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martes, 22 de febrero de 2011

Gourcuff y los otros

Por Halftown

Gourcuff padre
Antiguo centrocampista del estilo tiqui-taquero que estilaban hace treinta años los Tigana, Platini y compañía, Christian Gourcuff decidió pronto que lo suyo era el banquillo.

Profesor de matemáticas, papá Gourcuff fue de los primeros en utilizar los ordenadores para programar sus entrenamientos. Con semejante trastienda no es extraño escucharle decir que “el fútbol inglés es una mierda: sólo se dan tres pases seguidos, y eso no me interesa nada”.

Se pasó diez años como máximo responsable del Lorient, ciudad bretona cuya huella en la historia de Francia se limita a haber alojado la base de submarinos alemanes más importante del Atlántico. Después de ascender al club bretón de la tercera a la primera división, Gourcuff padre ficha por el vecino rico, el Stade Rennais, en 2001. Allí se lleva de la mano a su entonces quinceañero hijo Yoann. Si bien el padre no sobrevive a la primera temporada, el hijo debuta en la Ligue 1 en 2004.

Gourcuff padre acaba volviendo a Lorient, donde es considerado una especie de Bill Shankly bretón, responsable no sólo de mantener al equipo en primera división, sino de haber exprimido la cantera hasta límites absurdos para un club tan pequeño como los Merlus: Koné, Jallet, Gignac, Koscielny, Ciani, Gameiro…

Zidane
Desde que el 10 de los bleus se jubiló, el deporte nacional del periodismo francés es encontrarle un heredero. La lista de nombres es larga y patética vista en perspectiva: incluye al centrocampista del Arlès-Avignon Camel Meriem, el jugador del Almería Sofiane Feghouli, el adolescente Enzo Zidane y hasta un prodigio de 9 años descubierto en YouTube que responde al nombre de Madin Koroghli.

Probablemente el que más cosas tiene en común con el gran Zizou sea Yoann Gourcuff. Exactamente igual de alto que ZZ, Gourcuff transmite la misma sensación sobre el terreno de juego: se mueve en travelling, como si en lugar de tacos llevase rodamientos. Incluso Yoann, como si disfrutara con el paralelismo, ha desarrollado una tendencia a hacer la famosa roulette que patentó Zinedine.

La comparación con Zidane trasciende lo deportivo: como él, Gourcuff ha sido una joven promesa que está tardando en despuntar a primer nivel (Zinedine llegó a la Juve con veinticuatro años, la edad actual del jugador del Lyon). Y también como el mediapunta marsellés, Gourcuff tiene un lado oscuro, irracional, que nadie termina de descifrar.

Ribéry
En cualquier relato épico que se precie, todo héroe tiene su némesis. Si la de Zidane se llamó Materazzi, la de Yoann Gourcuff se llama Franck Ribéry. Señalado en su momento por el propio Zizou como su heredero, Scarface ha pasado de ser el niño mimado del fútbol francés a ser repudiado al alimón por público y prensa. En un memorable año 2010, Ribéry encadenó el escándalo de un bar de putas en los Champs Elysées con el bochorno de la huelga de los jugadores franceses en plena Copa del Mundo.

Las malas lenguas dicen que es una cuestión de celos, que Gourcuff es sencillamente más alto, más guapo y más inteligente que Ribéry. La otra opción es que, mientras el extremo del Bayern se convirtió al Islam, el rumor insistente en Francia es que Gourcuff es homosexual. No ayuda a desmentir esta teoría el que el jugador del Lyon se ponga rimmel antes de salir al campo. En cualquier caso la patata caliente le ha caído a...

Blanc
Blanc estuvo presente cuando Aimé Jacquet –futuro seleccionador campeón del mundo- tuvo que elegir entre dos jugadores que no se soportaban entre sí: Deschamps y Ginola. El primero acusaba al segundo de ser el responsable directo de la no clasificación francesa para el Mundial 94 al perder un balón en el último minuto de un partido contra Bulgaria. El seleccionador se decantó por el medio centro, Deschamps acabó levantando la Copa en el 98 y Ginola no volvió a vestir de azul en la vida.

