jueves, 16 de septiembre de 2010

Eslovaquia, capital: Zilina

Por Halftown
El MŠK Žilina se pasó casi cincuenta años en la liga checoslovaca, incapaz de competir de tú a tú con los grandes equipos de Praga: Sparta, Slavia y Dukla. Desde la pacífica disolución de Checoslovaquia, sin embargo, el Zilina fue enviado a competir en la liga eslovaca, la Corgoň liga, y mutó poco a poco en cabeza de ratón: en dieciséis temporadas, el club ha acumulado cinco títulos de liga y tres subcampeonatos.

Hace cuatro años, el Zilina se coló en la ronda previa de Champions. El último equipo que se interponía entre ellos y la máxima competición europea era, cómo no, checo: después de dos empates a cero, fue el Slavia de Praga el que se clasificó por penaltis.
Al año siguiente, el Zilina se hizo un hueco en la fase de grupos de la última Copa de la UEFA. En un grupo con Hamburgo, Aston Villa, Ajax y –otra vez- Slavia de Praga, el Zilina logró tres puntos históricos en Villa Park. La victoria no les sirvió para avanzar a la siguiente ronda, pero sí para acabar penúltimos de su grupo, por encima de su archienemigo checo.

Después de dos años sin llevarse el título eslovaco, en 2009 aterrizó en el estadio Pod Dubňom (poco más grande que El Malecón de Torrelavega) Pavel Hapal. Hapal, antiguo zurdo talentoso que pasó por el Tenerife a mediados de los 90, consiguió sumar tres puntos más que el vigente campeón, el Slovan Bratislava, y dio al Zilina una nueva ocasión de participar en la Champions. En las rondas preliminares, esas que se juegan en el único momento en que Europa da la espalda al fútbol, los eslovacos dejaron fuera al Biorkirkara maltés y al Litex Lovec búlgaro. El problema: una vez más un equipo checo se imponía en su camino. El Sparta, en esta ocasión, no fue rival para los chicos de Hapal: tras conseguir un 0-2 en Praga, los eslovacos remataron la faena con un 1-0 en casa. Los tres goles fueron obra del mismo jugador, el nuevo héroe de Zilina: Momodou Ceesay.

El delantero del país sin fútbol

Ceesay es un delantero inesperado. Primero, porque nació en Gambia, antigua colonia inglesa y probablemente uno de los pocos países del mundo que no invitan a pensar en un jugador de fútbol. Su selección, de hecho, ni siquiera ha participado aún en una Copa de África de adultos.

Apodado Zico en su país, Ceesay es un chaval de 21 años que roza los dos metros, una especie de cruce de Nikola Zigic e Iman, la mujer de David Bowie. Después de salir campeón de Africa, de hundir a la Brasil de Anderson y Denilson en el Mundial sub-17 y de superar una lesión de rodilla, Ceesay acabó en las categorías inferiores del Chelsea. Poco le duró el sueño londinense al delantero africano, y tras Stamford Bridge se pasó dos años sin meter un gol en el Westerlo belga, que acabó cediéndolo al Zilina el pasado verano. Y en Zilina, el lugar más insólito para que un delantero gambiano se haga un hueco en el fútbol europeo, Ceesay ha explotado. Después de dos años sin ver puerta, sus goles en el último mes y medio le han colocado al frente de los favoritos para al mercado de invierno. Así se escribe la carrera de un delantero.

El miércoles debutó el Zilina frente al campeón inglés. Como en un cuento de Andersen, Ceesay tenía la oportunidad de desquitarse con el equipo que le rechazó. Al final, el Chelsea sacó los tanques a la calle para pasar por encima de las ilusiones del Zilina. Los eslovacos, eso sí, dejaron para el recuerdo su primer gol en Champions: un regalo del meta de los blues. Acaso porque cuando nació Peter Cech, Chequia y Eslovaquia aún eran el mismo país.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los juguetes rotos de Arsène Wenger

Por Halftown
Que Arsène Wenger ha transformado al Arsenal no lo cuestiona nadie. En las terrazas de Highbury antes y del Emirates ahora ya nadie canta el clásico One nil to Arsenal. Cuando Wenger aterrizó en Londres –Arsène who?, tituló The Evening Standard-, se encontró con un equipo conocido por su defensa recitable de carrerilla –Dixon-Adams-Keown-Winterburn-, un par de los mejores jugadores ingleses en el ocaso –Platt y Wright- y un nueve y medio holandés rebotado del Inter. A ellos añadió un descarte del Milan, un defensa rubio con coleta que había jugado a sus órdenes en el Mónaco y al extremo izquierdo del mejor equipo de
Europa, y en su segunda temporada logró un doblete histórico.

De un tiempo a esta parte, el Arsenal ha cambiado su modelo de negocio, y ha preferido gastarse la pasta en hacer un estadio nuevo que en llenar de figuras el antiguo Highbury. Arsène ha sabido adaptarse a los tiempos, y ha montado un sistema por el cual ficha chavales talentosos a granel (bien bordeando lo ilegal, bien a golpe de talonario) y revende a los mejores por un pastizal. El Arsenal se ha convertido así en un club de fútbol que genera beneficios. El problema: el precio de la transformación ha sido renunciar a ser competitivos sobre el campo. Así que probablemente lo más meritorio es que hoy, después de cinco años sin un título que llevarse a la boca, nadie parece cuestionar la figura de Wenger, y prensa y público gunner se entregan de la mano, cumbayá, al integrismo wengeriano: In Arsène we trust.

Aunque si los propios aficionados gooners no cuestionan a su entrenador, nosotros tampoco lo haremos. Sin embargo, en FNF queremos escapar de las ideas precocinadas, e igual que en su día desmontamos el mito del Sevilla, hoy hacemos lo propio con el mito de Wenger, el mejor scout de Europa. Porque todos nos acordamos de Cesc, de Anelka o de Diaby, pero la lista de Wenger es mucho más larga. Por eso es por lo que decimos, alto y claro, que por cada conejo blanco que saca de su chistera el mago Arsène, hay una ristra de juguetes rotos detrás.

