Mostrando entradas con la etiqueta Guardiola. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guardiola. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de abril de 2012

La pulga diminuta



Por snedecor
Barcelona, sala de prensa del Camp Nou, 13:32 horas del viernes 27 de abril de 2012. Sandro Rosell, presidente del F.C. Barcelona, comparece flanqueado por el director deportivo Andoni Zubizarreta y el entrenador del primer equipo de fútbol, Pep Guardiola, para anunciar que éste último ha decidido abandonar su cargo al final de la presente temporada. Es un momento trascendental para la historia del club, un adiós pactado y aceptado, en un momento de bajón pero ni mucho menos crítico, un ejemplo de transición pacífica y ordenada que queda reflejado en la solemnidad de un acto tranquilo y en el que la imagen de la institución debe quedar por encima de todo para salir aún más fortalecida.
Con su habitual dominio de la escena y la palabra y ante una audiencia rendida de antemano, Pep va explicando sus motivos para abandonar, que no son más que la manida excusa del “no eres tú, soy yo” llevada al fútbol: que si se siente vacío, que si necesita tiempo para recargarse, que si quiere hacer otras cosas y ver el fútbol desde fuera… Sólo le faltó decir que quería salir con otras personas, pero en fin, qué más da, es Guardiola. Frente a él, decenas de periodistas de medio mundo, la junta directiva en pleno y una amplia representación de la plantilla: para ser más exactos, todos los canteranos surgidos de La Masía, en perfecta representación del elemento diferenciador de la filosofía blaugrana (ya decimos que se trata de un acto institucional de primer orden). Las cámaras repasan sus rostros, serios, cariacontecidos, sabedores de que los ojos de todo el planeta están atentos a sus reacciones. Puyol fija la mirada en su entrenador, Piqué baja la cabeza, Xavi y Víctor Valdés tragan saliva...
… y entonces Messi no aguanta más y rompe a llorar. Los flashes se disparan para captar la imagen más esperada, la del astro incapaz de reprimir su emoción en el momento del adiós de quien ha contribuido decisivamente a hacerlo grande. Una pequeña pausa, una sonrisa cómplice y un cálido y paternal abrazo sellan un emotivo instante que quedará grabado para siempre en el imaginario colectivo de los barcelonistas, y que acompañará a sus protagonistas durante toda su vida.
Snif. Demasiado bonito (y almibarado) para ser cierto. La imagen más potente, la que seguramente todos los culés (y no culés) esperaban ver, jamás se produjo. Porque Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, uno de los mejores (si no el mejor) de todos los tiempos, símbolo de este Barça triunfal, no estaba allí. Desde el minuto uno su ausencia fue motivo de debate; tal fue el revuelo que sus asesores se apresuraron a lanzar un breve comunicado a través de su cuenta de Facebook: Messi da las gracias a Pep por todo lo que ha hecho pero no quiere que la prensa (cruel enemiga del futbolista desde tiempos inmemoriales) sea testigo de su emoción.
Oficialmente, Messi no quiere mostrar su pena por segunda vez en una semana después de que su imagen con la cabeza escondida en su camiseta, amargamente consciente de que si Munich se alejaba definitivamente era, en buena medida, por el penalti que estrelló en el travesaño, diera la vuelta al mundo. Gestos que humanizan a los genios y que cualquier asesor de imagen del montón sabría y aconsejaría cómo explotar. Pero Lionel dice que no y es que no, y nadie es capaz de hacerle ver que de su presencia en esa rueda de prensa sólo pueden salir beneficios para él y para su club. Extraoficialmente, Messi no fue porque no le salió de ahí.
Una estrella, ¿un adulto?
¿Quién es Messi en realidad? Sobreprotegido por su club y su entorno, siete temporadas después de su irrupción podemos decir que Messi, además del mejor futbolista del mundo, es un tipo que se salta entrenamientos cuando no juega y que por eso juega lo que quiere y cuando quiere (que se lo digan a Mendilibar), un tipo al que Ramón Besa pintaba hace cosa de un año en un extraño artículo en El País como poco más que un niño malcriado y caprichoso al que hay que aguantarle los berrinches porque Leo es así y punto, porque para eso es el mejor del mundo.
Uno repara en quienes han sido los más grandes en esto del fútbol, en los Di Stéfano, Pelé, Cruyff o Maradona, y ciertamente piensa que debe de ser difícil atar en corto a este tipo de genios: todos han hecho siempre lo que les ha dado la gana. Pero eso sí, estos 4 eran y siguen siendo bien conscientes de que son y han sido los mejores, y como tal han actuado. Perfectos conocedores de la repercusión que generan sus movimientos, genios y figuras, han sido auténticos líderes allí donde han ido, metiendo la pata a menudo (unos más que otros) pero mostrando siempre una personalidad arrolladora que les convierte en protagonistas de la noticia hasta cuando van al baño. Grandes personajes a los que se ama y se odia, y al lado de los que “la Pulga” empequeñece. Y es que Messi es ese extraño espécimen al que, siendo el número uno del deporte número uno y estando en Nueva York para un partido amistoso, Adidas decide no exhibir en su megatienda de Broadway como haría (y hace) con cualquier otro en su misma situación, porque a nadie le interesa (y menos en USA) lo que diga un tipo plano y gris como Leo.
Vale que sea tímido, vale que no acabe de gustarle eso de ser siempre el protagonista. Vale que, siendo sinceros, al final lo único que importe es que siga haciendo diabluras sobre los terrenos de juego. Pero no es que Messi no sea (ni vaya a ser) un personaje arrollador y carismático como sus predecesores en el Olimpo del fútbol: es que en Messi, a sus 24 años, ni siquiera vemos a un adulto capaz de entender sus responsabilidades y las servidumbres de ser el mejor del mundo.
En lo que sí se asemeja a esos genios es en que parece que nadie de su entorno tiene el suficiente carácter como para llevarle por el camino adecuado y obligarle a hacer cosas que no quiere hacer simplemente porque tiene que hacerlas. Porque Lionel puede llorar con la cabeza hundida en su almohada por la marcha de Guardiola, puede sentirse triste, enfadado y hasta traicionado, puede enfurruñarse como un niño y dejar de respirar, pero el tres veces Balón de Oro, el mejor jugador del mundo, la estrella máxima del F.C. Barcelona surgida de su magnífica cantera y pulida por el mejor entrenador posible, Messi, debe acudir a esa rueda de prensa. Y si es para llorar, mejor todavía.