Blanc ya estaba en aquel vestuario de 1993, y por eso no tuvo que explicarle nadie la dicotomía entre Ribéry y Gourcuff. Entrenador de los Girondins de Burdeos con los que Gourcuff la rompió las dos últimas temporadas, Blanc tuvo la elección clara desde el primer momento. El problema es que los partidos pasan, Yoann no deja de ser un actor secundario en el equipo francés, y la paciencia no es un valor al alza al otro lado de los Pirineos: la semana pasada el ocho francés se llevó una sonora pitada en pleno Stade de France al ser sustituido.

Maldini
Lo fácil sería echar a los leones a Ribéry –ese musulmán feo y putero- y ponerse del lado del guaperas del Olympique de Lyon. Sin embargo, el pasado noviembre, una leyenda del fútbol como Paolo Maldini decidió contar a L’Équipe su experiencia con Gourcuff. El antiguo capitán del Milan, donde Gourcuff llegó con veinte años, acusó al francés de ser tan talentoso como indolente: indolente para aprender italiano, indolente para llegar a la hora prevista, indolente sobre el terreno de juego. Y este tipo de comentarios, viniendo de un jugador que ha compartido vestuario con medio mundo y jamás ha rajado de nadie, es para empezar a tomarse en serio el lado oscuro de Yoann Gourcuff.

Con veinticuatro años y después de que el OL pagase 26 millones por él el verano pasado, Gourcuff debe dar un puñetazo en la mesa cuanto antes mejor. Qué mejor ocasión que el partido de esta noche.

martes, 11 de enero de 2011

Copa de todos, copa de pocos

Por Halftown
Contrariamente a lo que decía Platini en una reciente entrevista en la revista francesa So Foot -revista tan acojonante que merece la pena aprender francés sólo para poderla leer-, la Marsellesa es mucho más que un himno guerrero del siglo XVIII: hoy se ha transformado en una justificación de la rebeldía ocasional. Si bien es cierto que lo del aux armes citoyens se da cada día menos en un país encantado de haberse conocido, de vez en cuando se vive uno de esos días de furia con aroma a ese lejanísimo 14 de julio de 1789.

El pasado fin de semana concretamente, a caballo entre sábado y domingo, hemos vivido uno de esos levantamientos espontáneos. En el papel del poder establecido, los clubs de la primera división gabacha. Interpretando el rol de masa cabreada, los clubes de aficionados que participan en la Copa de Francia.

La Copa de Francia es muy fiel al espíritu de la Cup inglesa: puede participar cualquiera, se juegan rondas a un partido y sálvese quien pueda. En la edición de este año se llevan disputadas ocho rondas, incluyendo a 7.749 equipos repartidos a través de todas las categorías del fútbol francés hasta la Ligue 2, la categoría de plata. El pasado sábado entraban en competición los equipos de la máxima categoría, que juegan por sistema fuera de casa, siempre que su rival esté al menos dos categorías por debajo de ellos.

El viernes se abrió a lo grande la ronda de treintaidosavos: el Paris FC, el hermano pobre del Saint Germain –que ya es pobreza-, se cepilló al Toulouse en su propio estadio.
El sábado, dos clubes de quinta división (CFA 2) se ventilaron a dos primeras: el Chambery (pueblo de donde toma prestado su nombre el barrio madrileño) echó en la tanda de penaltis al Mónaco, y de paso a su entrenador, decapitado tras el partido suponemos que por orden directa de Su Alteza Serenísima Alberto. Mientras tanto en Wasquehal, un pueblecito en la frontera con Bélgica, el mismo Auxerre que ya hizo el ridículo en la Champions volvió a quedarse fuera a las primeras de cambio, esta vez contra once tíos cuyos salarios combinados no alcanzan lo que cobra CR7 por jugar una pachanga.

Danone F. C.

