sábado, 28 de marzo de 2009

Tres años y cinco minutos en Maldivas

Por Sebastián Dulbeca
Escapó de su sombra hacia el gran azul. 15.000 kilómetros. Distancia asumible para un lateral. Alguien lo reconoció jugando en la playa.
Y el mundo de Julio Alberto fue un balón de nuevo.


Hacía un lustro de su retirada. Trabaja en un hotel. Anónimo en un archipiélago desmigado sobre el Índico. Islas casi campos de fútbol. Hoy, incluso menos: ni al paraíso concede prórroga el cambio climático. Arena blanca. Gente. Algo redondo en medio. La felicidad.

El dueño del hotel atiende a la revelación. Ése es Julio Alberto. Sugiere: tienes que volver. Accede. Ficha todavía como cromo blaugrana por el local Valencia. Curioso guiño mediterráneo. Pero aquí el Valencia no es contrapoder. El presidente del club es cuñado del presidente.

Rueda el esférico. Igual, pero distinto. La liga se juega en el estadio nacional de Male. 36 equipos disputan sus encuentros en las mismas instalaciones. Uno tras otro. Sábado y domingo. Desde las ocho de la mañana. Con respeto absoluto a la cultura islámica y sus horas de rezo [Maldivas es el estado musulmán menos poblado del mundo]. Jugadores y público. En el campo hay que observar buena conducta. En la grada no se permiten ni tabaco ni expresiones malsonantes. Apenas un ohhh admirativo.

Todo es sencillo. Mucho más sencillo que en la alta competición. La concentración se reduce a una charla en un colegio. Después de cada victoria hay zumos y refrescos. Salvo en una ocasión. El triunfo en la POMIS Cup (la Copa de la UEFA entre Sri Lanka, India, Pakistán, etc.) merece pancartas y un paseo en camión entre la hinchada. En la final Julio Alberto marca dos goles. Uno de córner. Otro de falta. Quién se lo iba a decir.

Con la espuma de la gloria pasa a dirigir el equipo. Mínimo meritoriaje. Otra propuesta. Acepta. Ser seleccionador. O asesor del seleccionador. Esos puestos de responsabilidad son para los nativos. Aunque Julio Alberto ya es un maldivo más. No tendría problema para encontrar agua fresca en esas islas de espejo a las que conduce a turistas. Años después hasta escribe una guía. Robinson Crusoe asturiano.

El nivel del campeonato es aceptable. Rumanos. Checos. Hombres con el callo de Tercera. El jugador autóctono es fuerte físicamente. Carece de oficio. Imita rápido. Uno y otros crecen juntos. Su trabajo es valorado. Piden que acompañe al Primer Ministro y al ministro de Exteriores a FITUR. Aprovecha el viaje para llevarlos a un Real Madrid-Deportivo de La Coruña. Alkorta devuelve al poco la visita. Le sigue Jordi Cruyff. Maldivas ya era postal de lujo. Cinco minutos de sueño inalcanzable para un taxista cualquiera de Los Ángeles.

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¿Y luego? Puede que la nostalgia. Puede que el deseo de recomenzar. Habían pasado tres años. Julio Alberto deshace el camino. O emprende otro. En la actualidad es director de la Escuela del Barça. Y organizador de jornadas solidarias. Habla de ello con entusiasmo y sonrisa fácil un domingo de bricolaje por la mañana.

Que su nombre se recuerde. Ejerció de pionero. Sin proponérselo. Emigrante cuando nadie siquiera imaginaba serlo. Superviviente cuando todo alrededor naufraga poco a poco. Competir en 1996 en las antípodas. Ahí es nada. Ahora a Liverpool va cualquiera.

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