lunes, 4 de abril de 2011

Más que un club, menos que un estadio

Por Halftown
La semana pasada, el FC Barcelona tuvo a bien invitarnos -previo pago de 19 euros- a la llamada Camp Nou Experience. Detrás de tan pomposo nombre se esconde un billete que permite visitar el museo del Barça y el Camp Nou. Y qué quieren que les diga, pero este humilde redactor encontró la experiencia un puntito cutre.

Cuentan en Barcelona que el Camp Nou se llama así, campo nuevo, porque las autoridades franquistas se negaron a que le llamasen Joan Gamper. El fundador del Barça, por cierto, era en realidad Hans Kamper, un suizo que no puso un pie en Cataluña hasta los veinte años de edad.

Total, que el taxi se detiene a la puerta del estadio de fútbol, y a unos cien metros están las taquillas para entrar al que es, por número de visitantes, el tercer museo de España. Un grupo de estudiantes adolescentes franceses comía perritos calientes en un chiringuito azulgrana. Una familia asiática –no me la juego a precisar el país- salía con bolsas de la FCBotiga Megastore, la gigantesca tienda que preside el edificio anexo al Camp Nou. Después de hacer una cola rapidita y de aflojar un billetito azul, una pasarela elevada lleva hasta el estadio, donde se encuentra el museo.

El museo del Barça tiene muchos objetos históricos, pero poca historia. Es decir, mucha vitrina llena de balones, botas, camisetas y copas en orden cronológico aunque sin seguir un recorrido (como hace por ejemplo Ikea), de manera que todo parece concebido por defecto, como si nadie se hubiese parado a pensar si se puede hacer otra cosa aparte de Un Museo Más. La cosa tenía su parte interactiva, con una pantalla y una mesa táctiles que permiten ver vídeos y leer artículos sobre los distintos momentos (álgidos) de la historia del Barça. La idea era buena, pero las dos partes interactivas quedaban sepultadas entre tanta vitrina con polvo.