Lo más gordo estaba por llegar: el domingo el Olympique de Marsella, el club más popular de Francia, cayó eliminado por un recién ascendido a segunda.
La relación del OM con la Copa de Francia es un tanto bipolar: ha ganado diez, el que más, pero lleva sin levantarla desde 1989, incluyendo dos finales perdidas en años consecutivos. El domingo visitaban al Evian-Thonon-Gaillard, club del pueblecito saboyardo de Thonon-les-bains, cuyo estadio es tan ridículo que tiene que ir a jugar a Annecy, ciudad candidata a los JJ. OO. de invierno de 2018. No culpamos al aficionado marsellés por vender la piel del oso antes de cazarlo: un equipo recién ascendido a segunda, sin estadio propio y que viste de rosa no podría ser rival para el Marsella. Pero el Evian no es un recién ascendido, sino el líder de segunda, comparte presidente con Danone (Franck Riboud), y el rosa de sus camisetas no es sino parte de la etiqueta del agua Evian, marca de Danone, cuyo logo aparece en el escudo del club. Además, Riboud es íntimo amigo de Zinedine Zidane quien, junto a otros dos miembros del lobby France 98 como Alain Boghossian y Bixente Lizarazu, es accionista del club. Así que huele a club grande en construcción.
Total, que el Marsella de Deschamps se plantó en Annecy sólo para comerse tres goles bajo el diluvio universal y verse un año más, y van veintidós, sin Copa que llevarse a los labios.

Nueve víctimas después, los únicos equipos de primera que demostraron serlo fueron el PSG y sobre todo el Rennes, que machacó 7-0 a un Cannes cuya máxima estrella es el gigante checo Jan Koller, quien a los 37 años se dijo que, puestos a seguir persiguiendo un balón, qué menos que hacerlo en un sitio con sol y playa.

El Rennes espera ahora rival para los dieciseisavos, que saldrá de la eliminatoria entre dos equipos de regional: el Vaulx-en-Velin, un suburbio de Lyon, y el Jura Sud Foot, originario de la ciudad donde se producen los juguetes Smoby y cuyo gentilicio es jurassien, casi como los del parque.

Por muy bonito que suene lo de una Copa abierta a todos, al final el darwinismo futbolístico se acaba imponiendo, y siempre acaba llevándose el trofeo un equipo de primera. Lo cual no quiere decir que otros 7.748 equipos no busquen su día de furia cada año.

martes, 31 de agosto de 2010

Más que mil victorias

Por Halftown
Hay que ponerse en su lugar: tipos ricos y famosos, que por lo general no saben hacer otra cosa que jugar con un balón. Se puede enteder hasta cierto punto el vértigo antes de la retirada. Esa punzada de orgullo que te empuja a seguir pateando el balón. Debe ser jodido anteponer la realidad del juego a la vanidad personal.

Y es que no hay cosa más triste que ver a jugadores que han hecho vibrar a uno con su talento, arrastrándose sobre el césped años más tarde. La cantinela me viene a la cabeza cada vez que veo imágenes de Ronaldo Nazario de Lima, aunque guarde el suficiente instinto asesino como para seguir haciendo goles a pesar del lastre que arrastra a la altura del estómago. Aunque lo de Ronaldo se explica porque su exilio brasileño es para él la vuelta a casa después de años pasando frío en Europa. Allí le pagan bien, entrena poco, sale de fiesta cuando quiere, y encima le ríen las gracias.
George Foreman, que se bajó del ring a los 48 años, decía que la cuestión no es a qué edad retirarse, sino con cuánta pasta en el banco. Quizá por eso el brasileño Zico, después de toda una carrera en Brasil, se marchó a Japón a llenar los bolsillos de yenes con 38 primaveras, lejos ya de sus mejores años de fútbol. Y todavía peor lo hizo el mismísimo Johan Cruyff, que no sólo se marchó a Estados Unidos a hacer lo que mejor sabe (pista: no es jugar al fútbol), sino que después tuvo el cuajo de volver a España, a vestir otra camiseta azulgrana, la del Levante, durante diez penosos partidos. Le pagaron 25 millones de pesetas por no conseguir el ascenso a Primera.

Aunque posiblemente la subespecie más deleznable es la de los jugadores con talento a los que, sencillamente, no les gusta el fútbol. El último de esta estirpe, y quizá uno de los casos más sangrantes, es el de la zurda de oro de Bilbao, Fran Yeste. Un tipo que durante su
carrera en San Mamés ha repartido magia e indolencia a partes iguales. Un jugador que, con un poco más de fuerza de voluntad, habría llegado a un equipo de Champions. Porque irse a arrastrarse a Dubai a los 36 años como Cannavaro –pese a que todavía tuvo los coglioni de jurar que se iba allí por motivos deportivos- es entendible, pero a un chaval que con treinta años da un portazo y se va a jugar a los Emiratos Árabes Unidos no puede gustarle el fútbol. O no tanto como el dinero.
Luego, eso sí, meterá goles como éste, que el Marca sacó en portada anunciando un "golazo" de Yeste. Viendo las cinturas a lo Robocop que gastan los defensas, lo mismo Cannavaro no desentona en los Emiratos...

