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domingo, 26 de septiembre de 2010

Auxerre: del Mariscal de Hierro al Capitán Bujarrón

Por Halftown
Un sitio sin mayor historia, donde el mercurio pocas veces sube más allá de la marca de veinte grados, los inviernos se pasan entre botellas de Chablis y los jugadores de fútbol pocas veces se atreven a abandonar la manga larga. Quizá es por eso que en la ciudad se estilan los caracteres fuertes, como el de la estatua que domina el centro de la ciudad: Louis Nicolas Davout. Un personaje conocido como “El Mariscal de Hierro” o el más entrañable “La Bestia”. Un mariscal invicto después de ir a la guerra con Napoleón contra Prusia, de conquistar Egipto, de hacer de coche escoba mientras volvían cabizbajos de Rusia y de evitar la conquista de París después de Waterloo. Un tipo al lado del cual el caballo de Espartero es Mi Pequeño Pony.

Hace falta mucho carácter para sobrevivir en Auxerre. Quizá es por eso que, a la hora de contratar extranjeros, el AJA Auxerre casi siempre se haya decantado por jugadores polacos. De hecho, sólo dos jugadores sudamericanos han jugado en el club, y uno de ellos, el brasileño Marcos António Elias Santos sólo aguantó diez partidos antes de marcharse al sol de Grecia.

En Auxerre casi nunca pasa nada. Sólo así se explica que el club mantuviese a su entrenador durante 44 años en el cargo. Guy Roux, uno de esos entrenadores a la antigua, mitad míster, mitad pater familias, llevó a un club de pueblo hasta lo más alto del fútbol francés. A partir del ascenso a la primera división en 1980, Roux tejió una red de ojeadores desde Marsella hasta Lille que le permitió importar a jugadores como Martini, Dutuel, los hermanos Boli o Éric Cantona. El que años después sería King Éric al otro lado del paso de Calais aterrizó en el estadio Abbé Deschamps como una promesa marsellesa de 17 años. Roux, que le describía como un jugador caractériel –de carácter cambiante y/o violento-, fue junto a Ferguson el único entrenador que supo gestionar a Cantona. Cinco años después, Éric fue contratado a golpe de talonario por el Olympique de Marsella de Bernard Tapie, ya convertido en estrella mediática e internacional con los bleus.

Las mejores páginas de la historia del Auxerre están escritas por Guy Roux. Aunque sobre el papel la gran hazaña auxerroise es la conquista del doblete la temporada 95-96, para los aficionados más veteranos no hay nada que se pueda equiparar al 3-1 que le endosaron al Milan pre-Sacchi en primera ronda de la UEFA 85-86. Aquella noche, un Milan con Baresi, Maldini y Tassotti en el campo vio cómo los delanteros franceses les remontaban un gol tempranero. La victoria se celebró en Auxerre como si del título se tratase. La huella emocional es tan profunda, que pocos recuerdan que, en San Siro, el Milan les acabó echando de la competición.

Estrellas y bujarrones

Hasta 2010, el Auxerre ha participado en dos ediciones de la Champions League. En la primera, en el 96, un equipo con Saïb,
Lamouchi, Diomède y el nigeriano Taribo West tumbó al Ajax de Van Gaal en su propia casa, y acabó eliminado en cuartos por el Borussia Dortmund, futuro campeón. En su segunda participación, en 2002, el Auxerre no pasó de la primera fase, pero antes tuvo tiempo de ganarle a la mejor versión de los gunners de Arsène Wenger, con gol incluido del senegalés cleptómano, Khalilou Fadiga.

Hoy ya no está Guy Roux, y el Auxerre ha dejó de ser hace tiempo la mejor cantera de Francia. Ahora, su capitán es Benoît Pedretti, un antiguo aspirante a Zidane que se ha quedado en Deschamps de serie B. No hace muchos años fue futurible del Madrid –siempre según la infalible prensa deportiva madrileña- y tras fracasar en Marsella y Lyon, en Francia se hizo célebre al ser tratado de petite tarlouze (pequeño bujarrón) por el presidente del Montpellier en directo por Canal Plus. En Auxerre, donde si le faltara una pierna seguiría siendo titular, Pedretti es por fin feliz.

La otra estrella local es el recién llegado Anthony Le Tallec, otro underachiever rebotado de Anfield que no hace mucho gimoteaba en la revista francesa So Foot: “Fernando Torres me ha robado mi vida”.

Será para que sus blanditas estrellas se sientan a gusto que Airness, la marca que viste al AJA, ha creado una camiseta a medio camino entre el tartan escocés y el vestuario de Tron. Nadie embutido en semejante maillot puede aspirar a digno heredero de
los Davout, Roux o Cantona. Aunque a tipos como Pedretti y Le Tallec palabras como ambición, orgullo o gloria no les suenen de nada.

martes, 27 de julio de 2010

Revisitando al futbolista Cantona

Por Halftown
He cambiado de desodorante. La razón es sencilla: se me acabó el que tenía, y cuando fui al supermercado compré uno de la marca L’Oréal.
Esto no tendría mayor interés si no fuera porque elegí la marca francesa al recordar la campaña de publicidad que lo ha lanzado, un spot protagonizado por el ídolo de Old Trafford, genio bestial para unos, bestia genial para otros: Éric Cantona.



