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lunes, 26 de septiembre de 2011

Wiltord, el oportunista

Por Halftown
Oportunismo: Actitud que consiste en aprovechar al máximo las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones.

En un país donde el fútbol no es el deporte número uno, sorprende el encendido debate que suele levantarse cuando se plantea qué equipo fue mejor, si la Francia campeona del mundo en el 98 o la campeona de Europa dos años más tarde. Siendo dos plantillas casi idénticas, los partidarios del equipo que ganó a Italia en 2000 utilizan como principal argumento la diferencia en la delantera de los bleus : mientras que en el 98 el titular arriba fue el auxerrois Stéphane Guivarch’, que no vio puerta en todo el campeonato, en la Euro de Bélgica y Holanda fue Titi Henry el que se echó el gol a la espalda. Y sin embargo, aquella copa no acabó en los Campos Eliseos gracias a él, sino al peor delantero de aquel equipo: Sylvain Wiltord.

Nino se encontró en el momento justo en el lugar adecuado: aunque venía de salir pichichi francés con los Girondins la temporada anterior, fue a la Euro consciente de su condición de fondo de armario. El seleccionador francés, Roger Lemerre, le utilizó al principio como cambio de último minuto, de esos que sólo sirven para arañar tiempo al crono. En la final, sin embargo, Lemerre había cometido la estupidez de dar la titularidad a Christophe Dugarry, un tipo muy simpático y con cierto talento que jamás habría ido a una selección como la francesa sin haber sido sido íntimo amigo de Zinedine Zidane.

Wiltord entró a la hora de juego, pero no sería hasta el minuto 94, con Francia 1-0 abajo en el marcador, cuando Barthez sonó a rebato con un pelotazo que Trezeguet toca y Cannavaro traga, suficiente para que el delantero del Girondins enganche un zurdazo en la esquina izquierda del area que se coló bajo el cuerpo del italiano Francesco Toldo.

Alférez entre artilleros

Olvidado su affaire con Lendoiro, que gracias a Wiltord consiguió un nuevo hito al hacer caja por un jugador que jamás llego a vestirse de blanquiazul, el nuevo héroe nacional francés cruzó el canal de la Mancha para caer en el mejor Arsenal de la historia. En Highbury (seamos puristas) le recuerdan por su gol en Old Trafford, tres puntos que decidieron el campeonato en favor de los chicos de Arsène.

Al lado de artilleros como los que poblaban la delantera del Arsenal aquellos maravillosos años, Wiltord nunca pasó de ser el alférez del general Wenger. El tipo que trae munición cuando más aprieta el fuego enemigo. Aunque visto el panorama actual de rosickys y chamakhs, no sorprende que haya un grupo en Facebook que no se ruboriza en considerar al oportunista Wiltord «leyenda gunner».

Tras cuatro temporadas en Londres y antes del inicio de la cuesta abajo de Wenger & company, Wiltord volvió a volar con viento de cola al aterrizar en el Olympique de Lyon de Jean Michel Aulas. Tres títulos de campeón más tarde, Wiltord decidió cerrar el círculo en el mismo club en el que empezó su carrera : el Stade Rennais. Lo que debía ser un retiro dorado acabó en combate callejero con el entrenador del equipo, Guy Lacombe. Unas declaraciones altisonantes de Wiltord en L’Equipe acabaron con el jugador en el paro. Por primera vez en su carrera, el delantero francés caía en el lugar erróneo.

Después de dos experiencias de merde más, una en Marsella y otra en la Ligue 2 con el Metz, parecía que el final de Nino, 37 años recién cumplidos, habia llegado. Pero después de un año sin catar el balón, Wiltord juega esta temporada, su vigésima como profesional, en el máximo rival de su club du cœur, el Nantes. Una pequeña traición –los oportunistas no cargan con el peso de la lealtad- con tal de seguir jugando.

De momento la aventura le va bien en lo individual y mal en lo colectivo : aunque está jugando y marcando goles, el Nantes anda 9° con sólo doce magros puntos después de nueve jornadas. Y es que Nantes y Mónaco –donde apura su fútbol Ludo Giuly- son los dos clubes que tienen que subir sí o sí.

A final de temporada hay Eurocopa, pero Wiltord ya no sueña con jugarla. Tras la retirada efectiva de Robert Pires el pasado verano, de aquel equipo campeón de Europa hace once años quedan sólo los delanteros: Henry en Nueva York, Trezeguet en los Emiratos y Wiltord en la Ligue 2. Y de los tres, solamente uno juega al fútbol por placer.

sábado, 9 de mayo de 2009

Casillas, icono del desastre

Por Pedro Sousa
Las cámaras acompañan el desastre del Real Madrid de los últimos seis años con la cara de Casillas. La fotografía, el vídeo, internet, la imagen en definitiva, ha encontrado el icono del héroe derrotado y el guardameta blanco clava en cada hecatombe el papel trágico que le depara su historia en el fútbol.