Jugadores vacíos

Antes, mucho antes de que Reina, Alonso, Luis García, Cesc y Torres salieran en “Españoles por el mundo”, el hijo de unos inmigrantes
gallegos en Alemania fue llamado a filas por el Arsenal. Alberto Méndez jugaba en un equipo alemán de quinta división cuando Wenger se enamoró de él. Al llegar a Londres para firmar el contrato Méndez, con más brutalidad alemana que mano izquierda gallega, le dijo a Wenger que sólo le había visto jugar una vez, que encima lo había hecho mal, y que si estaba seguro. Le repitió la pregunta hasta tres veces. Al final, Arsène le hizo firmar un contrato por cuatro temporadas, que el chaval se pasó íntegras en la grada. Tras pasar por Racing de Ferrol y Terrassa, Méndez apura sus últimos años como futbolista en Alemania. Los sábados por la tarde, cuando ve al Arsenal por Internet, mira la foto de su presentación, junto a Overmars y Petit, y se pellizca para convencerse de que no fue un sueño.

El dios Arsène volvió a dar muestras de humanidad cuando cometió dos veces un error llamado Christopher Wreh. Convencido de la valía del delantero por su propio primo, el mismísimo George Weah, Wenger se lo llevó a Mónaco, donde no pasó de fondo de armario.
Una vez en el Arsenal, Arsène intentó el tour de force llevándose al desconocido nigeriano a cubrir las bajas de Wright y Bergkamp. Y así fue como Christopher Wreh participó en el doblete gunner de la 97/98. Diez años después, Wreh había jugado en casi todas las divisiones inferiores de Inglaterra, más Holanda, Escocia, Arabia e Indonesia. Ha tenido su propia banda de música y hasta un blog en el que cuenta batallitas de su época en el Arsenal. Probablemente acabe sus días metido en política, si algún día su primo consigue salir elegido presidente de Liberia.

Con Anelka demasiado verde para la titularidad, había que buscar soluciones para la delantera. Llegado como regalo de Navidad de 1998, Diawara era un delantero que, a los 23 años, tenía a priori un currículum demasiado magro en Francia como para aspirar a jugar en el Arsenal. La prueba es que jamás marcaría un gol como gunner… ni después como marsellés, ni en el PSG, ni en el Blackburn Rovers ni tampoco en el West Ham. Tuvo que ser en el Racing de Ferrol –uno se pregunta si Wenger es accionista del club gallego- donde, tres años después de su último gol, el delantero africano volvió a encontrar el camino de la red. Después de pasar por Qatar, Turquía y Chipre, este año comparte plantilla bizarra con Alvaro Mejía y Paco Pavón en el Arlès-Avignon de la Ligue 1 francesa. Por increíble que parezca, Wenger sacó una plusvalía de 500.000 libras por semejante delantero sin gol.

Pero Arsène no siempre consigue hacer caja con sus errores. Francis Jeffers fue Rooney antes que Rooney. Un gol cada tres partidos jugados con el Everton parecían una razón suficiente para que el Arsenal pagase 8 millones de libras por él -tres menos de lo que desembolsó el Chelsea por Lampard el mismo verano- y le ofreciese 25.000 libras a la semana. Con Henry y Wiltord por delante, Jeffers sólo fue capaz de marcar cuatro goles en cuatro temporadas como gunner. Jeffers está hoy en el paro tras ser despedido por su último club, el Sheffield Wednesday, después contribuir al hundimiento del club en la tercera división del fútbol inglés.

Igual que Jeffers, Aliadière llegó jovencito al Arsenal. Igual que Jeffers, Aliadière es delantero. Igual que Jeffers, Aliadière está hoy en el paro.
Y eso que la carrera del delantero francés empezó en el mismo lugar que la de los dos mejores delanteros franceses de la historia del Arsenal: Clairefontaine. Aliadière, en cambio, se olvidó el olfato goleador en casa, y nunca se convirtió en el delantero que prometía ser. Después de heredar de Fabio Rochemback el dorsal 10 del Boro, el jugador se rompió la rodilla mientras pasaba una prueba con el West Ham este mismo verano, y lucha por recuperarse a tiempo para volver al circo en el mercado de invierno.

Hay una ristra enorme de jugadores a elegir, pero la historia se repite en casi todos los casos.
Los jugadores rebotados de los grandes equipos europeos suelen hacer una carrera digna en equipos mediocres. Del Arsenal, en cambio, todos salen vacíos, sin fútbol en sus botas. Como si Wenger les hubiese robado el talento. O como si nunca lo hubiesen tenido.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La última oración de Foreman

"Mis rivales no temen perder contra mí, tienen miedo de que les haga daño"

El gordo de Minnesota
Apoyado en su esquina, el reverendo Foreman observa a su joven rival aturdido sobre la lona. Alza la mirada hacia el techo del legendario MGM, gira su voluminosa carrocería y se arrodilla para iniciar una oración. George Edward Foreman acababa de ganar a los 45 años el título de los pesos pesados ante un rival 24 años más joven. Y se convierte en el nuevo héroe americano.

Pero no siempre fue un hombre querido. Foreman era despreciado por la crítica y el público estadounidense. Alí era el bueno, Frazier el feo y Foreman el malo. Su carácter huraño, distante y en ocasiones violento tenía la culpa de su falta de carisma. Como si el que para algunos es el mejor pegador de la Historia tuviese, además, que ayudar a cruzar la calle a viejecitas.

Su azarosa vida arranca en una ciudad del estado de Texas llamada Marshall. Allí, el joven George sobresalía por su afición a lo ajeno, a la mala vida. En ese tiempo, el Presidente Lyndon B. Johnson había iniciado un programa de trabajo para jóvenes llamado JOB CORPS. Ese sería el vehículo para la recuperación social del desorientado George. Fue allí donde conoció a Doc Broaddus, su mentor, el hombre que supo conducir su incontrolable energía hacia el deporte.

Con las enseñanzas de su nuevo consejero, Foreman conseguiría su primer éxito con la medalla de oro en los JJOO de 1968, los del Black Power, los de la lucha racial. Foreman no secundó la protesta, lo que le granjeó terribles críticas de una parte de la sociedad americana: la que amaba a Muhammad Alí.

Con el oro al cuello comenzó una carrera absolutamente demoledora. Cuarenta combates, cuarenta victorias, la mitad por KO. Era una fuerza de la naturaleza, se sentía imbatible. Su único defecto era la escasa resistencia, Foreman no era amigo de los combates largos. Tampoco los necesitaba. Fulminaba los duelos por la vía rápida, como hizo en su duelo ante Joe Frazier, el hombre que había venía de ganar al gran Alí.