Dos detallitos más: uno, la vitrina dedicada en exclusiva a las seis copas de 2009, incluido un vídeo del 2-6 en el Bernabéu que pasaba en bucle. Dos, el Barça tiene el mejor eslogan que jamás tuvo un club de fútbol –“Más que un club”- y sin embargo lo lucen bastante poco a lo largo de la exposición. Hay vitrinas con cositas de cada sección, cierto, pero nada que refleje una estadística demoledora: la sección de balonmano del Barça tiene más títulos que la de fútbol.

Hugo, Tamudo y una capilla

Al salir del museo uno entra en los pasillos bajo las gradas del estadio, y por un vomitorio se accede a la grada. Es hasta cierto punto injusto juzgar un estadio fuera de día de partido, un esqueleto de cemento armado sin corazón, pero también permite poner atención a detalles en los que uno jamás repararía en la antesala de un encuentro.

Incluso vacío, el Camp Nou impresiona. A diferencia de otros estadios como San Siro o el Bernabéu, el estadio del Barcelona no está concebido a lo alto, sino como una especie de curva interminable que arropa al rectángulo verde. Llama la atención que sólo una tribuna esté cubierta, lo cual en pleno siglo XXI y en una ciudad como Barcelona, donde en otoño llueve de verdad, es algo ridículo. Cuando uno olvida lo macro y se centra en los detalles es cuando salen a relucir las miserias del estadio azulgrana: los asientos están gastados, los accesos sucios, como si nadie los hubiese renovado en décadas.

Después el tour continúa bajando por una escalera con olor ocre hasta la sala de prensa, la zona mixta y el vestuario visitante. En este último unas pantallas van mostrando jugadores legendarios que se han cambiado en él. Chapeau a la elegancia del Barça, que reserva sitio no sólo a cracks indiscutibles como Van Basten, Shevchenko o Kahn, sino también a enemigos íntimos del Barcelona como Hugo Sánchez o Tamudo.

Saliendo de allí uno recorre el camino que hacen los futbolistas antes de cada partido, y al meterse en el túnel de vestuarios que desemboca en el césped, soprende encontrar a mano derecha una pequeña capilla, signo de tiempos pasados probablemente todavía popular entre los porteros de los equipos que visitan el Camp Nou.

El tour se acaba en la tienda del club, donde uno puede adquirir casi cualquier cosa con un escudo del Barça, incluidas las espantosas segundas equipaciones color salmón que Nike parió la temporada pasada (y que visiblemente poca gente quiso comprar).

Al salir de allí, la sensación es que el Camp Nou es, paradójicamente, un estadio viejo. Si entrar en polémicas sobre Norman Foster sí, Norman Foster no, al estadio del FC Barcelona le hace falta un lavado de cara lo antes posible. Al fin y al cabo, todo escenario tiene que estar a la altura del espectáculo que en él se ofrece.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Jaque a Ancelotti

Por Halftown
El pasado 11 de noviembre, el Chelsea sacaba en su web un comunicado en el que anunciaba la salida del club de Ray Wilkins. En principio, podría parecer la salida de un simple asistente de Carlo Ancelotti. Pero Wilkins era mucho más que eso. Llegó a los blues en 1973, con sólo 17 años. Un año después, ya era el capitán del Chelsea. Wilkins fue una suerte de precuela de Lampard, un medio con llegada y una cierta tendencia a hacer grandes partidos contra equipos mediocres. A los 20 ya era internacional con la Inglaterra de Don Revie y en 1979, aburrido de jugar en un club perdedor como era aquel Chelsea, fue traspasado al United.

El gran cambio –y el por qué Wilkins es un personaje interesante- fue en 1984, cuando aceptó una oferta del Milan. En los rossoneri vivió la llegada de Berlusconi, pero tuvo que hacer las maletas para dejar hueco a Ruud Gullit. Al final, Wilkins pasó tres temporadas en las que jugó bastante, marcó poco, y no ganó título alguno. Sin embargo, Wilkins aprendió a hablar italiano, lo cual para un inglés, siempre atrincherados en su universal lengua, es un logro. Que le pregunten a Beckham.

