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jueves, 4 de marzo de 2010

Olés, existencialismo y porros en el Stade

Por Halftown
Por mucho que lo pinten, no es el Stade de France un estadio especial. Para empezar, porque sólo tiene doce años de historia, y para seguir porque la Historia sólo recuerda un partido allí disputado. Su mitología se resume en una gran victoria francesa, y una mano infame que valió una clasificación mundialista.

Aún así, hay que reconocer que la afición francesa, fría por naturaleza, respondió llenando prácticamente el estadio anoche. Agotados el ciclo de bonanza de su fútbol, la arrogancia natural del francés se transmuta en ironía cuando se habla del équipe de France actual.
Se respiraba apatía incluso antes de empezar el partido: los franceses salieron a calentar diez minutos después que la Selección. Cuando por fin aparecieron fue para hacer todo tipo de ejercicios físicos a palo seco, mientras los de Del Bosque afinaban su tiki-taka haciendo correr el Jabulani.

A pie de campo, paneles digitales alternaban publicidad de jamones España, de Teka y de la candidatura de España y Portugal para el Mundial 2018-2022, estos últimos realizados en esa tipografía tan creativamente bochornosa que es la Comic Sans. En los videomarcadores, un dibujo animado montaba un karaoke en el que pedía a la afición repetir mecánicamente el allez les bleus.

Cuando llegó el momento de anunciar los onces, descubrimos que Del Bosque reservaba a Xavi y a... Fernando José Torres. Juro que así lo anunciaron el speaker y el videomarcador.


Hablando del speaker, cuando se trata de fútbol de selecciones en Francia, no hay ni una ocasión en la que no se recuerde el Mundial del 98. Anoche no podía ser una excepción, y el hombre del micro aludió a la inauguración del Stade de France contra España, 1-0 gol de Zidane. Parecía que habían pasado mil años desde entonces: la Francia multicultural se ha convertido en una macedonia que juega al ralentí, y el 10 de la selección es suplente y se llama Govou. Anoche en St Denis, la ilusión era tan poca y la apatía era tan contagiosa, que ni siquiera La Marsellesa sonó con su fuerza habitual.

El final de la generación del 98

Mientras los de azul -ayer visitantes- movían la pelota y los bleus –ayer de blanco- la perseguían, los españoles en el campo se arrancaron con un crescendo de olés. Los aficionados franceses ignoraban al muñeco que les pedía aliento para los suyos. Un francés se levantó y reclamó orgullo a los suyos. Otro se encendió un porro. Alguno se sumaba a los olés españoles.

En la segunda parte España levantó el pie, y el Stade de France organizó un plebiscito sobre el responsable de la catástrofe, el hombre que ha logrado lo que ni siquiera George W. Bush consiguió: caer mal a todo un país. Domenech démission clamaba el estadio. El seleccionador galo, en otra exhibición de la inteligencia emocional que le caracteriza, quitó al último superviviente del 98, Henry, ante el abucheo general. A falta de 15 minutos tiró de populismo dando entrada a Cissé: recibió una ovación llena de sorna. La guinda del pastel fue dejar calentando a dos jugadores franceses hasta el pitido final.

Del Bosque, en cambio, sacó su mano izquierda a relucir: empezó el partido con cuatro jugadores del Madrid y cuatro del Barça, y acabó con tres y tres sobre el césped.

Sartre decía que el ser humano está condenado a ser libre. El equipo francés está condenado a hacer el ridículo en un Mundial en el que no merecían estar. Alea jacta est, Raymond Domenech.

martes, 14 de abril de 2009

Los blancos no la meten como Madïn



Por Rocheteau
El problema no es que los blancos no la sepan meter. Es que al fútbol francés le pasa como al basket de playground en Estados Unidos: los blancos no juegan.

Madïn Mohamed Khorogli es de origen magrebí y nació en Roubaix, en el norte lluvioso de Francia, junto a Bélgica. No es blanco. Así que creció con una pelota en los pies.

Madïn Mohamed es un chaval de siete años al que predicen un futuro messi-ánico: convertirá las piedras en goles y multiplicará las copas.

Madïn Mohamed es un chico del que nadie oirá hablar dentro de cinco años. Cuando tenga 20 y ya esté en paro [el paro en Francia ronda el 8%; en Roubaix es el doble; entre los jóvenes de Roubaix, es el doble del doble; entre los jóvenes inmigrantes de Roubaix, el doble del doble del doble], contará en la brasserie de la esquina cuando venían a verle clubs de todo el mundo.

Madïn Mohamed no es sólo un crío malabarista; Madïn Mohamed es un símbolo, como también lo es Roubaix.

Un trastero de Francia adonde se puede llegar en metro desde Lille, atravesando un no man’s land que a principios del XX eran ricas catacumbas de carbón; tras la guerra, una colección de chimeneas de fábricas textiles y metalúrgicas; hoy, el coche escoba de la economía francesa.

En Roubaix, Francia cambia de color. Todo es ocre. Las paredes de ladrillo y la piel de los que las habitan. Como un decorado obrero de Newcastle en una película de Ken Loach. El acento es rocoso. El orgullo, más. La calle, un lugar de paso si no quieres problemas. O la mejor cancha de fútbol. Aquí están las favelas galas. Las de la France black-blanc-beur del Mundial de 1998. Las que nutren la Ligue 1 y, poco después, la Premier.

En Roubaix, la ciudad con mayor porcentaje de extranjeros de Francia, nadie es de Roubaix. Eres marroquí, bereber, senegalés… Los que han nacido allí tampoco son de Roubaix. Siguen siendo marroquíes, bereberes, senegaleses… Por eso los padres de Madïn quieren que el hijo juegue con la selección de Argelia y no con la de Francia.

Los que llevarán a Francia a ganar más mundiales y eurocopas son los que hoy, todavía adolescentes, silban la Marsellesa en el Stade de France.

Rendez-vous dentro de diez años, para ver dónde anda el habilidoso Madïn. Un chico de Roubaix. El coche escoba de Francia. El futuro de su fútbol.



Sifflets lors de la marseillaise
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