En una de las mayores humillaciones que se recuerdan, Foreman aplastó a Frazier en dos asaltos. El mítico Howard Cosell le puso voz al drama con aquello de “down goes Frazier” (al suelo Frazier), suplicándole que acabara ya con aquella tortura pública. Foreman había despellejado al campeón y el cinturón era suyo. La misma suerte correría poco después Ken Norton, otro ilustre al que también despachó sin contemplaciones.

Jungle Rumble en Kinshasha

Foreman era invencible, o eso parecía. Porque en 1973 se cruzó en su camino Muhammad Alí, por entonces un veterano de 32 años que buscaba recuperar la gloria perdida. El escenario elegido para el combate era único: Kinshasa, en la antigua Zaire (hoy el Congo). Allí, en el llamado Jungle Rumble, Muhammad no bailaba, no se movía como una mariposa y picaba como una avispa, no.


Alí agonizaba en una esquina, agazapado ante la lluvia de golpes del campeón. La fruta estaba madura y Foreman castigaba sin piedad al ídolo ante 60.000 espectadores que gritaban aquello de Alí Bomayé (Alí mátalo), ya sin esperanzas de victoria.

Pero en el décimo asalto ocurrió lo impensable. Muhammad resucitó y en una combinación de golpes rápidos acabó con Foreman en la lona, perdido, sin aliento. El árbitro contó hasta diez y Big George perdió el título y la confianza en sí mismo. Fue la derrota más dura de su vida, pero aprendió una lección que aplicaría muchos años después.

Tras un año de retiro, Foreman regresó y venció de nuevo a un Frazier medio ciego por la paliza que le había infligido Alí. Pero de nuevo mordió el polvo ante Jeremy Young, que le ganaría a los puntos. Tras ese combate, ya en el vestuario, Foreman sufrió un desvarío casi místico. Tiempo después contaría lo ocurrido: “Un horrible olor vino a mí. Un olor que no he olvidado. Un olor de pena...Entonces mire a mi alrededor y estaba muerto. Así fue todo”. Y vuelta a empezar.

Otra oportunidad

Foreman lo dejó todo, volvió a su Texas natal y se convirtió en un ultra cristiano. Construyó su propia Iglesia, la Church of the Lord Jesus Christ, y comenzó a predicar la palabra de Dios. Compaginaba su ferviente actividad religiosa con un gimnasio de su propiedad, mientras su vida personal era un caos (tres divorcios) y los dólares ganados con su puño de hierro se esfumaban.

Esa y no otra fue la razón del regreso de Big George al Ring en 1987, con 38 años a sus espaldas y una forma física deplorable, casi ridícula para lo que un día fue. Gordo y lento, llevaba diez años sin pelear. ¿Alguien apostaba por él? No. Es más, su regreso fue tomado con sorna por los sesudos comentaristas de la época y el público en general, pero Foreman conservaba su mejor arma, unos puños de acero. Y con ellos cercenó rivales hasta volver a luchar por el título de los pesados ante Evander Holyfield.

Le había costado cuatro años lograr esa oportunidad y no defraudó. Aguantó como un titán los doce asaltos y perdió a los puntos, pero recuperó la credibilidad y se ganó el derecho a una nuevo combate. Su imagen pública era otra, casi nadie se acordaba ya de aquel tipo altivo y desafiante. Foreman era un hombre nuevo que encarnaba el sueño americano, ése por el cual en América cualquier hombre puede hacer lo que se proponga.

Su última oportunidad llegó en 1994, 26 años después de haber sido campeón olímpico, 21 tras su combate con Alí. Michael Moorer le había arrebatado el título a Holyfield y Foreman se presentaba como la víctima propicia por edad y sentido común. El viejo dinosaurio resistió ocho asaltos las embestidas de Moorer, más ágil y menos contundente. Le bastó aplicar lo aprendido frente a Alí en el 73: resistir para vencer.

Y llegó su momento. Una derecha alcanzó la mandíbula de Moorer, que cayó como un árbol talado, incrédulo ante lo que se le había venido encima. El deporte vivía uno de esos momentos inolvidables, que lo hacen tan grande. Foreman era, de nuevo, Campeón.

Con el título de nuevo adornando su oronda figura, Foreman buscó el no va más, el más difícil todavía: Mike Tyson, el Terror del Garden. Con buen criterio, las autoridades dieron largas al viejo campeón y le obligaron a disputar el título ante el número uno del escalafón, Tony Tucker. Foreman se negó y tras dos peleas de medio pelo contra un púgil alemán, le terminaron desposeyendo de sus títulos.

Negativas que daban por finalizada su carrera. O eso parecía. Casi con 50 años inició una nueva carrera por el cinturón, derrotando a un par de sparrings. La organización le ofreció entonces la posibilidad de enfrentarse al estrafalario Shannon Briggs con una pelea en el horizonte por el título de los pesados ante, nada más y nada menos, el británico Lennox Lewis. Ante un rival que contaba trece meses cuando Foreman consiguió su primer título de los pesados, Big George aguantó los doce asaltos. En una controvertida decisión los jueces le dieron la victoria a Briggs.

Y se acabó. Foreman no ha vuelto a subirse al ring, aunque hace cuatro años anunció que estaba entrenando para regresar. Tenía 55 años… Su mujer, con excelente criterio, se lo prohibió.

martes, 31 de agosto de 2010

Más que mil victorias

Por Halftown
Hay que ponerse en su lugar: tipos ricos y famosos, que por lo general no saben hacer otra cosa que jugar con un balón. Se puede enteder hasta cierto punto el vértigo antes de la retirada. Esa punzada de orgullo que te empuja a seguir pateando el balón. Debe ser jodido anteponer la realidad del juego a la vanidad personal.