Así que cuando en 2009 Carlo Ancelotti fue contratado por Abramovich para entrenar al Chelski, el entrenador italiano, que no hablaba una palabra de inglés, tiró de Wilkins para hacerle de interfaz con la banda de cockneys que lidera John Terry. Wilkins ya había sido consigliere de Gianluca Vialli, Scolari y Hiddink en Stamford Bridge, pero en esta ocasión a sus conocimientos técnicos y a su experiencia en el Chelsea se añadía su dominio del italiano.
Después de hacer un doblete en su primera temporada, como manager blue, Ancelotti reconoció la labor de Wilkins en su autobiografía: “Ray tiene la sangre azul, lleva al Chelsea en las venas. Sin él, no habríamos ganado nada.”.

La temporada 2010-2011 la empezó el Chelsea perdiendo la Community Shield frente al United. Poco a poco, el equipo se fue entonando con doce goles en los dos primeros partidos de liga y un pleno de victorias en la Champions. El pasado 10 de noviembre, un miércoles frío y húmedo, el Chelsea recibía al Fulham en un partido de trámite, de esos que sólo los verdaderos fanáticos van a ver. Aquel 1-0 fue el último partido de Ray Wilkins. El día 11, una escueta nota de seis líneas en la web del Chelsea anunciaba su salida del club.

Aprender a hostias

Sin que nadie desvele la razón del despido, de momento el rumor en Inglaterra es que Wilkins se las tuvo tiesas con Abramovich el año pasado a raíz de la eliminación contra el Inter en Champions League. Wilkins se tomó regular una crítica del ruso, y le espetó un “Si hubieses jugado alguna vez al fútbol, no opinarías así”. Resulta extraño que el ruso tarde tanto en tomarse la revancha, y desestabilice al equipo haciéndolo a mitad de temporada.

Siempre existe otra posibilidad, y es que Abramovich esté segando la hierba bajo los pies de Ancelotti. El ruso lleva meses persiguiendo a Begiristain para que sustituya al actual director deportivo del Chelsea, Frank Arnesen… quien a su vez suena como entrenador del Copenhague que quiere comprar Arkady Abramovich, el hijísimo. Abramovich padre tiene en la cabeza que, de conseguir el fichaje de Txiki, la llegada de Pep Guardiola dejaría de ser un sueño absurdo. Sobra decir que, si bien un nuevo doblete complicaría el relevo, una mala temporada de Ancelotti justificaría la contratación de un nuevo entrenador.

Sea como sea, la salida de Wilkins ha tenido un precio deportivo para el Chelsea: el equipo ha perdido diez de los últimos doce puntos en liga –incluida un petardazo 0-3 en casa ante el Sunderland- y sólo ha logrado una remontada sobre la bocina frente al Zilina. Una victoria en los últimos dos meses, que se dice pronto. El bajón llega en el peor momento, justo cuando los blues se la juegan, de aquí a final de año, con Tottenham, United y Arsenal.

En Rusia dicen que la derrota es un aprendizaje para el espíritu. El espíritu de Roman Abramovich debe estar aprendiendo un huevo esta temporada.

martes, 20 de abril de 2010

La elegancia impostada de Guardiola

Por Nick Panzeri

Cuando la noche caía sobre Milán, Guardiola volvió a hacerlo. "Nos enfrentamos quizás al mejor entrenador del mundo", dijo para definir a Mourinho en la rueda de prensa previa a las semifinales de Champions. El ideólogo del mejor fútbol de la historia, inclinándose ante el referente del mal gusto, de los malos modos, del resultadismo más rancio.

Sólo tres días antes, el técnico culé elevaba a los altares de la táctica a Pochettino, que apenas hace sus prácticas como técnico en el Espanyol, y se entregaba a su habitual sesión de cremita con su gran rival en Barcelona, al que calificaba de "equipo de gran entidad con un campo maravilloso".

Antes, todos y cada uno de los entrenadores rivales del Barcelona, al margen de estilos o clasificaciones -incluído Pellegrini, cuyo trabajo "es escandalosamente bueno"- fueron pasando por la sala de masajes del de Sant Pedor, al que por supuesto devolvían los elogios personalmente en el besamanos previo a cada partido.

Pero la fórmula parece agotada por repetitiva y por previsible. La credibilidad del discurso felador de Guardiola ha expirado y sólo sus jugadores parecen seguir creyendo la técnica motivadora de su entrenador. Suficiente, dirán; el Barça lo sigue ganando todo. Cierto, pero el hastío que invadió a gran parte de esa misma plantilla en la decadencia de la era Rijkaard puede asomar en cualquier momento si no renueva el discurso.