Ni Raúl, ni Guti, ni Ramos gravitan a la altura que requiere la trama. La caída, desde su altura, es un pequeño resbalón, una rotura de cadera en la ducha. Y ni Marcelo, ni Lass, ni Robben, ni Van der Vaart viven la misma dimensión de la tragedia.

Casillas es el San Sebastián asaeteado por los goles que aparece al día siguiente en las páginas de deportes de los periódicos y abre los sumarios de los informativos. Las manos en la cabeza, la cabeza cabizbaja, palabras de rabia, el vendaje de las muñecas, la cara manchada de césped. Casillas condensa lo que requiere la imagen de la derrota: el mejor portero del mundo, próximo al llanto.

El otro Casillas, el que aparece en Google levantando la Eurocopa, celebrando alguna de las dos últimas ligas o salvando al Madrid en su última final de la Champions, aún con rostro de adolescente, contribuye sin quererlo a reforzar la tensión dramática de la escena. Casillas, su imagen, es Federer llorando en la final del Open de Australia; es Cañizares gimiendo sobre su toalla roja en la final de la Champions de 2001; es Gail Devers arrastrándose hasta la meta de la carrera de 110 metros vallas de los Juegos de Barcelona.

La imagen que hace falta para convertir al Barça de Guardiola en el mejor equipo de la historia.

domingo, 3 de mayo de 2009

'No kangaroos in Austria', sólo tarta y besos

Por Pedro Sousa
Enviado especial
De Austria recordaba el 9-0 que le metió España en Mestalla, los conciertos de música clásica de Año Nuevo, el piñazo que se metió Jörg Haider con su Mercedes el 11 de octubre del año pasado y alguna banderola pegada en los coches (líneas rectas, por favor, tipo Volvo) de los austriacos playeros que visitan España.

Me intrigaba saber cómo sería un país lleno de austriacos playeros, el mismo país en el que España tocó la gloria y yo pude verlo en mi casa. Se nota que no ganaron ellos. Las empresas, las galerías, los aparcamientos, las calles periféricas... parece que han cerrado o están a punto de hacerlo. Puede pasar una hora sin que entre nadie a un supermercado y es fácil ver calles de 300 metros sin un solo bajo comercial. En todo esto encuentro gran parecido con el Berlín de hace cuatro años. De hecho, las referencias entre ambas ciudades son constantes.

Puede que Viena y Austria tengan un problema de identidad. Así, por encima, Austria parece un país perfectamente anexionable. Cierto que las calles del centro están más animadas, la comida no es tan cara (o en España lo es demasiado) y algunos pubs se ponen hasta arriba de gente bebiendo cerveza. Los austriacos son serios y no les gusta mucho la gente de fuera. Hablan bajo o no hablan. Un andén del metro en silencio, un aeropuerto callado. Camisetas con el lema No kangaroos in Austria triunfan entre el turisteo, copado por japoneses, italianos y alemanes.

Sorprende que se haya puesto de moda el mismo perfume entre los autóctonos, notas intensas, agradables emanaciones tirando a amargas, precisas, pero saturan cuando en un par de días adviertes que todos los vieneses, niños, mujeres y hombres, se rocían el cuello con la misma pócima.

Hay un lado muy bueno, interesante. Puedes ver la Stephansdom, aunque si te vas de Viena sin verla tampoco ocurre nada. Puedes ver el Hofburg, el Belvedere, el Palacio de Schombrüm, la Staatopera, el Museo de Bellas Artes o montarte en la noria de El Tercer Hombre y sentirte Harry Lime por unos instantes (featuring John Wyatt).

Pero si tuviera que escoger un monumento no sabría con cuál quedarme. No hay que tirar monedas a una fuente de mármol ni subir en ascensor a lo más alto de una torre de acero. Los únicos tópicos de Viena son la sachertorte (tarta de chocolate) y El Beso de Gustav Klimt, y con ambos puedes deleitarte sin sufrir ningún colapso.

Para los españoles hay otro tópico desde junio y tiene nombre de jugador austriaco: Ernst Franz Hermann Happel. Y ahí no vale nada de lo de arriba, porque el Ernst Happel está en el Prater de Viena pero podría estar en cualquier otro rincón de Europa. El campo asoma perdido en un mar de bosques y praderas regadas por el Danubio. Un óvalo resplandeciente con estructuras de acero en lo alto que huele a césped y ha comenzado a segregar historia. El ejemplo de cómo un gol puede convertir un conglomerado de hormigones y hierros en templo.

Por algún sitio estarán grabados un 0-0 con penaltis, un 3-0 y un 1-0 con copa. Ahora sólo hay silencio. El Ernst Happel respira convertido en monumento, ahí, anclado en la historia del fútbol y con el contador sumando años. A dos horas de peregrinaje del centro del Viena, aunque haya una línea de metro que llegue hasta la misma puerta. No hay alergia al polen que te pare. No ladran los perros. No hay alemanes mirando. Hasta aquí, señores, hay que llegar caminando.