Y es que no hay cosa más triste que ver a jugadores que han hecho vibrar a uno con su talento, arrastrándose sobre el césped años más tarde. La cantinela me viene a la cabeza cada vez que veo imágenes de Ronaldo Nazario de Lima, aunque guarde el suficiente instinto asesino como para seguir haciendo goles a pesar del lastre que arrastra a la altura del estómago. Aunque lo de Ronaldo se explica porque su exilio brasileño es para él la vuelta a casa después de años pasando frío en Europa. Allí le pagan bien, entrena poco, sale de fiesta cuando quiere, y encima le ríen las gracias.
George Foreman, que se bajó del ring a los 48 años, decía que la cuestión no es a qué edad retirarse, sino con cuánta pasta en el banco. Quizá por eso el brasileño Zico, después de toda una carrera en Brasil, se marchó a Japón a llenar los bolsillos de yenes con 38 primaveras, lejos ya de sus mejores años de fútbol. Y todavía peor lo hizo el mismísimo Johan Cruyff, que no sólo se marchó a Estados Unidos a hacer lo que mejor sabe (pista: no es jugar al fútbol), sino que después tuvo el cuajo de volver a España, a vestir otra camiseta azulgrana, la del Levante, durante diez penosos partidos. Le pagaron 25 millones de pesetas por no conseguir el ascenso a Primera.

Aunque posiblemente la subespecie más deleznable es la de los jugadores con talento a los que, sencillamente, no les gusta el fútbol. El último de esta estirpe, y quizá uno de los casos más sangrantes, es el de la zurda de oro de Bilbao, Fran Yeste. Un tipo que durante su
carrera en San Mamés ha repartido magia e indolencia a partes iguales. Un jugador que, con un poco más de fuerza de voluntad, habría llegado a un equipo de Champions. Porque irse a arrastrarse a Dubai a los 36 años como Cannavaro –pese a que todavía tuvo los coglioni de jurar que se iba allí por motivos deportivos- es entendible, pero a un chaval que con treinta años da un portazo y se va a jugar a los Emiratos Árabes Unidos no puede gustarle el fútbol. O no tanto como el dinero.
Luego, eso sí, meterá goles como éste, que el Marca sacó en portada anunciando un "golazo" de Yeste. Viendo las cinturas a lo Robocop que gastan los defensas, lo mismo Cannavaro no desentona en los Emiratos...

Yeste comparte liga con Fernando Baiano, delantero que pasó por Málaga, Celta y M
urcia y que firmó un contrato en los Emiratos de 2,5 millones de euros anuales a la edad de 29 años. Aunque si de edad se trata, el récord es el del brasileño Leonardo, que después de volver a su país con el rabo entre las piernas tras fracasar en Valencia, se fue con 25 años a jugar dos temporadas en la J-League. Mucho se tuvo que aburrir allí para decidir fichar por el París Saint Germain. También es cierto que en aquella época el PSG no era el asilo de futbolistas en el que se ha convertido hoy.

Al otro lado de la balanza están ese pequeño grupo de jugadores que sabe decir adiós en el momento oportuno. Son muy pocos, pero muy grandes: Paolo Maldini, Dennis Bergkamp o Alan Shearer se fueron por voluntad propia, contra la voluntad de su clubs, y a pesar de las ofertas para irse a un retiro dorado.
Caso aparte es el de Zinedine Zidane, que lo dejó con 34 años, cuando daba la sensación de que le quedaba cuerda para, al menos, una última temporada. Su despedida en un duelo al sol con un villano como Materazzi fue impropia de un talento como el del francés.
Aunque el paradigma de retirada por todo lo alto es Frank Rijkaard, que dejó de jugar al fútbol después de ganarle la Copa de Europa a querido AC Milan cuando jugaba en aquel Ajax de 1995.

Dejamos para el final a los jugadores que han jugado en los mejores campos, han apilado título sobre título, recibido el aplauso unánime de público y prensa, y sin embargo siguieron jugando al fútbol por amor al arte, lejos de los focos y del bullicio del fútbol de élite.
Por ejemplo, es fantástico ver a un tío con dos finales y una Copa del Mundo como Aldair sigue jugando al fútbol, a punto de cumplir 45 años, en el Murata de San Marino. Lo hace porque su amigo Massimo Agostini es el entrenador del club. El mismo motivo por el que uno de los delanteros con más gol de los 90, el francés Papin, volvió a calzarse las botas en 2009, a los 46 años, para seguir metiendo goles en la décima división francesa. Al fin y al cabo, es lo que mejor sabe hacer en la vida.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Los galácticos originales cambian cartera por cantera

Por Halftown
No vamos a repetir por enésima vez la historia del New York Cosmos, una de las mayores aberraciones de la historia del fútbol, entre otras cosas porque se puede leer aquí muy bien redactadita por orden cronológico. O comprarse el documental “Once in a Lifetime” en Amazon.

Para los no iniciados, el Cosmos fue el espíritu de Florentino antes de Florentino, la acumulación de estrellas con fines más comerciales que deportivos. Pelé, Beckenbauer, Carlos Alberto, Neeskens… todos con mucha mili en la mochila y más ganas de samba que de trabajo.

La cosa es que, el pasado 1 de agosto, Pelé presidió un evento por todo lo alto –el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, se dejó caer por allí- anunciando que el Cosmos renacía de sus cenizas. Contra todo pronóstico, no planea volver en su forma original -ni como sus vecinos patrocinados por Red Bull- en plan asilo para viejas glorias, sino creando una academia para chavales, con la esperanza de construir a partir de ellos un equipo. La Cosmos Academy tendrá jugadores de menos de 18 años, y además de eso el club ha adquirido la Copa NYC, un torneo de verano, y ha prometido entregar material a los colegios de la Gran Manzana para promover el soccer.

Vintage, mejor que viejo

Además de Pelé (presidente honorario durante 30 años de un club inexistente), el Cosmos 2.0 ha conseguido el apoyo de la marca Umbro. Esto es un bofetón en toda regla a Adidas, dado que con este movimiento la marca inglesa –no hay que olvidar que pertenece desde unos años a Nike- refuerza su estrategia de fútbol retro. Adidas, enredada en el patrocinio del otro club
neoyorkino, los Red Bull, pierde una ocasión de oro para llevar su marca Originals a un terreno de juego. Porque Thierry Henry y Rafa Márquez son viejos, no vintage.

El anuncio, además, se produce justo cuando la MLS americana se está planteando incluir un vigésimo equipo en la competición. Nueva York, como la mayoría de grandes capitales –y con la falta de modestia propia de quien se autoproclama “capital del mundo”- encuentra lógico el contar con dos equipos en su ciudad.