Hasta entonces, los técnicos que todavía se enfrenten al Barcelona esperarán su correspondiente ración de halagos. Incluso Clemente, que quizás se juegue la salvación contra el Barcelona en la última jornada de Liga, esperará que Guardiola proclame su universalidad para convencer a su presidente de su renovación. El problema es que para entonces ya nadie se tomará en serio estas ruedas de prensa.

jueves, 27 de agosto de 2009

El anti Guardiola ya espera

Por Sebastián Dulbeca
Tres veces, tres, negó la pasada temporada San Pep su imagen de maniquí inarrugable. Y con las mismas palabras que regaló fuera de la sala de prensa (las celebraciones en el Camp Nou no cuentan): cero.

1) Al inicio de Liga respondió con mirada láser a un Eto'o en trance de gol. Hubo (re)indulto y abrazo on the rocks cuando en el Nou Camp amenazaba infarto. Luego pasó lo que pasó y arrivederci, Samu.

3) Casi al final del campeonato puso mueca de interruptus tras el tanto del único Llorente delantero centro -vasco por dentro y amarillo por fuera- con el que aún no ha quinieleado -y debería- Del Bosque.

2) Justo entre un momento y otro, el 1 de octubre de 2008, comenzaba sin saberlo él siquiera la carrera a lo Cacho con la que luego explotaría en semifinales de Champions con el gol de Iniesta. Aquel pistoletazo de salida responde por Mircea Lucescu (Bucarest, 1945) y aguarda a Guardiola para disputarle mañana la Supercopa de Europa.

A falta de saloon, nada mejor que Mónaco, donde ya celebró el acierto de Jardel frente al Real Madrid (2000), para dirimir un pique timbrado en los vestuarios del Olympiyskiy Stadium. Escaseaba el glamour allí aquella noche, pese a la visita ilustre. Barcelona y Shakthar Donetsk (Samba Donetsk, en feliz subrayado del jogo bonito por parte de La Sexta) colisionaban por entonces en el grupo C de la máxima competición continental. Con fuerza pareja: 1-0 en el minuto 87; ¡1-2 en el 95!, previa epifanía en manga corta de Messi.

Al técnico rumano del equipo local (es un decir: hay croatas, checos, polacos, brasileños... y ucranianos como Chygrynskiy El Deseado), un hombre que como jugador alcanzó la misma gloria que un callista, se le descompuso el cuerpo tan rápido como se le multiplicó el verbo: italiano, español y hasta el dialecto de Ozores ("......... fair play ........ darla para atrás") para vocear que la remontada era ilegal. Que el resultado se explicaba por la falta de deportividad (en referencia a una acción en la que había un jugador suyo supuestamente lesionado). Que vencer así no era "digno" de un conjunto como el blaugrana.

Pep micrófono delante. Pep centro de la diana. Pep caída de párpados. Y adiós.

La cara de Pepe mete el micro ahí Gutiérrez y el nombre de Lucescu no volvieron a resultar familiares hasta el partido de vuelta. Entonces el ex del banquillo de Pisa, Brescia (casualidades de la vida: la squadra en la que se jubiló Guardiola), Reggiana, Inter y Galatasaray decidió cobrarse lo que creía suyo: 2-3.

Fue la única derrota del Barça en la presente edición de la Copa de Europa (¡jugó hasta Cáceres!) y el pasaporte para una Copa de la UEFA que, en Estambul, en el tiempo extra y en su última convocatoria con tal nombre, levantó delante del Werder Bremen con toda justicia.