Retirado hace la friolera de trece años –los chavales de la generación xaviniesta probablemente jamás le hayan visto sobre un terreno de juego- Éric Cantona es sin duda uno de los futbolistas más talentosos, carismáticos y malditos que se recuerdan.
El subconsciente colectivo ha archivado la imagen de King Éric, con el pelo rapado al cero, la camisa roja del United y el cuello subido en plan desafiante. Pero poca gente recuerda al Cantona que dio tumbos en la liga francesa –final de Copa de Europa con el Marsella sentado en la grada incluida- y que, sobre todo, fracasó estrepitosamente en la selección.

Cuando Cantona abandonó la selección bleue, su ficha mostraba 20 goles marcados en 45 partidos jugados. Una cifra que, a priori, nos habla de una estrella con su país. Lejos de ello, Éric perteneció a esa generación francesa que se quedó en blanco, a caballo entre las francias gloriosas de Platini y de Zidane. Aquel equipo de los Papin, Sauzée o Ginola fracasó por todo lo alto en la Euro ’92 (comandados por ese penoso entrenador llamado Michel Platini) y se quedó a las puertas de meterse en el Mundial de Estados Unidos.
Aquella noche de noviembre de 1993 en el Parque de los Príncipes de París quedó grabada a fuego en la imagen de Cantona en su propio país. A falta de dos partidos para acabar el grupo de clasificación, Francia necesitaba un punto en dos partidos, en los que recibía a Israel y Bulgaria. El partido contra Israel lo perdieron después de ir ganando 2-1 hasta el minuto 83. En el partido definitivo, los franceses se adelantaron con gol de Canto, y acabaron perdiendo en el tiempo de descuento, tras una estúpida pérdida de balón de Ginola en área contraria.

Poco importa que aquella generación de oro búlgara llegara hasta las semis del Mundial: la cabeza del seleccionador Houllier fue inmediatamente guillotinada. David Ginola jamás recuperó su condición de indiscutible con Francia.
Cantona, en cambio, fue nombrado capitán de la selección por el nuevo seleccionador, Aimé Jacquet. Sin embargo, los ocho meses de sanción por darle una patada a un espectador inglés, sumados a la ascensión imparable de Zinédine Zidane, acabaron por enterrar su carrera internacional. Por cierto, los dos genios marselleses sólo coincidieron dos veces –sendos empates- llevando el gallo sobre el pecho.

Trabajar para el enemigo

Mucho antes de convertirse en el mejor jugador al otro lado del Canal, Éric Cantona las vio de todos los colores en su país. Pasó por siete equipos en diez años, y le dio tiempo a ser el discípulo favorito del mítico Guy Roux, odiarse íntimamente con Bernard Tapie, hacerse copain de Laurent Blanc, y enemigo eterno de Didier Deschamps, al que consideraba un aguador vestido de futbolista.

En enero de 1992, cuando Canto dio el salto a Inglaterra, su intención era irse lo más lejos de Francia como fuera posible. El destino elegido: la entonces ascendente liga japonesa. El problema es que el mercado de enero ya había cerrado allí, y sólo quedaba la opción de probar en la Premier. Se fue al Sheffield Wednesday, que le ofreció un periodo de prueba como si fuera un juvenil, y acabó firmando con el Leeds, al que ayudaría a llevarse liga y copa. Sin embargo, su míster de entonces, el inglés Howard Wilkinson, decidió librarse del temperamental jugador francés, y lo vendió por unos ridículos 1,2 millones de libras a Alex Ferguson. El Leeds acabó la siguiente temporada decimoséptimo, y Cantona volvió a llevarse la Premier, esta vez como red devil.
En 1996 Éric tendría su revancha, al endosarle un 4-0 al Leeds que le costó el puesto a su entrenador.

El 7 del United, adoptado por Old Trafford como heredero de George Best, se retiró por sorpresa en 1997, aburrido de acumular títulos personales y colectivos en Inglaterra, mientras encadenaba fracasos en Europa.

Cantona, marca registrada

Cuando en 2008 Nicolas Sarkozy lanzó en Francia el debate sobre la identidad nacional, Cantona lo dejó bien claro: ser francés supone ser revolucionario. Más allá de ser la primera superestrella extranjera en el fútbol inglés –inventando una posición, la de nueve y medio, que luego elevaría a nuevas cotas el Flying Dutch, Dennis Bergkamp-, la verdadera revolución de Éric fue ser el primero en convertir su nombre en una marca.
A lo largo de los últimos quince años, Cantona™ ha anunciado cuchillas de afeitar, loterías, videocámaras, apuestas online, té helado, zapatillas deportivas, coches y el ya citado desodorante. Pero si ha habido alguien que ha sabido explotar la marca Cantona, ha sido Nike. La marca americana, cuyo posicionamiento irreverente parecía modelado a partir de la personalidad del propio jugador, ha sabido explotar la oportunidad a tope, primero con Canto como protagonista de sus campañas, luego como padrino del resto de estrellas.

Aunque quizás lo más fascinante es que Cantona, la marca, ha sobrevivido a Éric, el futbolista, hasta hacerle sombra. Acaso porque el único capaz de eclipsar a King Éric es el propio Cantona.