El único problema es el estadio. En su versión original, el Cosmos se vio obligado a vagabundear de un estadio a otro en busca de un hogar. Esta vez, parece que la condición sine qua non para reverdecer viejos laureles es la creación de un estadio propio. En España esto no sería mayor problema, porque recalificación por aquí, cesión de estadio municipal por allá, siempre se apaña la cosa. En cambio, en EE. UU. la administración pública no quiere saber nada del tema, así que Pelé y sus amigos tienen que encontrar a alguien que avale entre 200 y 300 millones de dólares.

Después de años de espera, parece que esta tentativa para revivir el Cosmos, construyendo la casa por los cimientos en lugar de improvisar un circo ambulante, es la buena. Ahora sólo falta que el público americano, más aficionado al show business que al deporte en sí, se anime a verlos jugar.

jueves, 19 de agosto de 2010

Un león por cordero

Por Sopenilla
Cualquier pensador de la actualidad estaría de acuerdo conmigo. El grado de exposición pública en nuestra sociedad es más elevado que nunca. Lo curioso es que un alto porcentaje de la población de riesgo, lejos de canalizarlo en inspirar confianza, se empeña en convertirlo en un foco de sombras hacia su persona. Son los efectos no deseados de construir una figura a partir de grandes relatos. No hay receta más efectiva para la credibilidad que la transparencia. En el mundo en el que nos ha tocado vivir, esto es igual de válido para los políticos corruptos que para los futbolistas que van de tapados.

En los últimos tiempos, nos hemos acostumbrado a escuchar toda clase de historias a propósito de los León Sánchez. Primero fue el supuesto atentado sufrido a manos de ETA por el padre de familia. Después de que esto quedara suficientemente desmitificado en estas mismas páginas, no será necesario volver a insistir en ello. Sin embargo, ahora que el fichaje del tercero de sus vástagos por el Real Madrid ha servido como recurso argumentativo para justificar el supuesto cambio de modelo florentiniano, FNF se ve obligado otra vez a aclarar algunos puntos del guión.

El autoengaño es de suyo complaciente, para qué negarlo. Analizado en frío, suena hasta
romántico lo de tratar de poner cura a la fiebre galáctica a base de remedios tan caseros como la humildad y la superación. No se sabe si por lo exótico, pero la medicina tradicional también vende, aunque no sean camisetas. Da igual que eso implique tirar de chequera si a uno no le convence lo que guarda en el propio botiquín. Tampoco importa que el encargado de aplicar el tratamiento sea el galeno más mediático del momento. En su mano, seguro que hasta los genéricos más comunes se transforman en agua milagrosa.

Lástima que el star-system futbolero no siga estos patrones. De ser así, probablemente habría una mayor ratio de obreros del balón por equipo, ese colectivo de jugadores tan eficientes como limitados. Pero los dandis están a la vuelta de la esquina, con independencia de la calidad que atesoren o de la categoría y el club en que militen. Conste en acta que quien esto escribe no oposita al puesto de Jorge Valdano, ni tampoco pretende hacer un roto en el guante que Pedro León tiene en su pie derecho. Alguno dirá que somos suspicaces porque en FNF somos así, pero parece sospechoso como mínimo el que el muleño haya pasado por cuatro equipos distintos las últimas cuatro campañas.

Es verdad que esa trayectoria es la que permite explicar que, justamente, lo de Pedro León ha sido un ascenso meteórico a la par, incluso, que merecido. Pero no es menos cierto que esa
circunstancia ofrece igualmente una doble lectura. La que se esconde tras el descontento unánime y generalizado que ha ido dejando a su paso. La impresión del extremo entre las aficiones de Murcia, Levante y Valladolid así lo atestigua. Una imagen que será difícil que el tiempo borre y que es debida, en parte, al propio carácter del murciano.

De cabeza de ratón a borrarse el día D

Como sucede a menudo, armonizar talento y constancia no está al alcance de cualquiera. La intermitencia suele ser lo común cuando se cuenta con una disposición demasiado voluble. En este caso, las piernas no pesan cuando se trata de hacer una media bicicleta o poner un centro medido, pero empiezan a ser una losa cuando el míster de turno se empeña en que uno cambie el esmoquin por el pañuelo de albañil. Algo así como respetar el horario nocturno impuesto por tu padre cuando estás a punto de cumplir 18 años. Puede que vivir en la Castellana bajo la tutela de Mou entierre esos vicios ya que, hasta la fecha, no se ha visto a nadie que se haya resistido ante el de Setúbal. De este modo, quizá su aureola logre suavizar la tirantez juvenil en otro tiempo mostrada hacia Lucas Alcaraz y José Luis Mendilíbar.

Los roces con el granadino le hicieron exiliarse a orillas del Turia y recalar posteriormente en la ribera del Pisuerga. Para lo primero no hizo falta más que rechazar al mismo club que hoy le acoge. Lo segundo, la única incorporación acertada de Roberto Olabe tras su estancia en Zorrilla, sólo requirió mantener el 20% de sus derechos que él mismo posee. Una cláusula que Alfonso Serrano no estaba dispuesto a respetar y que acabó condenando a Carlos Suárez a rendir pleitesía ante ese advenedizo llamado Ángel Torres.

Tan pronto como los tres meses que bastaron para que Pedro pusiera a los blanquivioleta rondando los puestos europeos. En ese tiempo, Del Bosque ya había anotado su matrícula después de comparar en directo su rendimiento con el de Lafita. Casualmente por entonces, coincidiendo con una oferta del Getafe que duplicaba su sueldo, el muleño decidió meter en conserva el tarro de sus esencias. Un descenso no podía tirar por la borda el sustancioso pellizco a percibir en un hipotético traspaso. Así que simular una lesión, abandonando el campo al cuarto de hora de partido, cuando tu equipo se juega el descenso en la última jornada o negarse a comenzar la pretemporada eran algo más que bazas con las que marcarse un buen farol.