Lucescu y Guardiola. Una buena oportunidad para sacar el dichoso seny...

lunes, 1 de junio de 2009

El triste destino del soriano que tumbó a Guardiola


Por Lola Dirceu
Empecemos con las coordenadas temporales y espaciales, como los malos redactores que no saben cómo darle al start de la escritura: 31 de agosto de 2008, estadio de Los Pajaritos; el recién ascendido Numancia abre la primera jornada de Liga contra el Barça; al timón blaugrana, un bisoño Pep Guardiola vestido de marca y de dudas. De entrada, y por decisión suya, en el césped ya no crece la mala yerba que sembraron Ronaldinho y Deco. Inquietante…

La prensa catalana miraba con lupa el estreno del dandi de Santpedor, con un currículo de entrenador como si a un novato con la L le dan el coche de Jenson Button (difusores incluidos). Enfrente, ya se sabe, el Numancia y toda su retahíla barata de símiles más sobaos que una poligonera asomando tanga; que si Viriato, que si irreductibles como galos, que si un presupuesto que no da ni para marcas blancas del Ahorramás… Rueda el balón, pasan los minutos y la muralla no cae. El Numancia se parapeta atrás, se afana en los marcajes y espera que suene la flauta. Y sonó.

Un balón traído por el moncayo se lo come al unísono la defensa del Barça, Valdés y su guitarra incluidos. Perita en dulce que fue transformada en volea en el minuto 12 por un muchacho llamado Mario Martínez. Hasta aquí todo normal a no ser porque era el primer soriano que mojaba en Primera División, el zagal que a sus 23 años cuenta con la nómina más baja de la categoría, un muchacho que vivió detrás de la portería pajarita (gradas supletorias por aquel entonces) aquella histórica eliminatoria de Copa frente al Barcelona en 1996 dándole al bombo con sus colegas del Frente Rojillo. Venganza consumada.

Ayer, echado el telón de la Liga, el bucle de las 38 jornadas se tornó amargo para Mario. El Numancia, su Numancia, bajó a Segunda, él fue sustituido en el minuto ochenta y tantos y unos tibios aplausos acompañaron su camino a los vestuarios. Nada que ver con aquella semana en la que tiró por el váter la puesta de largo de Guardiola.

A su madre, dependienta en una tienda de ortopedia, le llegaron muchos paisanos a felicitarla por el gol de su cachorro y, de paso, le pedían nuevas prótesis para Puyol, Márquez y demás defensas cantarines. A su padre, histórico del Numancia que nunca saboreó las mieles de Primera, el móvil le echaba humo. En el Mesón El Ventorro, las rondas corrían en honor al chaval; en la tienda de deportes Hortelano recortaban las fotos del Marca donde se le honraba con generosidad tipográfica, toda Soria se congratulaba del paisano…Y la prensa catalana echaba a la hoguera al inexperto Guardiola. Grandes pitonisos los que aventuraban un destino fatal para Pep.

“No puedo dar un paso sin que la gente me felicite”, señalaba Mario al diario As en feliz resaca. Pasados ocho meses, la elipsis ha traído a Guardiola Copa, Liga y Champions. Mario no volvió a marcar más en toda la temporada, y quizá jamás regrese a Primera (tiene contrato con el Numancia hasta 2011). Siempre le quedará un orgullo de haber dado una pedrada en la cara a aquel Goliat que aún no había dado el estirón. Si alguna vez están justificadas las batallitas, Mario tiene una muy gorda que contar a sus nietos.

jueves, 28 de mayo de 2009

Tel Aviv, noche blaugrana... y blanca

Por Johan Einstein / Desde Tel Aviv
En la playa de Tel Aviv, 4000 israelíes vibraron con la victoria del Barça ante el Manchester. En la fina arena, senyeras y banderas barcelonistas me transportaron por dos horas a Barcelona. Solo que en lugar del español o catalán se escuchaba hebreo.

Bueno, y mucho español gracias a la importante colonia argentina, que llevaba sin excepción la camiseta de su selección. La de Messi, claro. "Dale,Leo, dale!!", gritaban con tanto amor a su chico como odio al rival inglés.

Desde este digno blog envío mis disculpas al organizador de la velada en Tel Aviv, que no sé por qué diablos decidió quitar la señal de la televisión antes de la entrega de trofeos. Mi airada reacción, unida a la de los 4.000 amigos, le convencieron para que pudiéramos ver en la gigante pantalla a Puyol levantando la Copa y al genio italiano inscribiendo el nombre del club en el trofeo.