Yeste comparte liga con Fernando Baiano, delantero que pasó por Málaga, Celta y M
urcia y que firmó un contrato en los Emiratos de 2,5 millones de euros anuales a la edad de 29 años. Aunque si de edad se trata, el récord es el del brasileño Leonardo, que después de volver a su país con el rabo entre las piernas tras fracasar en Valencia, se fue con 25 años a jugar dos temporadas en la J-League. Mucho se tuvo que aburrir allí para decidir fichar por el París Saint Germain. También es cierto que en aquella época el PSG no era el asilo de futbolistas en el que se ha convertido hoy.

Al otro lado de la balanza están ese pequeño grupo de jugadores que sabe decir adiós en el momento oportuno. Son muy pocos, pero muy grandes: Paolo Maldini, Dennis Bergkamp o Alan Shearer se fueron por voluntad propia, contra la voluntad de su clubs, y a pesar de las ofertas para irse a un retiro dorado.
Caso aparte es el de Zinedine Zidane, que lo dejó con 34 años, cuando daba la sensación de que le quedaba cuerda para, al menos, una última temporada. Su despedida en un duelo al sol con un villano como Materazzi fue impropia de un talento como el del francés.
Aunque el paradigma de retirada por todo lo alto es Frank Rijkaard, que dejó de jugar al fútbol después de ganarle la Copa de Europa a querido AC Milan cuando jugaba en aquel Ajax de 1995.

Dejamos para el final a los jugadores que han jugado en los mejores campos, han apilado título sobre título, recibido el aplauso unánime de público y prensa, y sin embargo siguieron jugando al fútbol por amor al arte, lejos de los focos y del bullicio del fútbol de élite.
Por ejemplo, es fantástico ver a un tío con dos finales y una Copa del Mundo como Aldair sigue jugando al fútbol, a punto de cumplir 45 años, en el Murata de San Marino. Lo hace porque su amigo Massimo Agostini es el entrenador del club. El mismo motivo por el que uno de los delanteros con más gol de los 90, el francés Papin, volvió a calzarse las botas en 2009, a los 46 años, para seguir metiendo goles en la décima división francesa. Al fin y al cabo, es lo que mejor sabe hacer en la vida.

viernes, 5 de junio de 2009

Jugar por Adidas (y por cojones)

Por Lola Dirceu
Peor que primas a terceros, sobrinas sin cuartos o vecinas del quinto; mucho más indigno que Poli Díaz besando la lona nada más notar una leve caricia de un sparring enclenque; más asqueroso que trincar un maletín por dejarse meter gol alegando hambre, puro vicio, necesidad, deudas de juego O pellas con el camello del barrio.

Lo más repulsivo es que un jugador de fútbol tenga que estar siempre, siempre, siempre (a no ser que esté lesionado, obviamente) por obligaciones contractuales en la alineación titular de un equipo.
Tamaña adulteración tiene un nombre (David Bekcham) un par de malhechores (Florentino-el Madrid y Adidas, tanto monta) y un damnificado (José Antonio Camacho).

Acuérdense cómo aterrizó David en el club merengue, con chaqueta turquesa miami vice y coletita de actor porno. Se aflojaron 25 millones de pavos al Manchester ¡¡¡y a jugar y apatrullar Ortega y Gasset, boutique arriba y joyería abajo!!. Que finalmente el adonis jugara en el club de Concha Espina fue debido a las tensas y arduas negociaciones con la marca de las tres rayas y las tres bandas (eso ponía en mis zapatas cuando era cani), o sea la dichosa Adidas de los huevos.