La realidad es terca y lo mostrado la temporada pasada en el conjunto azulón del sur de Madrid no ha distado de ser muy distinto de lo vivido un año antes en Pucela. Ni siquiera la empatía con Míchel, de quien ha heredado el gusto por ser un clásico jugador de banda, pudo aplacar los cantos de sirena emitidos desde el centro de la capital. Es posible que el tiempo de prueba para Pedro León haya acabado, aunque la exigencia implícita de títulos en Chamartín parezca indicar más bien lo contrario. En esto, como en todo, sólo el transcurrir de los días tiene la última palabra.

lunes, 16 de agosto de 2010

El coronel Capello no tiene quien le escriba

Por Halftown
Steve Bull ha sido hasta hoy el internacional inglés más bizarro de la historia. Goleador infatigable en el Wolverhapton Wanderers entre 1986 y 1999, Bull
recibió la llamada de Bobby Robson para ir al Mundial de Italia después de anotar 24 goles… en la segunda inglesa. Probablemente lo que acabó de convencer a Sir Bobby fue el gol que Bull le endosó a Checoslovaquia –elegido por los fans como el 37º mejor de la historia de los pross- durante un amistoso premundialista. Al final, Bull acabó jugando cuatro partidos en Italia, la mayoría de ellos como revulsivo de aquel equipo que acabó bajo el rodillo alemán una noche en Turín.

Pero aquellos eran otros tiempos, cuando los pantalones apenas tapaban el calzoncillo y los jugadores se descubrían a pie de césped en lugar de por YouTube. En el fútbol de pay per view de hoy es impensable encontrar una situación parecida. O lo era, hasta que la semana pasada salió a escena Frankie Fielding.

Fielding es la prueba definitiva de que la selección inglesa es el hazmerreír del fútbol mundial. Y es que tener que recurrir al cuarto portero del Blackburn Rovers es síntoma inequívoco de que el barco se hunde. Con Foster lesionado y Robinson profilácticamente retirado de la selección, Capello ha recurrido a Fielding, un chaval de 22 años que se ha pasado el último año cedido en el Rochdale, de la League Two (Segunda B) inglesa.
A sabiendas de que la experiencia internacional de Fielding no iba a pasar (y no pasó) de tirarle balones a Joe Hart durante el calentamiento, se adivina cierta mala baba irónica en la decisión de Capello. Eso, o que Fielding ha sido una cortina de humo para tapar las vergüenzas del fútbol
inglés.

De las WAG a Don Juan hay un largo trecho

En cualquier caso, parece que lo de volver de Sudáfrica con un saco de goles alemanes ha conseguido remover los cimientos del football, hasta el punto de que por fin se adivina algo de luz al final del túnel: la Federación Inglesa quiere subirse al carro de la llamada “free school policy”, que el nuevo gobierno de David Cameron está preparando. Se trata de un programa mediante el cual el gobierno inglés financiará la creación de academias independientes en aquellas comunidades inglesas que así lo demanden.

A alguien en la Federación Inglesa se le ha iluminado la bombilla: el problema del fútbol inglés no es que sus jugadores tengan poco talento, sino que tienen poca educación. Son sencillamente más tontos que los demás. Sólo así se explica un caso como el de Gascoigne, probablemente el mayor talento europeo ahogado en un vaso de whisky desde George Best. Qué decir de Beckham, que balbucea el español después de haber vivido cuatro años en Madrid o de Robbie Fowler, que recibió una sanción por celebrar un gol esnifando una raya de cal. O John Terry, a quien los propios aficionados del Chelsea llaman afectuosamente “pikey”, equivalente al castizo “gitano de mierda”.
Aunque para hacerse una idea del calibre intelectual de los personajes, nada mejor que echar un vistazo a cualquiera de las celebérrimas WAGs, las novias y esposas de los jugadores ingleses.

Total, que la FA se ha marcado como objetivo la creación de “Premier League schools” donde los jugadores puedan compatibilizar el deporte de alto nivel con una base mínima de estudios. No es que se trate de que el próximo Rio Ferdinand recite el Don Juan de Lord Byron en rueda de prensa, sino de que sepan que, además de un prometedor defensa del Tottenham, Adam Smith fue un economista escocés.

Aunque sin ser tan ambiciosos, estaría bien que al menos el siguiente Beckham supiera leer algo más que los desmarques de los delanteros.

Esperemos que la cosa no quede al final en mucho ruido y pocas nueces.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Esas entrañables mandarinas inglesas

Por Halftown
Si Sheffield no hubiera existido, Peter Cattaneo habría ambientado el striptease más famoso de la historia de Inglaterra en la playa de Blackpool.
Y eso que, a mediados del s. XIX, Blackpool era el lugar de reunión de la crème de la crème de la sociedad victoriana. Convertida en ciudad-balneario decimonónica, Blackpool fue el primer municipio de Inglaterra en contar con suministro eléctrico. En 1894 se inauguró la Blackpool Tower, una copia del prepucio de la Torre Eiffel que todavía hoy se recorta contra el perfil bajo de la ciudad.
Pese a que se salvó de los bombardeos de la Luftwaffe, Blackpool no pudo competir con los vuelos baratos al sol de Ibiza y Benidorm, y la ciudad se ha pasado los últimos cincuenta años esperando una nueva belle époque.

En pleno proceso de puesta al día, los Sandgrown'uns (algún fan de Tolkien dio nombre a los nativos de Blackpool) se han encontrado con la sorpresa de encontrar que su club, históricamente a la sombra de sus vecinos ricos de Manchester y Liverpool, se ha plantado en la Premier League.
De la mano de un entrenador con pinta de merendarse niños crudos, las mandarinas (quién iba a decir que el pantone de las mandarinas fuera distinto al de las naranjas) acabaron llevándose la última de las plazas que da acceso a la Premier. Nada mal para el que era el segundo club con menos ingresos de la segunda categoría del fútbol inglés. De los 7 millones de libras recaudados, casi 5 se fueron en sueldos. El pasado verano, eso sí, el club tiró la casa por la ventana al pagar 500.000 libras para asegurarse de que su estrella, el escocés a préstamo del Rangers Charlie Adam, se quedaría a jugar en Bloomfield Road.

El estadio de Blackpool, una antigualla de finales del XIX, en pleno apogeo de la ciudad, está acostumbrado a recibir a 8.000 ingleses disfrazados de mandarina. Para la aventura de la Premiership, está siendo remodelado para tener un aforo de 17.000 asientos. El problema es que los trabajos van con tanto retraso –normal: Blackpool es una de las ciudades con los salarios más bajos de Inglaterra- que el primer partido del campeonato, que tenía que jugarse en casa contra el Wigan, acabará jugándose en… Wigan.