Algunos se me acercaban preguntando a quién fichará el Barça el próximo año. Que Florentino aprieta... Me río. Me descojono. Y me digo: "Sí, señor, son culés. Prefieren sufrir que disfrutar el momento".
El enemigo Cristiano

Acabada la retransmisión, el paseo marítimo de Tel Aviv parecía las Ramblas con múltiples bufandas y bocinazos de los coches. Curiosamente, y manda huevos como diría el otro, la noche del Barça coincidió con la llamada noche blanca de Tel Aviv, en la que no se duerme y el Ayuntamiento organiza actuaciones musicales y teatrales en la calle. Una noche blanca donde sólo había cules pero que se alargó hasta la llegada del sol... Blanca y culé.

Llamada de un amigo de Gaza. El palestino está contento.Felicidad máxima. Es tan culé como los israelíes que me rodean. Su ídolo es Keita, que siempre se acuerda de Alá, su protector. Se alegra por la tristeza del Cristiano. El portugués tiene todos los números para ir al Madrid. Muchos aficionados del Barça identifican al crack como nuevo enemigo, acompañando a Ramos y Guti. Cada forcejeo con Puyol le quitaba deportividad pero le sumaba gloria como digno enemigo en el futuro.

En estas tierras de Oriente, que estuvieron bajo el mandato británico, se respetaba mucho al Manchester. Pero el temor de árabes e israelíes a la armada inglesa no superaba el amor al buen futbol de los enanos Xavi, Messi e Iniesta.

Por cierto, entre el millar de israelíes que viajó a Roma para ver la final estaba el ex primer ministro, Ehud Olmert. El futbol no corrompe pero tiene una fuerza brutal. Y es que Olmert, un gran seguidor de la fuerte banda de Ferguson, prefirió estar con su amigo Don Silvio en lugar de quedarse en Israel donde por la mañana se decidia en el Tribunal Supremo un aspecto legal de su futura comparecencia por un supuesto caso de corrupcion. Vaya dia, Ehud!

"Eto'o marcó el gol de la final por su viaje que hizo a Israel con el centro Peres por la paz", chilla un chaval. Ahí está la clave de la victoria de Pep, al que aquí todos le elogian incluso más que a Messi. Ahí va la gran pregunta desde estas tierras a los expertos del blog: ¿Quién es más imprescindible, Messi o Guardiola?

martes, 26 de mayo de 2009

Cita con la inflexión 18 años después

Por Halftown
El 15 de mayo de 1991, es decir hace la friolera de dieciocho años y unos días, el Manchester United y el FC Barcelona se veían las caras en una final europea. La cita, en Rotterdam. El título en juego: la ahora difunta Recopa de Europa.

Después de dos décadas de mediocridad, el Manchester United empezaba a recuperar el orgullo. Aquel 1991, y entrenado por un Ferguson entupetado en la época, el United venía de una temporada con mejor juego que resultados: en liga, había quedado sexto, dos puntos por detrás de sus vecinos del City, y en Copa de la Liga, pese a haber machacado al Arsenal 2-6 en Highbury, había caído en la final contra el Sheffield Wednesday de segunda división. Su camino a la final de Rotterdam había sido más sencillo de lo esperado: Montpellier y Legia de Varsovia habían sido sus rivales en cuartos y semifinales.

El Barça de Cruyff era un equipo que empezaba a hacer soñar a los culés después de una sequía importante. De la misma manera que el Pep team de este 2009, se acababa de imponer con comodidad en Liga después de cinco títulos seguidos del Madrid de la Quinta del Buitre. En las rondas previas se había deshecho, con más épica que magia, de Dínamo de Kiev y Juventus. En la eliminatoria con los italianos, Zubizarreta había recibido una tarjeta que le inhabilitaba para la final, lo que dejaba la portería blaugrana en las manos del mismísmo Carles Busquets, padre del actual medio del Barça.

El United salió al campo con camisetas Adidas blancas con rayas rojas, una especie de negativo de la equipación del Liverpool, y sin publicidad. El uniforme del Barça eran unas camisetas Meyba azul eléctrico espantosas y el pantalón habitual azul marino, que para más INRI muchos jugadores se ajustaban por encima del ombligo.

La estrella, Hughes

Los ingleses sacaron un once de transición entre el equipo gris de los 80 (Robson, McClair) y el dominador de los 90 (Ince, Irwin, Sharpe). La gran estrella de la temporada estaba siendo el delantero galés, ex del Barcelona de la triste época de Venables, Mark Hughes. Hablando de galeses, al fondo de la plantilla del United aparecía ya un extremo zurdo todavía menor de edad llamado Ryan Giggs.