La multinacional fundada por Adi Dassler cuando a la II Guerra Mundial ya no le quedaban balas, exigió por contrato que el bello Beckham siempre fuera incluido en el equipo titular so pena de multas millonarias, extorsiones, acuerdos económicos que se van por el váter y demás plagas bíblicas.

Porque la imagen de Beckham chupando banquillo hacía caer en picado Wall Street, Cobo Calleja y hasta la rotación de Saturno. ¿Leyenda urbana? ¿Chisme de bar cuando uno va medio pedo? No señor. Lo contaba sotto voce (para darse copete o vaya usted a saber qué sustancia le hizo soltar la lengua), un alto directivo de la anterior junta del mesías Florentino. Palabrita del niño Carlos Jesús.

Lo que pasa es que ningún medio se pudo hacer eco de la imposición, porque luego Adidas cierra el grifo de dinerito y entrevistas al Marca o al As. ¿Han visto alguna noticia en El Mundo o en El País que perjudique a El Corte Inglés? Pues eso, que money rules, que la publi manda, cojones.

La liebre saltó, de repente, el 19 de septiembre de 2004, cuando a un señor con cara de angelote de Murillo y sobacos como aspesores le dio, tamaña insensatez, por ejercer como honesto profesional. Ante su bajo rendimiento, Camacho sentó al inglés. Hoy tú no sales. Aquel día en Montjuic y contra el Espanyol, los foteros no daban crédito. ¡Hostia, el Beckham en el banquillo!! ¡¡El actor principal casi no sale ni en los créditos!!.

El Madrid perdió 1 a 0, jugó de pena y Beckham saltó en el minuto 55 sustituyendo a Juanfran, el mismo menda que de volea salvó el otro día al Osasuna frente, precisamente, el Madrid. Tras el partido sonaron todas las alarmas en presidencia. ¡¡Pero qué coño ha hecho el temerario de Camacho, qué ataque de honestidad profesional le habrá entrado a este gilipollas!! decían a puerta cerrada por el Bernabéu.

A las pocas horas, el de Totana fue llamado a capítulo y flipó en colores. "¿Qué tengo que poner siempre en el once a este menda por obligación de Adidas? ¡Venga hombre!" Así que vista la desautorización hacia su persona, a las directrices de arriba, a onces titulares que se confeccionan en consejos de administración, cogió el pendingue y se piró. “Ya no puedo sacar más partido de este equipo. Es imposible que el rendimiento de los jugadores mejore conmigo», hablaba en eufemismo un 20 de septiembre, con sólo tres jornadas de Liga disputadas y una sangrante derrota en la Liga de Campeones. La prensa acerca de la espantá, argumentaba que “aún existen detalles por desvelar de su huida”.

Menos misterios, que el asunto fue meridiano. A punto estuvo Interviú de contarlo todo con pelos y señales pocas fechas después. Hablaban del choque de divos, del látigo de Camacho, del clan brasileiro, de que los jugadores se iban de farra y a rodar anuncios y pasaban de entrenar... Cierto, pero el caso Beckham fue la espoleta que se lo llevó por delante. El madridismo que corre por sus venas impide a Camacho contar toda la verdad.

«Yo comprendo que no es sencillo entrenar al Real Madrid. Es más, creo que es una de las misiones más complicadas que existen, porque no hay otro club como este», apuntó entonces Florentino Pérez. Segunda parte del sultanato florentiniano ¿en qué términos firmará Kaká, pelotero excelso, e hijo predilecto de Adidas?

jueves, 23 de abril de 2009

"Voy a soñar con esta carne"

Por Sebastián Dulbeca
De los próximos fichajes madridistas lo sabemos todo: marca del neumático de repuesto, asistencia a misa, ubicación de su próxima tienda, orgasmos fingidos... Curiosamente, aún es un misterio lo que engullirán tras la lechuga aliñada y el arponazo de macarrones.

Eso que gana el indestronable restaurante El Bulli al estar a 200 kilómetros de Barcelona y abrir sólo la mitad del año. En cambio, el bufé oficioso del último Real en versales fue su archienemigo en la capital: Santceloni. Cocina fusión (¿fashion?) frente a la grasaza que lubrica malamente tanta tertulia futbolera.