Sin pan para hoy

El ascenso a la Premier ha sido un alivio para los dos gerentes del club, el inglés Karl Oyston y el magnate letón –sin ironía alguna; hablamos de 47º tipo más rico del Reino Unido- Valeri Belokon. Además de la pasta que suelta la federación inglesa por participar, y del talonario de Sky Sports, los patrocinadores se pelean por estampar su logo sobre el color mandarina de su camiseta. Al final se ha llevado el gato al agua Wonga.com, una web de préstamos instantáneos con una pinta tan dudosa que Línea Directa, los del anuncio del teléfono rojo con ruedas, parecen a su lado el Fort Knox.

¿Y los jugadores? De entrada, el mánager del equipo, Ian Holloway, ha tenido que inscribir a siete chavales del filial para completar el cupo de veinticinco que exige la Premier League para poder participar. Holloway, un tipo cuya carrera de entrenador había sido hasta el pasado junio tan gris como lo fue su etapa de jugador, cuenta con un puñado de obreros del balón con mucha voluntad y poco talento. Además del escocés Adam, el jugador con más pedigrí de la banda de Holloway es Jason Euell, un delantero que ha demostrado ser tan válido en Segunda como inútil en Primera. Euell, que debutó con 18 años en el Wimbledon de Vinnie Jones, jamás alcanzó el nivel que prometía. Suplente de Michael Owen en el Mundial sub-20 del 97, lo tenía todo para hacer una carrera por encima de su talento, a lo Emile Heskey. Y por qué no.
En 2004, cuando debutar con los pross ya era una quimera para él, Euell aprovechó que su padre nació en Jamaica para subirse al carro de los Reggae Boyz, y así jugar el Mundial de Alemania. Pequeño error de cálculo, en el partido de su debut (de suplente) contra Estados Unidos, Jamaica perdió todas sus opciones de clasificación. Su cuarto y último partido como internacional fue contra la Inglaterra de Michael Owen, que endosó un set a su antigua colonia. El 6-0 contra su “otro” país fue el final de la carrera internacional de Jason Euell. Totalmente sordo del oído izquierdo, Euell siempre ha creído que esa tara le hacía mejorar los otros cuatro sentidos. Al menos hoy no lo utiliza como excusa para justificar su underachivement.

A pesar de semejante panorama, y con una dosis de realismo poco habitual en el mundo del deporte, la directiva del club ya ha anunciado que no invertirá en grandes fichajes, ni en fichas astronómicas, sino en crear infraestructuras para el futuro. Se niegan a caer en el pan para hoy, hambre para mañana, que ha hundido a tantos equipos. Que pregunten en Leeds o en Murcia. Aunque sin duda el mejor resumen de la filosofía mandarina lo hace el propio Ian Holloway: “A veces, cuando apuntas a las estrellas, te acabas chocando con la luna”.

martes, 10 de agosto de 2010

Un icono llamado Francisco

Por Sopenilla
El fútbol es un estado emocional en constante actualización. Cada minuto que pasa constituye una invitación al recuerdo. Apenas hay sitio para la nostalgia, ese lugar común donde al final van a parar tanto las victorias como las derrotas. El último resultado es el que importa. Los clubes han perdido su inmortalidad. Los jugadores, simplemente pasan.

Por fortuna, para suerte de quienes viven mirando más hacia el pasado que hacia el futuro, siempre habrá excepciones que confirmen la regla. Francisco Javier Rodríguez Vílchez, “Francisco”, es una de ellos. Tras catorce temporadas en activo, y después de haber saboreado las mieles del éxito y la desazón de la miseria, este trotamundos del infrafútbol ha decidido colgar las botas. No habrá partido homenaje en su honor, pero la historia de la U. D. Almería le ha reservado, a cambio, un capítulo con su nombre.

Todo comenzó en el invierno de 2001, cuando la Unión Deportiva empezaba a abanderar el fútbol almeriense. Cual exiliado que retorna a su lugar de origen en el momento propicio, Francisco recalaba en el Juan Rojas después de haber vagado por equipos como el Plus Ultra, los filiales de Espanyol y Valencia, o el eterno rival, el Polideportivo Ejido.

Por entonces, pese a la ilusión de Rogelio Hidalgo, sólo se atisbaba un germen de lo que hoy se da cita cada domingo en el Mediterráneo. El fútbol languidecía en la ciudad por culpa de los años de peregrinaje por la 2ªB. Como mucho, la llegada de Francisco vendría a apuntalar la “almerización” del equipo, con mayoría de jugadores de la tierra en plantilla.

Cuestión de expectativas. Casuco condujo el proyecto hasta dejarlo en Segunda a la conclusión de esa temporada. Por el camino quedaron goleadas como la conseguida ante un Real Madrid B con Pavón, Portillo o Luis García en nómina por aquel tiempo. Un ascenso inesperado y, tal vez por eso, celebrado como si fuera una Champions.

A partir de ese instante, la figura de Francisco cristalizó como referente entre los aficionados rojiblancos, junto a la del otro goleador histórico del equipo, Paco Luna. Sin rozar cifras récord, 36 dianas en las dos siguientes temporadas, lo cierto es que sus tantos hicieron que un club recién concebido para la alta competición no abortara a los pocos meses, preservando su crecimiento ante la previsión de un futuro mejor.
En esos dos años, Francisco fue el principal argumento para que el Almería no regresara al destierro de la categoría de bronce. Quizá por ello, con 25 tacos, se sintió legitimado para aspirar a Primera. Ante la previsión de un descenso inevitable, pesó más el hecho de jugar ante las cámaras de televisión. Por más que la oportunidad viniera de Albacete, nadie estaba en condiciones de recriminarle su marcha.

El gol del Calderón

Sin embargo, ya nada volvió a ser como antes. Las apariencias de un salto en su carrera chocaron con la triste realidad de una temporada en la que, sin apenas jugar, anotó el gol por el que curiosamente más se le recuerda. Una contra en solitario a la salida de un córner que enmudeció al Calderón. Cincuenta metros en carrera en los que tuvo tiempo de recoger el balón de su propia área, flexibilizar la cintura de Perea y colocar una lejana vaselina sobre un Leo Franco adelantado.

Flor de un día. Vuelto en sí tras el impacto contra los molinos manchegos, emprendió el camino del hijo pródigo. Pero lejos de encontrarse con un banquete en su nombre, lo que se topó fue la incomprensión de su nuevo técnico, Paco Flores, quien le tachó con razón de ser un fichaje presidencial. Ni siquiera el ascenso a Primera mitigó la decepción propia de segundas partes. La campaña que firmó junto a otros dos almerienses de pura cepa como Bisbal o su compañero José Ortiz no le ayudó. La leyenda almeriense estaba en la calle.