Cruyff sacó su equipo tipo, con las dos notables ausencias del lesionado Stoitchkov y el ausente Zubi, lo que significaba tener a los pantalones largos de Busquets bajo palos y al futuro yernísimo Angoy en el banco.

El partido en sí no quedará para la historia del fútbol. Después de una primera parte de mutuo respeto, en el minuto 67 Mark Hughes empujaba a la red un cabezazo de Steve Bruce, con media salida de Busquets incluida.

Siete minutos más tarde, un pase genial de Bryan Robson dejaba a Hughes mano a mano con el suplente de Zubi, y el segundo del United subía a los LED del electrónico de Rotterdam.

En el 78, una falta lejana fue convertida por Ronald Koeman, de la misma manera que lo haría un año más tarde, en Wembley, para darle al Barça la primera Copa de Europa de su historia.

En el verano de 1991, poco después de ese partido, el ManU empezó a cotizar en Bolsa. En los culés, la siguiente pretemporada se incorporó a la primera plantilla un chavalito delgado llamado Pep Guardiola. Aquella noche holandesa, el United se llevó el trofeo a casa, pero para ambos clubes supuso un punto de inflexión que les lleva, casi dos décadas después, a encontrarse en otra final europea.

miércoles, 29 de abril de 2009

Queer as foot

Por Nick Panzeri
Abrir nuevos caminos siempre fue duro. Xisco lo sabe. Cuando llegó a Coruña desde su Mallorca natal para jugar en el filial del Depor, pocos confiaban en que aquel robusto jugador con facilidad para el gol pero no especialmente dotado técnicamente pudiera llegar a jugar en Primera División. Pero llegó. Y se convirtió en el socorrista de un equipo que se ahogaba en la clasificación camino de Segunda. Nueve goles en 14 partidos sellaron la permanencia del equipo y el pasaporte de Xisco hacia la Premier League.

Como nunca tuvo el don de la oportunidad, su fichaje por el Newcastle provocó un auténtico terremoto en las ‘Urracas’. El director técnico y entrenador, Kevin Keegan, dimitió como consecuencia de su fichaje: "He trabajado de manera desesperadamente intensa, pero no puedo permitir que el club no me consulte los fichajes", expresó en un comunicado.

La afición no tuvo dudas y se puso de parte de KK, todo un mito en Reino Unido, y colgó sobre Xisco un cartel que le señalaba como culpable de su marcha.

No saber inglés debió ayudarle a aislarse del ambiente y se dedicó a entrenar. En su debut en la Premier marcó y la gente le quitó la etiqueta de sospechoso. Sin embargo, sólo fue una tregua del destino.

Una lesión le apartó del equipo y apenas ha podido volver a jugar. Estos meses aciagos en el terreno de juego, sin embargo, han servido para que los fieles de St. James Park le cuelguen otra etiqueta mucho más peligrosa en el mundo del fútbol: la de "maricón".

Por los foros de los seguidores del Newcastle empezaron a circular fotos del jugador besándose con hombres y recuperó el protagonismo… de los insultos. Sin que él haya abierto la boca, los futboleros británicos ya le han abierto el armario para recriminarle esta afrenta y señalarle el camino de salida: "Mejor no marcar un gol en lo que queda de temporada que tener en el equipo un maricón", dicen.

En un país en el que a un jugador (Le Saux) se le tacha de homosexual sólo por leer el periódico (The Guardian), las fotos de Xisco no admiten siquiera una explicación. Xisco ya es el gay de la Premier.

En la Liga española, muchos jugadores han cargado con la sospecha de ser gays: Urzaiz, Pavón, Javi González, Javi Navarro, Guti e, incluso, Guardiola, han soportado este estigma, mucho más peligroso en cualquier campo de fútbol que la patanería más absoluta.

Sin embargo, el fútbol sigue resistiéndose a salir del armario, aunque los responsables de Zero siguen tocando puertas para derribar una de las pocas barreras todavía infranqueables para el universo gay, junto a los toros. Xisco tiene la palabra. Pero tendría que hablar. Y parece que, de momento, sólo quiere hablar en el campo, aunque hasta su entrenador parezca haberse olvidado de él.