Desplazadas a escasos metros del Bernabéu Castellana abajo; segregadas del común de los mortales por un menú de más de 150 euros, las estrellas de Florentino satisfacían sus paladares mientras manchaban el mantel de revelaciones y complicidades. Amortiguadas, eso sí, por el sonido de los cubiertos y el celo propio de un personal que replicaba con profesionalidad las medidísimas salidas de tono del dueño, Santi Santamaría.

Se entiende así que jamás fuese noticia que Beckham (buen degustador de la tabla de quesos; Victoria optaba por la merluza a la plancha) y Alejandro Sanz compartieron comanda y después quién sabe si fiesta a propuesta del manager del cantante. O que escapara del dominio público el conciliábulo en plan Operación Galaxia (valga la redundancia) celebrado en cierta ocasión por Raúl y Figo. Casillas, Helguera y Zidane, tímido hasta para pedir el agua, iban más por libre. Como Martinsa, que tanteó allí mismo a Enrique Cerezo la compra de los terrenos del Calderón.


Aunque entre tanto esplendor en la mesa la anécdota más jugosa la protagonizó Ronaldo. Poco después de escenificar en París su célebre no boda, apareció con su nueva hembra en el reservado del local. Leer la carta les llevó poco tiempo. Pidieron cinco platos por cabeza (jarrete de ternera para terminar). Él -¡por supuesto!- declinó el plan. La sorpresa vino casi a la hora de la factura.

Con el siguiente partido. Con otra fiesta de cumpleaños. Con una reserva en el vecino Hesperia. Con las mil cosas que el brasileño podía tener en ese momento en la cabeza, y tras sacar del bolsillo 6.000 euros en billetes de 100 y 50, comentó:

-Ha estado todo muy bien. Voy a soñar con esta carne.

Ya en el parking fue preparando el terreno. Conducía ella.

Safari al revés

Ahora toca reencontrarse con la imagen congelada de Ronaldo en la vuelta de las semifinales del Campeonato Paulista: 0-2 frente a Sao Paulo y final contra el Santos el domingo. Ojos de feliz digestión (al cuerno ese otro michelín sin guía). Boca con la anchura exacta de gol (seis dentelladas desde su reaparición con el Corinthians). Brazos en aspa (inválidos dentro del área y doblemente diestros entre platos). Asistencia y gol tras galopar a 36 km/h. La manada de nuevo tiene hambre. Y apunta a Sudáfrica.

Sería su quinta aparición en la fase decisiva del gran juego cuatrienal. Una proeza reservada a usureros de su propio cuerpo: el mexa mexicano Antonio Carbajal (1950-1966) y el todocampista teutón Lothar Matthaus (1982-1998). Un prodigio acientífico en el caso de un definidor feliz en el exceso.

No hace mucho era un convaleciente. La llamada de la Selección parecía remota. Su silueta de crack que tres veces hizo crack causaba rechifla. ¡Como si en el Brasil de Dunga sobrase talento! Ahora esas rodillas con cremallera soportan buena parte de las aspiraciones verdeamarillas.

Suerte que el máximo realizador (15 tantos) en la historia de los Mundiales siempre quiere más. Lo mismo otro plato que el enésimo desafío.

martes, 14 de abril de 2009

Los blancos no la meten como Madïn



Por Rocheteau
El problema no es que los blancos no la sepan meter. Es que al fútbol francés le pasa como al basket de playground en Estados Unidos: los blancos no juegan.

Madïn Mohamed Khorogli es de origen magrebí y nació en Roubaix, en el norte lluvioso de Francia, junto a Bélgica. No es blanco. Así que creció con una pelota en los pies.

Madïn Mohamed es un chaval de siete años al que predicen un futuro messi-ánico: convertirá las piedras en goles y multiplicará las copas.

Madïn Mohamed es un chico del que nadie oirá hablar dentro de cinco años. Cuando tenga 20 y ya esté en paro [el paro en Francia ronda el 8%; en Roubaix es el doble; entre los jóvenes de Roubaix, es el doble del doble; entre los jóvenes inmigrantes de Roubaix, el doble del doble del doble], contará en la brasserie de la esquina cuando venían a verle clubs de todo el mundo.

Madïn Mohamed no es sólo un crío malabarista; Madïn Mohamed es un símbolo, como también lo es Roubaix.