Desahuciado por los suyos, aun con la promesa de recibir en herencia un puesto en el organigrama técnico, inició su particular periplo por algunas de las realidades más sórdidas del infrafútbol nacional en los últimos tiempos, caso de Granada 74, Alicante C. F y Orihuela. La ilusión por jugar, de por sí mínima, desapareció por completo en equipos cuyas deudas no daban ni para agua en las duchas. Rehabilitado a día de hoy de esa experiencia, sobrevive como segundo entrenador del filial almeriense.

lunes, 2 de agosto de 2010

Ellos sí querían ganar

Canales por lo menos se llevó una camiseta FNF

Por Halftown (desde Caen)

Vaya por delante que, si hay un lugar en el que es complicado sobarles el morro a los franceses, ese lugar debe ser Caen, en plena Normandía. Y, sin embargo, durante 45 minutos España –en FNF nos resistimos a esa horterada de “la rojita”- parecía estar poniendo diez siglos de historia patas arriba.

Mira que lo avisaron antes de empezar el partido. Mientras el capitán español, el atlético Keko, hacía toda una declaración de intenciones al anunciar que en categorías inferiores lo importante no era ganar o perder, por la megafonía del estadio Michel D’Ornano se escuchaba la marcha imperial de Star Wars minutos antes de empezar el partido. Ni siquiera el aterrizaje en Francia de ese extraterrestre llamado Christophe Lemaitre ha conseguido aplacar la ira del personal al norte de los Pirineos. El aficionado francés, profundamente herido en su orgullo por los oscuros años de Raymond Domenech al frente de la selección, clamaba venganza. El imperio contraataca y esas cosas.

Y es que la ciudad de Caen tiene un componente simbólico para los franceses desde que allí montó su base de operaciones Guillermo el Conquistador, un tipo con los suficientes couilles como para juntar una flota y conquistar Inglaterra en pleno siglo XI.
La mística de Caen se mantiene entre los franceses casi mil años más tarde, incluso después de ver cómo los bombardeos aliados la dejaban hecha fosfatina durante el mes y medio que les costó conquistarla, tras haber desembarcado apenas veinte kilómetros al norte de la ciudad. La que hasta entonces había sido una ciudad medieval tardó poco en convertirse en una escombrera monumental. Tanta goma le dieron, que todavía el pasado mes de febrero tuvieron que desalojar a 20.000 personas del centro de Caen al descubrir una bomba de 500 kg en el sitio de una obra.

En lo futbolístico, en cambio, la ciudad de Caen tiene muy poca historia. El Caen acaba de emerger de la polvorienta Segunda francesa, y sólo es recordado porque su cantera ha escupido mentiras como Jérôme Rothen o Mathieu Bodmer, y a uno de los macarras que lastraron a Francia en el pasado Mundial: William Gallas.

Something to believe in

Con eso y con todo, el estadio de Caen se llenó para ver la final del Europeo sub 19. Si en España la inquietud era garantizar que había vida después de la generación xaviniesta, en Francia la obsesión era asegurar que un ridículo como el de Sudáfrica no se repetirá. Como en la canción de los Ramones, daba la sensación de que el aficionado francés necesitaba creer en que estos bleuets (literalmente, “azulitos”; en Francia también hay horteras) les devolverían el orgullo que los mayores habían pisoteado. Quizá por ello, la Secretaria de Estado para el Deporte, Rama Yade, se acercó desde París. Incluso Platini se tomó la molestia de desplazarse hasta Normandía para ver el partido. El único que faltó a la cita fue Laurent Blanc, cuya lista de pre-convocados para el amistoso Francia-Noruega (sin uno solo de los que fueron a Sudáfrica) había sido anunciada por la prensa unas horas antes.

La final en sí no tuvo mucha historia. Como suele pasar en categorías inferiores, hubo demasiados regates a ninguna parte, demasiado gesto buscando al cazatalentos en la grada. El equipo español dejó una primera parte que parecía calcada de las de sus mayores en Sudáfrica: mucha posesión, poca resolución. El medio campo español, con Thiago, Canales y Oriol Romeu, era un pinball gigante. Atrás, Bartra parecía no necesitar otro central a su lado. Un fútbol con un punto pretencioso, como si no hubiesen querido hacer sangre al rival en su propia casa, aunque es cierto que el exiguo 0-1 (gol de Rodrigo, uno de esos delanteros XL que tanto se estilan en categorías inferiores) con el que se fueron al descanso parecía más que suficiente para ganar el título.
En esos primeros 45 minutos, dio la sensación de que los franceses juveniles estaban hechos de la misma pasta que sus mayores. Ni un pase a derechas, y sus supuestas estrellas haciendo la guerra por su cuenta. Una señora no dejaba de reclamar a gritos balones à gauche, donde el realista Griezmann languidecía, medio lesionado el tobillo.

Después de la cerveza (afortunadamente con alcohol) del descanso, la cosa dio un giro de 180 grados. Los de rojo se arrastraban por el campo, entre agotados y apáticos. Así que los franceses, como poseídos por el espíritu de Guillermo el Conquistador, se liaron la manta a la cabeza. Ni siquiera un regalo del portero francés -Mandanda está creando escuela- sirvió para que España pusiera el segundo en el marcador. Después, la entrada de los lyoneses Tafer y Lacazatte incendió el partido, y el estadio D’Ornano acabó cantando el “on est champions”, inédito en la última década. Incluso por megafonía se animaron con el inevitable “We are the champions”, que sonó un poco fuera de tono por tratarse de un campeonato adolescente. Quizá eso ejemplifica mejor que nada la sed de victoria que tenían los franceses.

Mientras esperaban sobre el césped los crueles quince minutos que tardaron en entregar las medallas, los chavales de Luis Milla daban más la impresión de estar perplejos que tristes. Sólo el barcelonista Bartra -pedazo de central- se quedó de pie, agarrándose el pantalón mientras dejaba salir la mala hostia acumulada.

Dice el adagio que se aprende más de las derrotas que de las victorias. Al menos los chavales españoles habrán aprendido que, para ganar un título, hay que desearlo más que tu rival.