo conoce la working class del norte de Inglaterra y le mordió una oreja.

Sí, el conjunto más odiado de Inglaterra y alrededores se ha atrincherado en sus esencias, representadas por gente como Ted Drake, el técnico que cambió su suerte en los 50 golpeaba literalmente a sus jugadores antes de salir al campo. O Tommy Docherty, el entrenador que impuso un régimen militar para conseguir el ascenso a la Premier en 1962. O Terry Venables, el gran capitán nacido de su propia cantera. Y qué decir de John Terry, el último de una larga estirpe de soldados a contracorriente.

Si no hubiera sido por el Barcelona y un arbitraje cuanto menos discutible, este año hubieran disputado su segunda final consecutiva de Champions. Algunos dicen: se lo merecen por su fútbol rácano, por su pijerío, por esas camisetas azules, por que tienen muchos negros en el once. Ante esta postura, los blues no tienen otra opción que seguir cavando su trinchera bien profunda, apretar los dientes y seguir luchando. Equipo de ricos, antipático, sin afición, que adora a cuatro picapedreros.

Creo que empiezan a caerme bien.