Un trastero de Francia adonde se puede llegar en metro desde Lille, atravesando un no man’s land que a principios del XX eran ricas catacumbas de carbón; tras la guerra, una colección de chimeneas de fábricas textiles y metalúrgicas; hoy, el coche escoba de la economía francesa.

En Roubaix, Francia cambia de color. Todo es ocre. Las paredes de ladrillo y la piel de los que las habitan. Como un decorado obrero de Newcastle en una película de Ken Loach. El acento es rocoso. El orgullo, más. La calle, un lugar de paso si no quieres problemas. O la mejor cancha de fútbol. Aquí están las favelas galas. Las de la France black-blanc-beur del Mundial de 1998. Las que nutren la Ligue 1 y, poco después, la Premier.

En Roubaix, la ciudad con mayor porcentaje de extranjeros de Francia, nadie es de Roubaix. Eres marroquí, bereber, senegalés… Los que han nacido allí tampoco son de Roubaix. Siguen siendo marroquíes, bereberes, senegaleses… Por eso los padres de Madïn quieren que el hijo juegue con la selección de Argelia y no con la de Francia.

Los que llevarán a Francia a ganar más mundiales y eurocopas son los que hoy, todavía adolescentes, silban la Marsellesa en el Stade de France.

Rendez-vous dentro de diez años, para ver dónde anda el habilidoso Madïn. Un chico de Roubaix. El coche escoba de Francia. El futuro de su fútbol.



Sifflets lors de la marseillaise
Cargado por Destuv

lunes, 6 de abril de 2009

A mí no me la sudan

Por Lola Dirceu
Nacía en su tonsura de Salvatore en El nombre de la Rosa, lograba el justo punto de ebullición en la inteligencia de su frente y resbala por su nariz de Napoleón antes de besar el césped por el que levitaba. Una gota eterna rodaba por el semblante de Zinedine Zidane, síntoma de que su manual de fútbol se engrasaba a toda máquina. ¿Imaginan mejor lubricante mental para visualizar pases al hueco?

Gracias a la refracción de aquel líquido divino pasando por su mirada, cierta noche en Glasgow, recibió una sandía del cielo y, por los milagros de la balística y la óptica, de una patada de kung fu incrustó la novena Copa de Europa desde Escocia hasta las vitrinas de la Castellana. Jamás una transpiración cerebral ha dado tanto resultado.

Sudores ha habido muchos. No todos igual de rentables. A muchos les humea la cocorota rapada en invierno. Roberto Carlos en Zorrilla parecía una tetera inglesa. A Camacho se le llevaban los demonios por los sobacos. Dicen que el sudor de Beckham olía a perfume. Qué triste fragancia. Me quedo con el de Maradona. Apestaba a estibadores de Nápoles, a epidermis resacosa que despide todo el whisky y la zarpa, a mantel de cuadros tiroteado por lamparones de pommodoro. Luego acumuló adiposidades y excesos, y su interior grasiento destilaba egoísmo. Sudó maravillosas malas noches junto a Edmundo y Caniggia, otra melena como una fregona recién sacada del cubo y que ahora anda por la Costa del Sol expiando culpa.A Cruyff el sudor le afilaba los mechones de su flequillo, le abrillantaba los pómulos alrededor de esa boca eternamente entreabierta y le confería un aire terrorífico, de tísico cabrón.

La mayoría de la grada pide gladiadores que suden el triunfo, o al menos semblantes churretosos que dignifiquen la derrota. “Muévete, cabrón. Con lo que ganas me tiraba yo corriendo tres días....”, les gritan. Por cabras locas que no quede. La falta de talento se enmascara con hiperactividad. Ni a Schuster, ni a Caminero, ni a Riquelme, ni a Quique Setién, ni a Valerón se les vio gotear, aunque jugaran en Écija, en un sembrao y en agosto. Lo de Guti y otros imitadores resulta distinto, ahogados los poros en gominas y caras cremas. Benditos desganados todos ellos, santos flojos. No despilfarraron una molécula de combustible en esa zona del campo donde el gol, para ser fecundado, necesita caudal justo, que no chorros.

A mí, ese tipo de peloteros, por mucho que la grada les chille la indolencia, jamás me la sudó.